“‘Cisnes en la charca’, segunda parte del artículo sobre la bohemia mexicana, es un intento de recuperar y visibilizar a un puñado de mujeres que exhibieron genio, arte, mérito y figura en una época revolucionaria. Una de ellas propuso a sus compañeros modernistas menos ajenjo y más gramática”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

03/02/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe la segunda parte de su texto sobre Julio Sesto: “Trae Julio Sesto al retortero, en esta Bohemia de la muerte, a un ilustre montón de despojos ilustres, cadáveres jóvenes y bellos, puesto que muchos de ellos dilapidaron señorialmente su tiempo vital en el arte y...

...en los venenosos jugos del maguey (pulque, tequila, mezcal): estos dioses de la golfemia, dados a la mala vida y a la dipsomanía -como ya quedó dicho antes-, alumbraron en el eje de 1900, la fuga del romanticismo y la eclosión del modernismo”.

El aquelarre mexicano (y II). Cisnes en la charca

Trae Julio Sesto al retortero, en esta Bohemia de la muerte, a un ilustre montón de despojos ilustres, cadáveres jóvenes y bellos, puesto que muchos de ellos dilapidaron señorialmente su tiempo vital en el arte y en los venenosos jugos del maguey (pulque, tequila, mezcal): estos dioses de la golfemia, dados a la mala vida y a la dipsomanía -como ya quedó dicho antes-, alumbraron en el eje de 1900, la fuga del romanticismo y la eclosión del modernismo. La revolución mexicana puso, además, futurismo de balas, pólvora y sangre. Manuel H. San Juan, “este poeta gordito quedose muerto en un banquete, al pronunciar un brindis”; Antonio de P. Escárcega “merece una estatua de los pelados que leen…, y se la levantarían… si los pelados no fueran tan ingratos… y tan pelados”; el fraternal periodista Nacho Herrerías, asesinado por tropas zapatistas en 1912, “era terrible para eso de las hembras. También ellas lo querían, como todo el mundo, con mucha facilidad”; el barítono Enrique Labrada fue alcanzado en la calle por una bala perdida que lo dejó en el sitio; al pianista Chucho Martínez lo hicieron picadillo en un asalto al tren en el que viajaba; el extravagante y original poeta muralista Ramón N. Franco era un “degenerado ramplón que se afeminó. Andaba con un sombrero de paja con cinta color de rosa labrada, presumiendo de misterioso”; el sonetista Felipe Ortiz de Zárate, “gran tipo bohemio del aquelarre mexicano, con su gran cachimba culoteada, melena, dientes amarillos, actitudes parsimoniosas, bombín color café, echarpe al cuello hecho un nudo para ahorcarse…”.


El mundo de las redacciones de la prensa escrita plasmado por Julio Sesto reservó nulo espacio a la mujer: de hecho, de las 280 páginas de su martirologio bohemio, apenas 4 quedan referidas a las damas talentosas. A quien más atención presta es a la oaxaqueña Julia Alonso Márquez (1889-1977), la primera directora de orquesta de México. Como compositora, fue autora de cuartetos, suites, sinfonías y de la ópera Tonantzin (que según tengo entendido nunca fue estrenada). Sesto dedica la mitad de su información a rebelarnos la relación de la señorita Julia con un “exótico hombre rubio de florida y larga barba de oro”, una especie de jipi avant la lettre (Sesto escribe en 1929), que tocaba la flauta por las calles del centro de México. Este bohemio de origen ruso, “que tenía algo del dios Pan”, será el primer marido de la pianista y organista Julia Alonso que, posteriormente, volverá a casarse con un polígloto profesor de idiomas originario de Arizona. Además de sus cuatro carreras musicales, también le alcanzó el éxito como concertista en sus giras desde Canadá hasta Argentina, aunque nunca llegó a salir de América.

Apenas un parrafito le brinda a una “notable mujer mexicana”, una de las poetas más interesantes de la época, pedagoga visionaria y feminista, a la que califica de “poetisa de verdad y educadora insigne”: Laura Méndez Lefort (1853-1928) mantuvo una relación con el poeta romántico y suicida Manuel Acuña (1849-1873), con quien tuvo un hijo, muerto prematuramente. Al parecer, Laura Méndez simultaneó otra relación con el poeta Agapito Silva. Poco después, se casó con el también poeta (y amigo de Acuña) Agustín Fidencio Cuenca Coba, con el que procreó siete hijos, aunque solo sobrevivieron dos. Habiendo enviudado en 1884 y presionada por el círculo de Acuña y la sociedad (que nunca le perdonó aquel menage à trois), acabaría autoexiliándose en USA, donde fundó en San Francisco la Revista Hispano-Americana, en 1895. Laura Méndez (poeta, periodista, traductora y políglota) sería comisionada por el gobierno mexicano para informarse sobre reformas educativas, a cuyo fin viajó por Europa y USA. Entre otras obras, publicó la novela El espejo de Amarilis (1902) y el libro de relatos Simplezas (1910), además de un notable puñado de poesías. Según el ministro Justo Sierra, la “profesora Méndez de Cuenca” tenía “un carácter mordaz e intolerante”. Una mujer que, ante un auditorio modernista, se atrevió a expresar el deseo de que “la futura generación literaria no sea de poetas azules que se inspiren con ajenjo sino con gramática”, era un pedazo de mujer, seguro.


Hay, en fin, otro puñado de mujeres en el libro de Julio Sesto solo citadas con una línea de texto. Es el caso de la soprano Soledad Goyzueta, “cantante y actriz avasalladora”; de Beatriz Franco, “actriz suicida”; de María Luisa Villegas, “temperamento dramático memorable”; o de las que siguen.

