“El modelo productivo está dejando un panorama ciertamente preocupante en el campo musical y cultural, limitando su desarrollo y promoviendo la única vía de la eficiencia, del hit, del gran éxito, sin la consideración en otra circunstancia

OPINIÓN. El ademán espetao. Por 
Jorge Galán
Artista visual y enfermero

17/03/21. 
Opinión. El artista visual Jorge Galán escribe en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la industria musical: “Lo que pretendo es aludir a esa tendencia generalizada (más que tendencia llega ya a ser norma) en la industria artística de perpetuar hasta la saciedad fórmulas, que sin duda funcionan y presentan solvencia para contraprestar inversiones económicas, dividendos mercantiles o contrapartidas...

...comerciales, pero por otro lado adolecen de cualquier atisbo de originalidad, creatividad o de contenidos nuevos o diferentes a los ya conocidos. Y así andamos ya desde hace bastantes años”.

Creatividad en el margen

Recuerdo cuando irrumpió en el panorama musical el reggaetón y pensé: «Al menos todo lo que venga detrás será mejor»; pero luego llegó el trap... La breve existencia que vaticinaba por entonces al reggaetón supera ya los 20 años y goza en la actualidad de una salud inquebrantable y una popularidad sobre máximos, o eso parece. Obviamente me equivoqué en pensar que aquel estilo de principios del milenio duraría poco.

No me atrevería a caer en lo soez y calificarlo como basura, hay que reconocerle que es capaz de hacer mover millones de caderas y ésto habla a su favor. Su ritmo machacón e inamovible, sus letras chabacanas y la insufrible y repetitiva referencia sexual lo convierten en un estilo de música cierta y sobradamente mediocre. Aunque ésto, obviamente es una apreciación personal. Supongo que no todo el mundo estará de acuerdo con ella.

Recuerdo a un viejo amigo denominar al reggaetón el «atún con pan», en clara alusión onomatopéyica al patrón rítmico del reggaetón. Y tenía toda la razón, cualquiera puede probarlo: atúm-com-pam, atúm-com-pam, atúm-com-pam… es la base rítmica de todos y cualquiera de los temas de reggaetón. Sin excepciones. Una síntesis muy acertada del estilo.


El sobreexplotado autotune, que consigue que cualquier cenutrio sin voz parezca que canta, y la producción y posproducción digital de la música ha puesto -sin duda- las cosas muy fáciles en estos tiempos. Un caso muy similar es el trap, al que se le suele asociar el mismo tipo de letras altamente sexualizadas y de corte generalmente machista, igual que el reggaetón.

Mi objetivo, que quede claro, no es someter a análisis, criticar o denostar cada parámetro de estos estilos musicales, sino tomarlos como evidencias cercanas a todos para explicar qué sucede en la actualidad con la industria y la cultura de la música en concreto, circunstancia también extrapolable a otras artes y disciplinas, especialmente a las más mediáticas.

Lo que pretendo es aludir a esa tendencia generalizada (más que tendencia llega ya a ser norma) en la industria artística de perpetuar hasta la saciedad fórmulas, que sin duda funcionan y presentan solvencia para contraprestar inversiones económicas, dividendos mercantiles o contrapartidas comerciales, pero por otro lado adolecen de cualquier atisbo de originalidad, creatividad o de contenidos nuevos o diferentes a los ya conocidos. Y así andamos ya desde hace bastantes años.


La estrategia empresarial cultural ha tomado, como el resto, el modus operandi único de la eficiencia, que se ha establecido como único patrón que modula la producción, hasta tal punto que ha acabado impregnando la cultura de todo tipo de organización y convirtiéndose en algo que se ha dado por supuesto: si es eficiente, es bueno. Sin embargo, este modelo tiene un lado oscuro; compromete la capacidad de innovar.

Las jerarquías rígidas, la no aceptación del error como parte del proceso de creación (parece que hoy en día nos obligamos a nosotros mismos a funcionar como máquinas que no pueden fallar) o el foco en el cortoplacismo son otros factores que han hecho de la creatividad un elemento en extinción en nuestros días.

Cualquiera con cierta edad que pudiese disfrutar de la música en la última mitad el s. XX recordará la exuberancia en estilos, la continua renovación de los parámetros del éxito y la constante incorporación de nuevas bandas con perspectivas y sonidos diferentes, incluso se llegaba a potenciar lo extraño. Nada quedaba en los márgenes, como ocurre ahora con cualquier intento de salirse de los cánones de éxito, no había estética predefinida. Teníamos todo un mundo dónde elegir. Y lo que es más importante, la música se comportaba como un articulador de identidades sociales o subculturas, cuestión que se ha debilitado en exceso en nuestros días con la estetización y el vaciado cultural en la música, y también con el acceso a ella de forma mucho más individualizada, sin requerir el cara a cara.


