“Fue una persona que se vio expulsada de todas partes, como inmigrante, como holandesa, como hija, como obrera, como americana, como antifascista, como mujer, como judía: quizá porque supo que su lugar era el mundo, donde siempre estuvo con los de abajo”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

17/03/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe sobre Lini de Vries: “El caso de la enfermera Lini de Vries es ejemplar, pero no único. Ella fue una de las tantas “voluntarias de la Libertad”, idealistas y valerosas colaboradoras sanitarias que acudieron desde todo el mundo en ayuda del pueblo español...

...en guerra contra el fascismo”.

Lini de Vries: Una enfermera en la guerra de España

El pasado 8 de marzo, tras preparar unas lentejitas veganas, acometí la lectura, largamente postergada, de un libro conmovedor: España 1937 (Memorias), publicado en México por la Universidad Veracruzana en 1965. Su autora, Lini Moerker de Vries (1905-1982), fue una usamericana de primera generación, hija de inmigrantes holandeses de origen sefardí, a la que le sería otorgada la ciudadanía mexicana en 1962. En 1959 había publicado El Sótano, donde relató los primeros veinte años de vida: su niñez durísima en un hogar pobre con una madre ignorante y bruta, su adolescencia y su primera juventud como obrera textil.


En España 1937, segunda entrega de la autobiografía, Lini de Vries reseña el dificultoso empeño (no había cursado la high school) en formarse como enfermera, trabajar y estudiar por la noche. Simultáneamente, va percibiendo el contexto económico y social en el que se desenvuelve con afán, durante los ásperos años de la Depresión. Mientras tanto, se ha casado y ha enviudado en un par de años, aunque ahora tiene una hija, lo que aumenta su penoso vivir. La toma de conciencia político-social reconoce que se la facilitaron dos personas, dos “tutoras”: Annie Waters, una madame ya jubilada del oficio celestinesco que la animó a leer textos de historia griega, y Mrs. Post, una trabajadora social que la instó a leer obras como Socialism and Freedom de Harold Laski (1893-1950), el politólogo británico laborista que sería asesor de F. D. Roosevelt, o The Coming Struggle for Power de John Strachey (1901-1963), otro político laborista británico. Como se ve, no importan el oficio ni el tiempo ni el país, en cualquier contexto se tejen redes de solidaridad y sororidad: es a través de dos mujeres como Lini empieza a entender el mundo.


Cuando consigue acceder a los estudios de grado en Salud Pública, se encuentra felizmente pletórica por su contacto con varias materias (Bacteriología, Nutrición, Filosofía, Sociología, Psicología) y concluye: “Mastiqué, rumié, pensé, estudié a Marx, a Darwin, a Hegel, a Freud, a Dewey, a los utópicos. Las conversaciones en el comedor me sirvieron de mucho”. Antes de cumplir los treinta, Lini de Vries resume en qué ha consistido su lucha por la vida hasta 1934:

Pasé los primeros diez temerosa de mi madre, quien me encerraba en un sótano, en compañía del carbón y las ratas […]. La siguiente década me la pasé protestando contra las condiciones de trabajo en las fábricas, y en busca de una oportunidad para desenvolverme. Durante los últimos diez años sufrí la enfermedad y la muerte de mi esposo, y obtuve el diploma de la High School. Ahora, en la Universidad de Columbia, comenzaba a contemplar el mundo.

Es el año en que se afilia a la Liga Contra la Guerra y el Fascismo y trabaja con la emblemática enfermera feminista y defensora del aborto Margaret Sanger (1879-1966), una de las luchadoras más decisivas por la causa de las mujeres, calificada como “killer angel” por los siempre belicosos ultras cristianos. De Vries difunde métodos de control de la natalidad, aprendidos en China por la Sanger, entre los obreros agrícolas en un ambiente de explotación y pobreza, el mismo que tan bien supo recoger en Las uvas de la ira John Steinbeck.


La segunda mitad de estas memorias están dedicadas a la experiencia española. Lini, preocupada por los acontecimientos en Europa, acude a escuchar a dos periodistas famosos que conocen de primera mano el conflicto español y se dedican a dar charlas informativas: Lawrence Fernsworth y Herbert Matthews. De hecho, Fernsworth, corresponsal de The Times y The New York Times, era uno de los grandes conocedores de España, donde ya había vivido antes del estallido de la guerra civil y sería luego testigo de la masacre de la Desbandá en la carretera Málaga-Almería en febrero de 1937. De Vries rápidamente se involucra en el AMB [American Medical Bureau to Aid Spanish Democracy, Departamento Médico para el Auxilio a la Democracia Española] y parte el 16 de enero de 1937 a bordo del Île de France con una unidad médica de enfermeras, médicos y material, al mando del doctor Edward K. Barsky (más tarde procesado por el comité McCarthy). También iban en el barco, recuerda Lini, 80 jóvenes antifascistas deseosos de enrolarse en las Brigadas Internacionales.

Tras arribar a El Havre, el convoy continuará hasta Portbou. Cuando De Vries llega a tierra española, siente un raro impulso, se aparta de los demás y camina por la playa:

Me incliné a recoger un puñado de arena. La apreté con firmeza. Tres siglos antes, Isabel había expulsado de España a mis antepasados, judíos sefarditas, quienes, residentes en Holanda, ayudaron a liberar el país de la dominación española en el siglo XVI. Ahora estábamos en pleno siglo XX, en 1937. Yo era norteamericana de primera generación, aunque me sentía holandesa. No obstante, al pisar tierra española me parecía haber regresado, por fin, a la prístina morada: ¡la tierra entera me dolía!


