“A pesar de que está infrarremunerada, la traducción ha sido una de las parcelas más alimenticias de la literatura: no hay escriba que, en alguna época, no haya intentado subvenir a sus crisis pecuniarias con esta tarea”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

03/03/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe sobre los traductores: “Si se piensa bien, uno se pasa la vida traduciendo o interpretando. No me refiero solo a los años de aprendizaje y a las clases de latín, griego, árabe, francés, italiano, catalán, gallego, euskera, japonés o inglés (que son las lenguas en las que...

...incursioné como picaflor), sino y sobre todo a las situaciones de la vida cotidiana en que uno se ve en la necesidad de intentar ese ejercicio de cosmopolitismo que consiste en ponerse en el lugar del otro, en intentar llegar a su corazón o en leer en cuerpo ajeno o amado señales y signos multilingües”.

Mis amigos los traductores

Siempre he considerado que hay que evitar el encuentro personal con los escritores favoritos. Ya se sabe que los artistas es gente muy suya, muy -si se me permite la metáfora zoológica- resabiada, y uno a veces se lleva alguna que otra decepción, aunque últimamente el literato trata de hacerse el simpático cuando está en antena. Pero esta precaución nunca la he procurado con los traductores: es más, cuando me ha sido posible, he buscado el acercamiento, incluso la conversación, a mujeres y hombres de esta especial manera del escribir que es el traducir. La razón, me digo ahora -quizá influenciado por lo que cuenta Irene Vallejo en su estupendísimo El infinito en un junco-, debe ser porque el traductor (dragomán, trujimán, truchamán, truchimán, intérprete o, simplemente, el lengua) es un ser cosmopolita y, contrariamente al escritor común, siempre sabe estar. Para mí que el dominio de lenguas relativiza el comportamiento y dulcifica el carácter.


Si se piensa bien, uno se pasa la vida traduciendo o interpretando. No me refiero solo a los años de aprendizaje y a las clases de latín, griego, árabe, francés, italiano, catalán, gallego, euskera, japonés o inglés (que son las lenguas en las que incursioné como picaflor), sino y sobre todo a las situaciones de la vida cotidiana en que uno se ve en la necesidad de intentar ese ejercicio de cosmopolitismo que consiste en ponerse en el lugar del otro, en intentar llegar a su corazón o en leer en cuerpo ajeno o amado señales y signos multilingües. Si para cierto filólogo el siglo XX fue un siglo de siglas, este nuestro del XXI es una blogosfera babélica, en la que podemos nadar como delfines jabonados con ayuda de nuestros benditos amigos los traductores o chapotear como merluzos pegajosos con el socorro de las máquinas, deslizándote (desliz tras desliz) por las empercudidoras pantallas masturbatorias.


Tendemos a sopesar el extenso poderío de las grandes lenguas, de las koinés multimillonarias (el mandarín, el hindi, el español, el inglés, el árabe), pero uno en realidad se mueve entre intensas lenguas chiquitas, la de su ciudad, la de su barrio, la de su grupo social, la de su edad, la de su profesión, incluso la de tu infancia cuando oías cantar en ladino a tu abuela.

A pesar de que está infrarremunerada, la traducción ha sido una de las parcelas más alimenticias de la literatura: no hay escriba que, en alguna época, no haya intentado subvenir a sus crisis pecuniarias con esta tarea. Recuerdo haber leído varias obras de este tipo: novelas de Dashiell Hammet traducidas por Luis Cernuda; el joyceano Retrato del artista adolescente en la versión de Dámaso Alonso (que ocultó su autoría bajo el seudónimo de Alfonso Donado); los primeros dos tomos y medio de En busca del tiempo perdido de Proust por Pedro Salinas; En las montañas de la locura de Lovecraft por Calvert Casey; la ya clásica de Jorge Guillén sobre El cementerio marino de Paul Valéry... Sospecho que casi todas estas pertenecen a esa clase de traducción llevada a término por gustosa afición o por necesidad apremiante. En cambio, Los novios de Manzoni por Esther Benítez, las de Oscar Wilde por Ricardo Baeza, las varias de Borges o el Tristram Shandy por Javier Marías pertenecerían ya a la de los profesionistas, entre quienes respeto y valoro a gentes de Málaga como Esther Cruz Santaella (traductora de Pussy Riot, Susan Fenimore Cooper, Leonhard Frank o Jan Morris), Regina López Muñoz (que tradujo, entre otras, a Mary Oliver, Mary Lavin, Edna O’Brien o Mary Karr), Silvia Moreno Parrado (traductora de, por ejemplo, Nan Shepherd, Rick Bass, Kate Bolick o Sue Donaldson), Julia Osuna Aguilar (quien, entre una montaña de traducidos, tiene a Boris Vian, Allen Ginsberg, Bernardine Evaristo o -mi favorito- el Joe Brainard de Me acuerdo) y el profesor Vicente Fernández González (traductor de Cavafis, Seferis, Tsircas o Mavrudís). Esas cuatro queribles mujeres forman una tetrarquía de traductrices difícil de aguantar: cada una de ellas traduce de varios idiomas y de cualquier género, incluyendo la novela gráfica. Sospecho que su febril praxis encubre en realidad una conspiración destinada a acabar con la galaxia políglota.