Sería justo también citar los cambios que ha traído la irrupción de las redes telemáticas. Efectivamente la música pierde parte de su capacidad de construir identidades a su alrededor. Sin embargo, en la otra cara de la moneda, mediante Internet nos encontramos con un mayor potencial de difusión de la producción musical y un énfasis en la socialidad comunicativa de la misma, si bien en torno a los productos más mainstream.

La lógica del mercado cultural global, del usar y tirar, ha transformado la música, disminuyendo su capacidad de proveer significado social e identitario. Como resultado,  produce un cambio en el significado social de la música, pasando de ser un elemento de construcción identitaria hacia uno de socialidad comunicativa.

«El énfasis en el consumo como práctica cultural clave, adopta una postura complaciente que dibuja una juventud que se deja llevar en un supermercado del estilo, reduciendo la sensibilidad estilística de los jóvenes a poco más que un juego de picar y mezclar, a una suerte de dandismo postmoderno». (David Griffin -Resistance Through Rituals-, 2010).

Existen estudios que corroboran estas apreciaciones, gran parte de las canciones que se han publicado estos últimos años se parecen más entre ellas de lo que ocurría en otras décadas. Esto se debe a que las transiciones entre los grupos de notas han disminuido considerablemente durante los últimos años. Estas transiciones funcionan como las palabras en un texto y lo que se ha observado es que cada vez hay menos palabras diferentes, el léxico musical se está empobreciendo.

Por ello, cada vez nos resulta más sencillo predecir qué nota será la siguiente en las canciones. Esto significa que las canciones actuales son cada vez más homogéneas, por lo que se puede deducir como una acusación fundamentada la típica frase del «todo suena igual».


La música actual emplea menor diversidad de timbres y se suele interpretar con sonoridades muy similares, al usar casi siempre los mismos instrumentos y efectos. La mayoría de músicos actuales son mucho menos arriesgados con las relaciones armónicas de sus temas que antiguamente, y apenas se opta por la experimentación. En los últimos años ha aumentado el volumen intrínseco al que se graban las canciones, lo cual también sirve para maquillar estas carencias. La música aumenta de media 1dB cada 8 años. Una receta habitual para hacer un hit es precisamente realizar cambios de acordes sencillos con instrumentos comunes y un volumen potente.

Por lo tanto, tiene cierta base científica la idea de que la música no transmite lo que transmitía antes y no se trata de un juicio subjetivo o ideológico. La homogeneización, la innovación o la predictividad son algunos de muchos de esos parámetros evaluables.

Bourdieu (2001), ya alertaba de forma crítica sobre la intrusión en la era neoliberal de la lógica comercial en todos los estadios de la producción cultural, amenazando la independencia y semiautonomía de los diferentes campos culturales.

La cultura deja de ser el campo privilegiado de acción política, comunicativa e identitaria.

Incluso los que escuchan reggaetón habitualmente reconocen que las letras les dan igual, que saben que son malas pero el ritmo les gusta y es divertido de bailar.

Por tanto, podemos concluir que, entre otras causas, el modelo productivo está dejando un panorama ciertamente preocupante en el campo musical y cultural, limitando su desarrollo y promoviendo la única vía de la eficiencia, del hit, del gran éxito, sin la consideración en otra circunstancia. Al mismo tiempo que mantiene en el ostracismo cualquier producto cuya creatividad y diferencia cuestione el modelo de mercado.

Lo peor es que este paradigma se repite en muchos otros campos, no sólo en la música o la cultura, un modelo que empobrece la diversidad a pasos de gigante en muchos otros ámbitos de la vida y que nos lleva a la supremacía absoluta de pocas metodologías, escasas multinacionales y modos productivos macrointensivos, que poco a poco hacen valer su dominio y fulminan o incorporan a base de talonario a cualquier competidor que les haga sombra y que plantee alternativas fuera de la dictadura de la eficiencia en las producciones. Los mercados, en absoluto son libres. Lo vemos con los alimentos, la ropa, la automoción, las energías, los pequeños negocios y un largo etcétera...

La pregunta es obvia...¿Hasta dónde, hasta cuándo?

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