Hay cuestiones clave para entender cómo se construyen las guerras culturales. La primera es qué asuntos se incorporan a la contienda y la segunda -y casi más importante- es qué queda detrás del telón

OPINIÓN. El ademán espetao. Por 
Jorge Galán
Artista visual y enfermero

03/03/21. 
Opinión. El artista visual Jorge Galán escribe en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la guerra cultural: “Generalmente se circunscribe a temas candentes en los que hay un amplio desacuerdo social y la polarización en valores sociales es evidente, como el aborto, el feminismo, el ecologismo, el multiculturalismo, la inmigración, la homosexualidad, la concepción territorial, la separación...

...iglesia-estado, la tenencia de armas o la censura, por poner los ejemplos más descriptivos”.

Guerra cultural

Últimamente volvemos a oír con frecuencia la expresión guerra cultural. Si atendemos a la amplia polisemia del término cultura, se podría calificar en cierto sentido como un oxímoron. Desde luego, el ámbito que abandona es el concepto de democracia. La expresión que deriva del alemán Kulturkampf (lucha cultural) fue el nombre acuñado por Rudolf Virchow a un conflicto que opuso al canciller protestante Otto von Bismarck a la Iglesia católica al final del siglo XIX.

Hoy día, a pesar de seguir teniendo una fuerte implicación religiosa, este conflicto entre grupos y la lucha por el dominio de sus valores se enfoca en mayor medida en diferencias ideológicas que ha asimilado la dupla política izquierda-derecha. Generalmente se circunscribe a temas candentes en los que hay un amplio desacuerdo social y la polarización en valores sociales es evidente, como el aborto, el feminismo, el ecologismo, el multiculturalismo, la inmigración, la homosexualidad, la concepción territorial, la separación iglesia-estado, la tenencia de armas o la censura, por poner los ejemplos más descriptivos.

El llamado consenso de posguerra, que dio paso una época de indudable progreso en la segunda mitad del siglo XX en toda Europa, se fundamentó en el acuerdo entre las ideas socialdemócratas y liberales: mercado regulado, derechos para los trabajadores, progresividad fiscal, Estado de Bienestar, etc. Las fuerzas conservadoras en cierto modo asumieron parte de los programas progresistas y viceversa. Una vez caído el Muro de Berlín, las derechas recuperaron el conflicto con cierto éxito electoral de la mano de Thatcher y Reagan.

La expresión ha sido reciclada y puesta en el discurso social en la actualidad a través de Estados Unidos, donde se utilizó por la prensa en el siglo XX, aunque es algo que se viene repitiendo desde la revolución conservadora de los años 20, que es el origen de los movimientos reaccionarios y fascistas europeos. En 1979 el neoconservadurismo en Estados Unidos inició una guerra cultural contra la nueva clase (intelectuales, académicos, comunicadores y burócratas progresistas) para defender los valores tradicionales y conseguir la regeneración moral del país. Allí se genera entre el mundo rural y el urbano, también entre millones de emigrantes europeos que llegaron a Estados Unidos y la población que ya residía, mucho más tradicionalista.


Hay cuestiones clave para entender cómo se construyen las guerras culturales. La primera es qué asuntos se incorporan a la contienda y la segunda -y casi más importante- es qué queda detrás del telón. El problema es que hay disputas que sirven para enmascarar problemas más acuciantes y que desvían la conversación pública de cuestiones de fondo. El verdadero aspecto que permanece tras este conflicto no es otro que la distribución de la riqueza; la imposición o consolidación de distintos parámetros de modelos económicos sobre la base de un capitalismo claramente instaurado ya en el mundo.

Resulta evidente que las cuestiones no politizadas son asuntos que tienden a permanecer, a no modificarse, y la revisión o transformación requiere de la previa politización. Lo curioso es que esta polaridad ha absorbido los asuntos divisivos en dos grandes grupos contenedores, que se erigen como una totalidad en el discurso de las soluciones y se constituyen como paquetes impermeables que se asumen de forma íntegra, formando así una clara falacia de falso dilema; se presentan como dos únicas opciones a una larga lista de problemas que se renuevan, que difieren en características en según qué lugares y que en ocasiones resultan muy dispares. Esta cuestión funciona en bucle, con retroalimentación y radicalización infinitas y en contra del sentido democrático.