Pero, aparte de estas dos clases de trujimanes, también admiro rendidamente otras traducciones que están en tierra de nadie (quiero decir, por encima de la necesidad y la profesión), como la Divina Comedia en versión divina del poeta Luis Martínez de Merlo, las de Antonio Álvarez de la Rosa (Flaubert, Marcel Schwob, Michel del Castillo, Maupassant…) y las de Marta Cerezales Laforet (Édouard Dujardin, Abdelfattah Kilito, Panait Istrati, Lydie Salvayre…). En cualquier caso, una buena traducción siempre es literatura al cuadrado. Y, como suele decirse por ahí, hay muchas, muchas traslaciones que mejoran el original: lo afirman hasta de obras magnas, como el Quijote o Las mil y una noches.

En su hermoso libro Los autores como actores y otros intereses literarios de acá y de allá (1951), José Moreno Villa (Málaga, 1887-México, 1955), al comentar su devoción por algunos poemas de Manuel Machado, escribe estos dos párrafos:

Fue un sombrerero joven de Málaga, aspirante a poeta, Pedro Vances, quien me lo dio a conocer [el poema “El jardín gris”] en un entreacto de su oficio, es decir, entre medir y medir cabezas sudosas y de pelo bravío, toscas molleras aldeanas de arrieros, caleseros, carreteros y aperadores que acudían a su tienda muy ajenos de que iban a interrumpir lecturas poéticas. La ira refrenada de Pedro se contentaba con jalar secamente de la cinta al concluir las mediciones.
Era muy difícil en realidad compaginar mediciones, pruebas de sombreros y cobranza con la melancolía. “Melancolía” se llama el otro poema que leímos entonces y aprendimos de memoria.
[p. 103]


Como se ve, vapulea -muy finamente- a este sombrerero poeta, joven degustador de la decadente y perfecta poesía de Manuel Machado: dedica prácticamente la totalidad de la mención a describir su profesión menestral, tan solo se le califica con un “aspirante a poeta” y ya no volverá a aparecer más en todo el texto. Quien haya frecuentado los libros de Moreno Villa, se habrá percatado de su elegancia y discreción, incluso ocultamiento de determinadas personas que fueron relevantes en su vida. Por otra parte, esos nombres de personas que aparecen como una visión borrosa en un libro siempre me han fascinado: son como hápax fantasmas pidiendo ayuda para manifestarse una vez más. La ironía de Moreno Villa al adoptar un punto de vista distanciado, aristocrático, con respecto a ese oficio, aunque desconcertante, no me era desconocida: de hecho, escribí un texto (“Las sandalias de Miguel Hernández”) para exhibir esa manifestación señoritil de muchos escritores de la época hacia el cabrero Hernández. El atildado Moreno Villa me recordó una anécdota de uno de mis poetas preferidos, el pulcro vallisoletano Francisco Pino (1910-2002): acudimos a visitarle a su tienda de telas una mañana, siendo yo un joven universitario, acompañado de mi amigazo el pintor Fernando Sánchez Calderón (1951-2016). Charlamos largamente -sobre todo, él- de poesía; su conversación era siempre divertida y heterodoxa, trufada de recitaciones de san Juan de la Cruz y de algunos poetas ingleses, de elogios al clarete de Cigales; habló también de su época de estudiante en Londres, elogiando las costumbres y los ritos de student (como bajar a cenar en esmoquin). Como sea, en un momento dado, mencioné a Guillén y él malicioso aclaró: “¿Quién? ¿Jorge, el de la ferretería?”. Ese resorte de cínica superioridad es el mismo que creo percibir en el texto de Moreno Villa sobre el enigmático sombrerero.

Así que me lancé a indagar. Pedro Vances Cuevas (1882-19??) es uno de “los más fecundos traductores de obras francesas de la Edad de Plata”, como afirma la catedrática de la UMA Mª José Hernández Guerrero, a quien se deben todos los datos, a los que he podido acceder, sobre este malagueño: que acabó el bachillerato en Málaga (1900), que estudió Filosofía y Letras en la Central de Madrid, que fue becario en la Residencia de Estudiantes de Madrid (1912) y que tiene 23 traducciones publicadas (1919-1931). Pero en las fichas de esta profesora se aporta un documento más valioso: una foto del consejo de redacción de la revista cultural Gibralfaro, datada el 28-12-1909, en la que aparece Pedro Vances Cuevas, junto a otros gloriosos paisanos, como Alberto Jiménez Fraud (el director de la Resi) y José Moreno Villa. Todo lo cual me lleva a pensar en una relación mucho más íntima entre esos tres malagueños y, claro, entre Vances y Moreno Villa, sobre todo si tenemos en cuenta que fueron, además de aprendices de poetas y bachilleres en la Málaga de 1900, compañeros de redacción en la aventura de la revista Gibralfaro y, finalmente, también residentes en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, aunque Vances con un estatuto inferior, como becario. Su importante labor traductora llevada después a cabo debería, cuando menos, haber inspirado al pulido Moreno Villa algún aporte de calidad sobre el antiguo compinche, más allá de la descripción de su oficio sombreril, a no ser que esa mención quisiera, por alguna razón, herir al traductor, o sea, un aspirante a poeta, en la consideración de un señorito poeta. ¿O solo era guasa malagueña? A saber.


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