“Los personajes de Por tierras del Silencio practican una especie de ascetismo vital que inunda de blancos mensajes, como un perfume priscilianista, toda la novela, y que recuerda la filosofía zen que destila la delicada escritura de Cristina Cerezales”

OPINIÓN. El lector vago. Por 
Miguel A. Moreta-Lara
Escritor a veces

31/03/21. 
Opinión. El escritor Miguel A. Moreta en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de esta semana escribe sobre la novela Por tierras de silencio, de Cristina Cerezales: “Igual que la primera entrega de la serie, Por tierras del Silencio, vuelve a juntar a un ramillete de caminantes en busca de sí mismos y de ajuste de cuentas con los espectros del pasado. Tiene esta narración...

...mucho de milyunanochesca: el placer de narrar/escuchar (cuentos, sucedidos, historias, leyendas, anécdotas, milagros) es también la práctica de la curación de almas y tormentos por la oralidad”.

Por tierras del Silencio: Ascesis y priscilianismo en una novela de Cristina Cerezales

El año pasado, en estas mismas páginas, celebraba la lectura de una novela de Cristina Cerezales Laforet (Madrid, 1948), Por el camino de las grullas (2006), ambientada en el Camino de Santiago, que era fácilmente comparable a una road movie por su carácter coral y geográfico, donde los personajes se encuentran, se separan, se reencuentran y se pierden con mucho ejercicio de serenidad y desdramatizando toda vividura, casi como una descarga de conciencia y apertura espiritual. Otra particularidad de esa estupenda novela es que dejaba su final abierto. Ahora acabo de disfrutar Por tierras del Silencio (2020) -continuación de aquella de las grullas- cuyo alegre final casi prefigura ya una tercera aparición dentro de unos meses con el título de Hacia el fin de la tierra. Esta trilogía forma un ciclo bajo la descriptiva cartela de Encuentros en el Camino de Santiago.


Cristina Cerezales, escritora de imaginación viajera, también tiene en marcha otra serie de novelas fantásticas titulada Viajes con la Abubilla que está publicando la editorial Renacimiento de Sevilla, de la que han salido hasta ahora La ruta secreta de Kunyu Shan (2019) y El barco y la grulla (2020), ambas ilustradas por la mano del artista Manuel Cerezales Laforet (1952-2020), fallecido en ese año aciago en Jimena de la Frontera. El resto de la obra publicada por Cristina Cerezales queda repartido entre un libro de relatos (Amarás a tu hermano, 2010) y, además de las mencionadas antes, estas novelas: De oca a oca (2000), Música blanca (2009), El pozo del cielo (2013), Ulises y Yacir (2016). En el presente año de 2021 en que recordamos el centenario de la autora de Nada hay un libro clave que les recomiendo para acceder a la esencia de esa escritora: me refiero al fascinante Música blanca, el mejor homenaje, el texto más puro, exquisito y luminoso que yo haya leído sobre Carmen Laforet.


Igual que la primera entrega de la serie, Por tierras del Silencio, vuelve a juntar a un ramillete de caminantes en busca de sí mismos y de ajuste de cuentas con los espectros del pasado. Tiene esta narración mucho de milyunanochesca: el placer de narrar/escuchar (cuentos, sucedidos, historias, leyendas, anécdotas, milagros) es también la práctica de la curación de almas y tormentos por la oralidad, puesto que orear los fantasmas atrayéndolos -aquí y ahora- es admitirlos al banquete sagrado de la vida, a la alegría de ventanas y puertas abiertas… Son los personajes espiritualizados, vistos en otras creaciones de Cristina Cerezales, para quienes el mundo vivible es el de la comunicación cordial con el prójimo (“entre peregrinos todo fluye”), el del sentimiento del paisaje, seres que se sienten íntimamente plantas o pájaros y como dice uno de los protagonistas:

[…] me uno al sentimiento de querer cambiar la escala de valores de la sociedad en que vivimos y crear una escala personal, única, quizá incomprensible para los seres que hasta el momento nos han rodeado; rechazo […] a la persona en que me han convertido las ideas y conductas impuestas desde la infancia, pero no renuncio a mi ser material en aras del espiritual. Yo quiero convivir con ambas facetas de mi existencia.


En una novela como esta no podía faltar una filosofía del Camino de Santiago, toda una poética, a ratos un épica y siempre una ética aquilatada: el camino es sagrado (hay que prescindir de comodidades como el coche de apoyo o el traslado de mochilas), la energía circula por el camino (“siento la savia del Camino circulando por mi cuerpo”), a los caminantes se les nota en todo (“en la forma de caminar, en la piel curtida, en la calma […] y en la voz […] una voz misteriosa y dulce”), el camino es purificación (“la transformación, que te llega de pronto, sin intervención por tu parte”), psicoanálisis del monstruo (de las gárgolas, de los seres híbridos)… Pero, al mismo tiempo que se va construyendo toda esa fenomenología, esta novela dibuja un mapa geográfico -de pueblitos, hospederías, albergues, casas, iglesias, ruinas- y un mapa sentimental -estados de ánimo, relaciones, abandonos, reencuentros, memorias-: ambos mapas se van entretejiendo con un rosario de pequeñas historias, leyendas, etimologías, fiestas tradicionales (como la del magosto), actuaciones de santos y relatos personales que romeras y romeros intercambian en conversaciones siempre sabrosas al albur de encuentros ocasionales.

