“Al inventar la palabra “gastrosofía”, Vaerst hacía ascender el arte culinario a la altura de un saber -y disfrute- cerebral, espiritual, filosófico”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

17/02/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe sobre la gastrocrítica: “Pronostico que la Gastrocrítica, arte novedosa, habrá de popularizarse irremisiblemente. Baso mi conjetura, no en el siempre incierto número de gastrósofos, gourmets y bibliófagos, sino en dos circunstancias. Primero, no se necesitan...

...armas ni títulos académicos. Y en segundo lugar, si es usted capaz de leerse un libro solo por placer y, sobre todo, puede vincular -y expresar- esa sutil sensación de goce con un plato o bebida: ¡usted es un gastrocrítico!”.

A la rica gastrocrítica

A la gastrósofa Dela Uvedoble

El caballero Eugen von Vaerst (1792-1855), compañero de viaje del escritor romántico E. T. A. Hoffmann, dio a la imprenta en 1851 una obra titulada Gastrosophie oder die Lehre von den Freuden der Tafel (Gastrosofía o la enseñanza de los gozos de la mesa) en dos volúmenes, entretenidos y preñados de datos curiosos, en los que elevaba el disfrute de la comida y la bebida a una forma de arte. También distinguía tres tipos: el gourmet, el gourmand y el gastrósofo. Y, de paso, al inventar la palabra “gastrosofía”, Vaerst hacía ascender el arte culinario a la altura de un saber -y disfrute- cerebral, espiritual, filosófico.

Una rama particular de la gastrosofía deberíamos considerar a la bibliofagia. Aunque hay muchos opinadores que catalogan esta última como una biblioclastia o biblioclasmo (o sea, odio desmesurado hacia el libro), si bien se piensa, el bibliófago es un sibarita de la bibliofilia: se puede amar los libros, encuadernarlos, coleccionarlos, destruirlos, secuestrarlos, robarlos, acariciarlos, olerlos, ¡incluso leerlos!, pero la relación más íntima, tierna y profunda -supongo yo-, será siempre la de zampárselos. Hay un libro, absolutamente recomendable, que he releído estos días (tras el perdurable regocijo que me produjo la primera y lejana lectura del año de su publicación): Las confesiones de un bibliófago (1989) de Jorge Ordaz, una irónica novelita que aborda la fenomenología de la jamancia libraria a través de un barcelonés liberal exiliado en la época fernandina. Este joven personaje se inicia en los placeres de la bibliofagia en el muy exclusivo The Book-eater’s Club, sito en el londinense barrio de Kesington. Si usted goza de la devoradora pasión libresca de los filóbiblos, recuerde el lema de esta peña de comedores: All in a book is palatable.


No quiero referirme a la literatura gastronómica de la que creo que, en general y a partir de la mitad del siglo XX, ha sido una literatura ancilar y de encargo (como le ha pasado a la literatura infantil y juvenil). No se contradice esta afirmación con el hecho de que muy buenas escritoras hayan incurrido en ella: recuerdo, por ejemplo, con enorme y distinto placer, un librito de Vázquez Montalbán Las recetas inmorales (Barcelona, 1981), donde comenta 30 recetas absolutamente mágicas e inolvidables.

Tampoco pretendo dedicar estas líneas al comento de lo que comen los escritores, lo que daría para todo un ensayo alimenticio y hasta logorreico. No puedo evitar, sin embargo, recordar al maestro Gerald Brenan que, en tanto esperaba a la muerte en su casa de Alhaurín, se alimentaba exclusivamente de carne de membrillo. El insufrible Céline -decía Luciette Destouches- sentía pasión por los cruasanes. Para entonarse de cara a la escritura, cada quisque se entonaba con lo suyo: por ejemplo, Álvaro Pombo confiesa que un par de vasos de buen Rioja; Marguerite Duras, el whisky; Nuria Amat, un poco de chocolate; Balzac y Galdós eran trasegadores de café. También el alcohol fue un poderoso y nutricio estimulante, que quizá haya que apartarlo al capítulo de la vivificante enfermedad literaria padecida por aquellos que lo bebieron hasta el final: Alfred de Musset, Edgar Allan Poe, Tennessee Williams, Paul Verlaine, Gérard de Nerval, Rubén Darío, Manuel Machado, Charles Baudelaire, Joaquín Dicenta, Manuel Paso, Alejandro Sawa, Malcolm Lowry, Ernest Hemingway, Guillermo Cabrera Infante, William Faulkner, Knut Hamsun, Anthony Burgess, Carson McCullers, Dorothy Parker, Lucia Berlin, Truman Capote, Scott Fitzgerald, Joseph Roth, Julio Ramón Ribeyro, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Djuna Barnes, Raymond Carver, Charles Bukowski, Jack Kerouac, Jane Bowles, César Vallejo, James Joyce, Dylan Thomas, Jean Genet, John Cheever, Robert Lowell, Karen Blixen, John Steinbeck, César Vallejo, Miguel Ángel Asturias, Fernando Pessoa, Claudio Rodríguez, Gabriel Celaya, José Hierro, Leopoldo Panero, Flann O’Brien… En esto del bebercio aprendí mucho de un libro muy civilizado de otro santo bebedor: Sobrebeber (Barcelona, 2015) de Kingsley Amis. Pero siempre me quedaré con los antiguos: Gonzalo de Berceo, François Rabelais y Omar Jeyyam, primitivos cantores de Baco. Los más académicos dirán que este es un subgrupo del gran ejército de la drogadicción literaria, que tantos afectuosos inspiradores tiene y algunos muy buenos: Los paraísos artificiales de Charles Baudelaire, Sobre el hachís de Walter Benjamin o casi toda la obra de William Burroughs.

