“Fue al cortarla cuando aconteció la tragedia, la pala catapultó una de las estrellas de azúcar que la adornaban al ojo de una de las salivantes dejándola temporalmente tuerta”

OPINIÓN. Relatos torpes. Por Dela Uvedoble

Hilvanadora de historias

08/10/21. Opinión. La conocida escritora malagueña Dela Uvedoble, https://www.elblogdedela.com, es colaboradora habitual de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com semanalmente. Esta hilvanadora de historias nos regala dos textos originales con dos imágenes, de las que también es autora, dentro de su sección Relatos torpes. Hoy nos ofrece ‘Huida’ y ‘Empezamos bien’...

Huida


Te dejas engullir, sin sedantes, por esa mole de mil ojos facultada para traspasar tu cuerpo sin rasgarlo, buscando el desorden de alguna célula, el desnivel de un hueso. A cambio debes quedarte quieta como Lot, inmóvil por desobediencia.


Los auriculares amortiguan el ruido a caldera, asemejándolo a un latido. Te relajas con ese palpitar primigenio; quizá te recuerde la seguridad del saco amniótico.

Dentro no hay gente que hable a gritos, que sonría y abra la boca tan cerca de ti que temas caer por ella y bajar hasta sus tripas. Aquí no te tocarán el hombro ni te palmearán el antebrazo graznando: “¿comprendes?”.

Hace unos días, en una de esas fiestas a las que siempre vas obligada, alguien te tomó por diana, ametrallándote con vocablos, como si te arrojaran al rostro las cuentas de un collar roto.

Intentaste huir, dejando tu hipócrita avatar sonriente, volando a otra dimensión donde huele a caramelo de menta y suena la guitarra de tu abuelo. Eres muy pequeña e intentas atrapar las notas como si fueran mariposas y pudieras verlas. No sabes hablar, pero os entendéis. Te ofrece su compañera para que la acaricies y tus deditos se cuelan entre las cuerdas. Él los libera, riendo como un pájaro, y te lleva a ver las palomas, todas con nombre, mensajeras divinas, emplumadas huríes con ajorcas de colores en los tobillos y el zureo en el buche.

La voz de tu abuelo se agria contestando a los que amenazan con matarlas a perdigonazos y los gritos te hacen llorar.

“¿Comprendes?”. Asientes, pero no soportas la décima palmada empeñada en incrustar la frase en tu piel. Cortocircuitan tus inhabilidades sociales.

Dicen que te desmayaste, por eso te castigan metiéndote en el escáner.

Hoy has conocido de ti lo que hasta ahora estaba en sombras. Te creías incapaz de odiar, y sin embargo odio es lo que sientes ante parlanchines y violentos que ensucian tu espacio destripando palabras.

¿Podrá la tecnología médica captar eso?

Empezamos bien


La tarta tenía un aspecto delicioso, su cobertura de chocolate brillaba como el charol prometiendo recordar al paladar la dulzura de la infancia.


Fue al cortarla cuando aconteció la tragedia, la pala catapultó una de las estrellas de azúcar que la adornaban al ojo de una de las salivantes dejándola temporalmente tuerta.

En urgencias la sentaron en una sala de espera atestada de manazas atravesadas por tajos al haber intentado lonchear jamón.

—¿Y lo de usted cómo ha sido? -le preguntaban los demás accidentados al ver el ojo y media cabeza envueltos en un fular, a modo de pirata urbano.
—Una esquirla de caramelo.
—¡Ah ya, la diabetis!
—No, mi nuera partiendo una tarta... sin mala intención, desde luego -por el tono era obvio que la mujer deseaba que le tiraran de la lengua, pero los chismosos, satisfecha la curiosidad, carraspeaban y volvían a meter el hocico en el móvil.

El asunto se saldó con una pomada oftálmica y tres días como la princesa de Éboli.

A la siguiente celebración se sirvieron raciones individuales, por si las aristas.

Después de comer quedóse traspuesta la ex tuerta en un cómodo orejero enfrente del aparador, roncando a gusto. Un guantazo de frío líquido arrojado al rostro la sacó del ensueño. Gritó, enfurecida, maldiciones a la nuera, acusándola de semejante segundo ultraje.

La mal mentada argumentó en su defensa que no había salido de la cocina desde que terminaran la sobremesa.

—¡Embustera! -embestía la suegra.

El hijo de sus entrañas y marido de la otra viéndose en un brete se aplicó a secarla con la toalla más mullida.

—Madre, hueles a champán.
—¿Encima me pones de borracha? bebí solo un sorbo. ¡Mira!, ahí está la botella, tal como la dejaste.

Sobre el aparador yacía tumbada y abierta, flotando en el charco de su propio contenido. El corcho debió saltar por efecto del gas e impericia del sellado, regando a la marchita doña Pupas.

Aclarada la cosa pidieron los deudos que ambas mujeres se besaran. La nuera no quería y arrugaba la nariz manteniendo que ella era la insultada. La matriarca reventaba de rabia por no poder culparla, negándose a rebajarse. Al final la Pupas accedió por temor a salir perdiendo. Acercaron sus mejillas menos de lo justo, mirando al infinito y torciendo los labios para no rozarse. Así el pobre hombre se libró de lo que casi le pasa al niño bíblico si no hubiera mediado Salomón.

Ese día se instauró en la familia una nueva tradición: celebrar los saraos en un ventorrillo.


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