El guía que elige la autora para este viaje es un sociólogo portugués (Simâo o Simón) que anda en pos de la Tebaida berciana, ese lugar del Bierzo que atrajo en los primeros siglos del cristianismo a una serie notable de eremitas y santos, de ahí el título (tierras del Silencio). Uno de los personajes más descollantes en la historia hispanorromana del siglo IV es el heterodoxo Prisciliano, un gnóstico gallego y seductor, al que dedicó tan floreadas y misóginas páginas don Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles:

Prisciliano atrajo a su partido gran número de nobles y plebeyos, arrastrados por el prestigio de su nombre, por su elocuencia y por el brillo de su riqueza. Acudían, sobre todo, las mujeres, ansiosas siempre de cosas nuevas, víctimas de la curiosidad, y atraídas por la discreción y cortesanía del heresiarca gallego, blando en palabras, humilde y modesto en el ademán y en el traje: medios propios para cautivar el amor y veneración de sus adeptos. Y no solo mujeres, sino obispos, seguían su parecer.


Menéndez Pelayo, campeón de la ortodoxia, consciente del “señalado papel de las mujeres en las sectas gnósticas”, carga s in descansocontra las mujeres de Prisciliano: que si pervirtió a Eucrocia y a su hija Prócula, que si un escuadrón de mujeres lo acompañó a Roma, que si mantenían “relaciones no del todo platónicas ni edificantes”, que si se entregaban “en sus nocturnas zambras a abominables excesos”. Finalmente, tras varios concilios, en el año 385 y por mandato del emperador Máximo fueron decapitados en Tréveris Prisciliano y sus seguidores (Felicísimo, Armenio, Asarino, Aurelio, Latroniano, Eucrocia, Juliano…). Un hermoso homenaje a Prisciliano se le hace en la novela a través de una conversación entre dos peregrinos, delante de un humeante cocido berciano, al aludir al bello poema “Estirpe” del gran poeta gallego José Luis Méndez Ferrín:


A chuva enchía os ríos e enlamaba as veigas.
As minas no rendían o metal prezado.
A peste dos cabalos atristuraba os homes solitarios.
O Doutor de Noso,
aquel que proclamaba, tremoroso, lourido, apoloxético,
o xexún dominical, a virtude da pobreza,
a meditación na montaña, a dignidade das mulleres
e a necesidade da manumisión dos escravos,
foi decapitado nas cadeas de Tréveris.
Malditos sexan o verdugo Hydacio, o Itacio prostibular
e as almas necias dos Santos e dos Bispos,
do Papa e do Emperador que naquela hora abriron a enxurrada
de sangue ceibe e limpo que non para de fluír.

[La lluvia llenaba los ríos y enlodaba las vegas.
Las minas no rendían el metal preciado.
La peste de los caballos entristecía a los hombres solitarios.
Nuestro Doctor,
aquel que proclamaba, tembloroso, pálido, apologético,
el ayuno dominical, la virtud de la pobreza,
la meditación en la montaña, la dignidad de las mujeres
y la necesidad de la manumisión de los esclavos,
fue decapitado en la cárcel de Tréveris.
Malditos sean el verdugo Hydacio, el Itacio prostibular
y las almas necias de los Santos y de los Obispos,
del Papa y del Emperador que en aquella hora abrieron el torrente
de sangre libre y limpia que no para de fluir.]

Simón investiga, mientras camina, esos raros movimientos sociales que impulsan a los seres a apartarse: además de Prisciliano, indaga en otros que en el pasado hollaron estas tierras buscando alejarse del mundo, como Egeria, Fructuoso, Valerio o Genadio, un espléndido santoral, pero la misma curiosidad siente por las personas con que se topa, especialmente dos mujeres, Encina y Bárbara (atención a la simbología de esos nombres), que esconden tremendas experiencias de violencia contra las mujeres.

Los personajes de Por tierras del Silencio practican una especie de ascetismo vital que inunda de blancos mensajes, como un perfume priscilianista, toda la novela, y que recuerda la filosofía zen que destila la delicada escritura de Cristina Cerezales. El Silencio (con mayúscula) no solo es un paraje berciano -el Valle del Silencio-, sino también el silencio del alma, la música interior, el lenguaje mudo de la naturaleza, el silencio de la nieve, la libertad del espíritu.

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