Y, por fin, llego a lo que quería tratar con esta palabra de “Gastrocrítica”: la literatura como comida, una bibliofagia del revés, o sea, el texto como metáfora gastronómica. Es un concepto que le preocupaba a un personaje (‘Barbarroja’, también llamado ‘el profesor’ o ‘Mifflin’) creado por Christopher Morley en su delicioso La librería ambulante, que a lo largo del libro deja afirmaciones como estas: “El arte de hacer pan es un misterio tan trascendental como el arte de hacer sonetos”. Y también: “Un buen estilo en la prosa ciertamente presupone una alimentación adecuada […] Thoreau preparaba su propia comida. Era una especie de boy scout, supongo, con una insignia de maestro de cocina […] Me pregunto quién le cocinaba a Stevenson… ¿Cummy? El jardín de versos para niños era en realidad una especie de jardín culinario […]”.


Mi admirado escritor mallorquí Cristóbal Serra (1922-2012) a veces aplicó este sistema de comparar alimento y literatura (o filosofía, en este caso), como dejó dicho en uno de sus Granos de polen (1969): “Algunos filósofos son de naturaleza indigesta bien probada. Yo, por mi parte, digiero mejor un huevo frito que Aristóteles”.

El novelista checo Bohumil Hrabal (1914-1997), seguramente partidario de los reserva y gran reserva más que de los vinos jóvenes, aconsejaba una receta de escritura: “[…] después, como cuando se hace un buen destilado o un queso, se coloca el texto cuidadosamente en un cajón y al cabo de un tiempo se saca […]”.

Un gran novelista español de principios del XX, Ramón Pérez de Ayala, hace un comentario de gastrocrítica poética a través de un personaje de su novela Troteras y danzaderas (1913):

A mí [los versos rimbombantes y estropajosos] me hacen el efecto de estar comiendo bizcochos secos, amarillos, sin jugo, que no hay quien se trague doce seguidos a palo seco. […] ¿Qué será que los españoles no abren la boca sino para caer en el énfasis, la ampulosidad, la garrulería?

Si hay libros que producen éxtasis, trance o pasmo, también los hay que producen todo tipo de efectos más corpóreos, indeseables o alacres, desde ardor de estómago hasta el orgasmo. Conozco a una lectriz que solo pudo superar la lectura siempre aplazada del Quijote a base de omeprazol y ranitidina: pero no se piense que estaba a disgusto, no, sino que le había producido un hartazgo difícil de digerir, como si se hubiera embaulado un cocido leonés con botillo (¡ella, que es vegana!); mi amigo Pepe Proudhon no desaprovechó la ocasión y sentenció: “un síndrome de Stendhal de libro”. Pero fijémonos en aquellos que provocan a las papilas gustativas, que segregan sabores o recuerdo de sabores menos contundentes y raciales. “Me gustan las obras que huelen a sudor”, le confiesa en una carta Flaubert a Louise Colet, y es un juicio muy literario. Ramón Gómez de la Serna, nuestro autor más modernista -y seguramente goloso-, cuenta en uno de sus caprichos de un dulcero que inventa los bombones rellenos de literatura. También dedicó varias de sus obras a poetizar el mundo de la gastronomía, cafés y restaurantes; una de sus famosas greguerías, que ahora pulula por las redes, ya que está de moda la croqueta, es esta: “Las croquetas deberían tener hueso, para que pudiésemos llevar la cuenta de las que comemos”.


Una de las que más hizo por fundamentar la comida como metáfora de sentimientos y caracteres fue la mexicana Laura Esquivel con su impagable Como agua para chocolate (1989), novela (y película de Arau) que constituye todo un banquete de sensualidad e historia mexicanas.

El escritor francés Julien Gracq (1910-2007) no dudó en aplicar este sutil análisis alimenticio a algunas vacas sagradas de la literatura: el Tiempo perdido de Proust tiene para él la consistencia “de los pudines y las gelatinas”; la poesía de Baudelaire está hecha de materia comestible, como “el fruto maduro a punto de desprenderse de la rama”; y no puede reprimir el sarcasmo al catalogar toda la obra del gran Goethe como poseedora de un “regusto a rosbif frío con mayonesa”.

Los gastrocríticos nunca le han faltado al señor Goethe. Según Thomas Mann, Novalis calificó de sátira contra la poesía el Wilhelm Meister de Goethe, afirmando que “en esta obra se había compuesto, con paja y virutas, un plato sabroso”.

¿Cómo convertirse en gastrocrítico? ¿Cualquier lectriz puede ser una gastrocrítica? ¿Todo glotón o gourmand ya es gastrocrítico? Pronostico que la Gastrocrítica, arte novedosa, habrá de popularizarse irremisiblemente. Baso mi conjetura, no en el siempre incierto número de gastrósofos, gourmets y bibliófagos, sino en dos circunstancias. Primero, no se necesitan armas ni títulos académicos. Y en segundo lugar, si es usted capaz de leerse un libro solo por placer y, sobre todo, puede vincular -y expresar- esa sutil sensación de goce con un plato o bebida: ¡usted es un gastrocrítico!

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