Al contrario de lo que a menudo solemos oír, la democracia no es la simple imposición dogmática de las mayorías, eso ya sucedía en los sistemas totalitarios. La democracia implica un mecanismo deliberativo; entender que uno no tiene una verdad absoluta que trate de imponer a los otros, sino lo contrario: se relativiza la propia verdad, porque se entiende que la democracia lo que aporta es un mecanismo de resolución de conflictos sobre la base de la metodología que implica el diálogo, la negociación, el encuentro, la argumentación, la empatía, la tolerancia, el pluralismo, incluso la persuasión y la votación entre adversarios.


Es entonces cuando podemos comprender que la guerra cultural no forma parte de esta metodología, sino que más bien, es un signo de su mal funcionamiento. Más aún cuando ha dejado de ser un debate abierto y explícito, donde se defienden posturas mediante el razonamiento, para convertirse en una verdadera guerra de guerrillas soterrada, con el habitual uso del descrédito, la difamación, la falsedad y la desinformación, que han traído los cambios en la gestión de la información en nuestros días.

Toca entonces hacer una profunda reflexión acerca de si hemos interiorizado verdaderamente lo que significa asumir valores democráticos, que comienzan precisamente en el reconocimiento mismo de que existen otros modos que no son el propio para la resolución de problemas, por encima de estar o no de acuerdo con ellos.

Si atendemos a la evolución de nuestro panorama político en los últimos años la respuesta a ésto es evidente. La guerra cultural precisamente se confecciona desde un aspecto impositivo que elude claramente esta prerrogativa.

Por desgracia, en nuestro caso, podemos poner muchos ejemplos en los que no se han seguido estas premisas; por ninguna parte y de forma permanente se ha impuesto el poder de las mayorías para deshacer lo contrario e imponer lo propio, evitando los acuerdos de mínimos, como por ejemplo, en educación, donde hemos sido testigos de incontables derogaciones y leyes distintas de educación en escasos años.


Tal vez sea éste el producto -y no otros que son consecuencia-, que constituya el término en el que debemos analizar la calidad de nuestra democracia. En la capacidad de dialogar, negociar y consensuar soluciones efectivas, dejando para un segundo análisis los contenidos que se formalizan en ellas. En este sentido nuestra calidad democrática deja mucho que desear, y como podemos comprobar, en los últimos años va a peor, con mucha más polarización y con discursos notablemente más extremos.

La desestimación de los asuntos que el otro pretende revisar en el tablero de lo político es quizás la clave de toda esta cuestión. Esta actualizada guerra cultural no es más que otra nueva propuesta de moralización de ciertos valores que atienden a una ética parcelada de reminiscencias religiosas, que sufre la pérdida de vigencia con el paso del tiempo, confundiendo causas con efectos y culpando a la otra parte de su propio desgaste y falta de capacidad de solucionar problemas nuevos con teorizaciones antiguas.

Ambos planteamientos, el tradicionalista y el progresista, responden a dos patrones diferentes de resolver problemas, pero en absoluto son excluyentes o incompatibles, como a menudo se nos intenta transmitir. Incluso podríamos llegar a plantear que ambas miradas son necesarias para no perder la capacidad de contraste, y lo más importante; que no son las únicas escuelas que monopolicen el discurso de los valores y la hegemonía cultural en nuestras sociedades. Los verdaderos problemas surgen cuando una parte se muestra excluyente con la otra, equiparándola al caos o al desorden y moralizando sus propuestas según sus propios esquemas. Aquí el factor pluralidad o pluralización marca notablemente las diferencias para la renovación y revisión de esta mal llamada guerra cultural, que no es otra cosa que una evolución o dinamismo de las ideas predominantes que van configurando nuestra vida, nuestra sociedad y nuestra historia.

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