La concertista, dibujante, narradora y traductora María Enriqueta Camarillo (1872-1968), “poetisa de fuerte cerebración y honda ternura”, tras una intensa vida literaria de multitud de publicaciones novelísticas y poéticas, disfrutaría de un gran prestigio internacional que la llevó a ser nominada al Nobel de Literatura de 1951. En sus primeros libros y colaboraciones en prensa, como muchas otras mujeres, utilizó un seudónimo masculino, Iván Moszkowski. Vivió gran parte de su vida fuera de México, acompañando a su marido, el historiador y diplomático Carlos Pereyra.

Ana María Charles y Sánchez (1888-1947), “la pianista mexicana que hubiera sido abrazada por Beethoven”, hija natural del general Hipólito Charles, fue discípula de Luis Moctezuma y virtuosa niña prodigio. A los 18 años fue nombrada profesora del Conservatorio Nacional de México. Tuvo tres hijos con el político revolucionario Alfredo Robles Domínguez.

Etelvina Rodríguez (1857-1933), “la mujer más intuitiva que jamás haya pisado las tablas”, destacó en los papeles de cómica. Un crítico del periódico El Universal (28/08/1917), comentando el filme La tigresa (1917) -dirigido por la diva mexicana Mimí Derba- apunta: “A Etelvina Rodríguez no la comprende el público haciendo papeles serios y trágicos. Cuando llora la muerte de su adorada hija, el público ríe… ríe, y es porque se acuerda de la Etelvina de La verbena de la Paloma”. Fue muy celebrada su actuación en otras películas del cine silente como Tras las bambalinas del bataclán (1925), La soñadora (1917) o El pobre Valbuena (1916).


Emma Padilla (1900-1966), “artista de cinematógrafo”, es considerada la primera estrella del cine mudo en México. Protagonizó el primer largometraje del cine mexicano La luz, tríptico de la vida moderna (J. Jamet, 1917), que en realidad fue un plagio, un refrito (o un remake, si se quiere) del exitoso Il fuoco (Piero Fosco, 1915), basado en una obra de D’Annunzio. El filme italiano estaba protagonizado por la gran diva Pina Menichelli (1890-1984), femme fatale del cine italiano, conocida como Nuestra Señora de los Espasmos, a quien no solo se parecía físicamente la mexicana, sino que imitaba también en sus gestos.

Finalmente, Sesto también menciona a la “exquisita poetisa de Tlacotalpan” Josefa Murillo Carlín (1860-1898). Esta becqueriana poeta, que nunca salió de su pueblo, autora de versos elogiados por la plana mayor de los literatos de entonces (Amado Nervo, Luis G. Urbina, Justo Sierra, Juan de Dios Peza…), políglota y autodidacta, exhibió una de las voces más originales: más de una estudiosa la ha celebrado como componente de la trinidad gloriosa de la poesía mexicana (junto a sor Juana Inés de la Cruz y a Laura Méndez). Como muchas otras mujeres escritoras, Josefa Murillo permaneció aislada geográficamente, soltera y enmascarándose con varios seudónimos (algunos con categoría de heterónimo): Xóchitl, Totoloche, Ráfaga, Matusalem, El Chaquiste… Frente a la visión estereotipada que la crítica suele presentar de esta autora, como “poetisa” romanticona, tradicional y femenina (era conocida como “La alondra del Papaloapan”), una lectura atenta de sus 64 poemas descubre su vena satírica e irónica contra los roles típicos de la mujer -o contra la religiosidad femenina, por ejemplo-, así como nos evidencia la imagen de una mujer insumisa, que se atreve a romper moldes, como ha visto la crítica más reciente[i]. En este sentido César Cañedo[ii] afirma:

Josefa Murillo subvierte, supera y cancela moldes, desde la ironía y la inteligencia crítica, que toma por asalto la expectativa patriarcal de una creación poética contemplativa atribuida a las poetisas románticas.


Quienes estén interesados, en este enlace a la Enciclopedia de la Literatura en México (http://www.elem.mx/autor/datos/3128), podrán escuchar los audios de ocho poemas de Josefa Murillo. No se pierdan el titulado “Indecisión”.

Julio Sesto acaba su libro muy elegantemente:

Después de todo, yo no soy más que un peregrino que ha pasado por este panteón ilustre dejando una flor en cada sepulcro, con todo respeto.

Un panteón carnavalesco y serio a la vez, un pozo del que sacar mucha agua, aunque a veces solo suministra contadas gotas de oro -que son lacónicas pistas (como en el caso de las mujeres)-, este libro pródigo que un día encontré en un montón polvoriento de una librería de Donceles en Ciudad de México, hace ya muchos años, también es un laberinto, una pequeña biblioteca en la que perderse. Julio Sesto amó esas librerías de viejo, a las que dedicó este soneto:

Cuando mi libro llegue a vuestra tienda
sé que lo tasaréis con menosprecio,
diciendo que el autor es hombre necio
y que este libro no hay quien lo comprenda.

Empero, sé que cuando allí se venda,
será tratado con sutil aprecio
y al comprador diréis su justiprecio,
ponderando mi ingenio y vuestra prenda.

Precaver que este forro se desprenda,
puesto que en él quedó estampado el precio,
pero si cae, guardad en la trastienda

este volumen de lenguaje recio,
y quede allí soñando su leyenda
y pagando desprecio con desprecio.

Puede leer aquí los anteriores artículos de Miguel A. Moreta Lara

[i] Un acercamiento serio a esta y otras poetas de la época es el trabajo coordinado por la doctora Leticia Romero Chumacero (2017), Poetas mexicanas del siglo XIX. Ensayos críticos sobre autoras y temas. México: Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

[ii] “Una mirada lejos del deber ser de las mujeres: la poesía de Josefa Murillo”, pp. 39-67, Literatura Mexicana, Vol. 28, Núm. 1 (2017).