Ya en Barcelona, pulsa el ambiente de guerra, la solidaridad del heroico pueblo catalán que ha parado el golpe, la hermosura de la ciudad a la luz de la mañana, pero ante la visión de la iglesia proyectada por Gaudí confiesa haber pensado: “Parece un sorbete de chocolate al revés que, al derretirse, forma curiosas figuras”. Esa sincera y despreocupada apreciación me recordó la que emitió sobre esa misma joya arquitectónica George Orwell en su Homenaje a Cataluña:

[…] un edificio moderno y de los más feos que he visto en el mundo entero. Tiene cuatro agujas almenadas, idénticas por su forma a botellas de vino del Rin. […] Creo que los anarquistas demostraron mal gusto al no dinamitarla cuando tuvieron oportunidad de hacerlo […].

Lini desarrollará su tarea en dos hospitales de guerra, instalado el primero en una escuela, edificio recientemente construido, en la localidad toledana de El Romeral, y el otro en la conquense Castillejo, en Villa Paz, una antigua residencia favorita de María Cristina de Borbón. Las enfermeras realizaban labores no solo técnicas (atención y cuidado de los heridos), sino también organizativas y faenas de todo tipo, para las que contaban con ayuda de voluntarias españolas, campesinas del entorno en su mayoría. Es interesante comprobar cómo Lini trata de que los hombres tomaran conciencia (empezando por los brigadistas extranjeros, menos reacios que los españoles) y se encargaran de tareas como “fregar, lavar, limpiar, tender camas, pelar patatas, cavar letrinas…”, puesto que ellos consideraban que estaban allí “para combatir, no para fregar”. El interés de las españolas voluntarias (casi todas analfabetas) en que los hombres asumieran parte del trabajo “femenino” era disponer de tiempo para dedicarlo a educarse, a alfabetizarse. De Vries apunta que en las trincheras funcionaban más de 900 aulas. Incluso durante el transcurso de la guerra, la República siguió desarrollando la instrucción del pueblo. No se le escapaba a la enfermera extranjera la prioridad del proyecto educativo republicano, como tampoco se les escapó poco después a los vencedores franquistas que aplicaron una contundente represión del magisterio, del profesorado y de la educación pública y laica en general.

En un momento determinado, en Albacete, De Vries narra su encuentro con un recién llegado del frente, un doctor desmoralizado, que pasa a relatarle a la atónita enfermera (“me desgarra lo que acabo de ver. Siento vergüenza por el ser humano”) el horror que ha vivido durante el éxodo del pueblo de Málaga hacia Almería. Ese médico es el canadiense Norman Bethune (1890-1939), un personaje admirable muy recordado en Málaga, quien más tarde dejaría constancia de la masacre en su libro El crimen de la carretera Málaga-Almería (febrero 1937).

Al cabo de unos meses, De Vries regresará a su país, pero continuará batallando a través de campañas de información y recabando ayuda para la República española. Perseguida años más tarde por el macartismo, debido a su pertenencia al CPUSA (Partido Comunista de USA), se mudaría en 1949 a México, donde prosiguió con su labor solidaria entre los indígenas del valle de Palaopán (Oaxaca), enseñó antropología y salud pública en la universidad (Jalapa, Veracruz) y fundó escuelas y comunidades educativas (Cuernavaca).


El caso de la enfermera Lini de Vries es ejemplar, pero no único. Ella fue una de las tantas “voluntarias de la Libertad”[i], idealistas y valerosas colaboradoras sanitarias que acudieron desde todo el mundo en ayuda del pueblo español en guerra contra el fascismo.

En el artículo “El efecto de Cronos. Brigadistas olvidadas por la Historia” (2008) de Rosa María Ballesteros García[ii] pueden encontrarse muchas pistas para tirar del hilo de la memoria de estas inolvidables mujeres. Enfermeras, doctoras, milicianas, traductoras, periodistas… Unas mujeres que, en el caso español, han padecido el olvido del olvido, ya que la dictadura -y su goma de borrar la historia- habría de mantenerse en España cuarenta años más allá del final de la segunda guerra mundial. Y aún dura la desmemoria: si lo descreen, pregunten a los investigadores, a los archivos cerrados a cal y canto, a los libros de texto, a nuestros jóvenes.

De Vries, enfermera y educadora social, desarrolló con generosidad su saber hacer entre los más castigados, “los jodidos de la tierra” (que decía el gran periodista mexicano Julio Scherer), estuvo viva y sufriente en un mundo invivible, tuvo una infancia desgarrada como hija de inmigrantes pobres, aprendió el inglés en la escuela, trabajó en fábricas y telares, quiso aprender y elevarse a través del estudio, se hizo enfermera, se casó y fue madre y viuda, era internacionalista convicta y no le importó ir a luchar con sus armas (de mujer: dar vida, protección y educación) a cualquier parte: con la España agredida, con las empobrecidas familias de obreros agrícolas de USA, con las comunidades indígenas de Oaxaca. En definitiva, fue una persona que se vio expulsada de todas partes, como inmigrante, como holandesa, como hija, como obrera, como americana, como antifascista, como mujer, como judía: quizá porque supo que su lugar era el mundo, donde siempre estuvo con los de abajo.

No entonaré ninguna loa por una luchadora sensible que tomó partido y se manchó, por una mujer fuerte que prendió entre las manos su vida y la vivió con intensidad para sí y para los otros, por una feminista lúcida que supo dejar un testimonio claro, puro, inolvidable.

Puede leer aquí los anteriores artículos de Miguel A. Moreta Lara

[i] Fernanda Romeu (2018), “Voluntarias de la Libertad: mujeres en las Brigadas Internacionales”, en https://www.elviejotopo.com/topoexpress/voluntarias-la-libertad-mujeres-las-brigadas-internacionales/

[ii] Véase en: http://www.apostadigital.com/revistav3/hemeroteca/ballesteros4.pdf