De la misma forma que la falta de eficacia del sistema sanitario es susceptible de crítica, también lo es quien lo usa de forma inadecuada, algo más habitual de lo que podríamos imaginar”

OPINIÓN. El ademán espetao. Por 
Jorge Galán
Artista visual y enfermero

26/05/21. 
Opinión. El artista visual Jorge Galán escribe en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre el mal uso que hacen los ciudadanos del servicio de Urgencias: “A este tipo de consultas inadecuadas en las urgencias hospitalarias se le suele sumar una actitud de incomprensión hacia el sistema de triage para priorizar a los enfermos graves. Es demasiado frecuente la protesta, la amenaza de reclamación...

...al profesional de turno o las expresiones de desprecio hacia el sistema sanitario cuando comprueban cómo patologías que sí son urgentes pasan antes a ser atendidos”.

La picaresca del síntoma

Mucha información que recoje este artículo ya se hiló antes de la pandemia; un pequeño estudio de casos de demandas inadecuadas de asistencia en urgencias hospitalarias. No me pareció decoroso exponerlo por entonces, ante la magnitud que terminó cobrando el COVID. Ahora que todos hemos perdido el miedo -o aquella sensación de que algo nos sobrepasa- y volvemos a las andadas en cuanto al uso inadecuado de los servicios de urgencias, es el momento idóneo para hacerlo.

De la misma forma que la falta de eficacia del sistema sanitario es susceptible de crítica, también lo es quien lo usa de forma inadecuada, algo más habitual de lo que podríamos imaginar.

Empecemos por observar dos direcciones claramente diferenciadas en este asunto; por un lado la demanda de asistencia y por otro, la oferta de servicios sanitarios dispuestos para ello. Hay datos procedentes de algunos estudios que apuntan a una excesiva demanda de atención urgente, siendo ésta en muchos casos inadecuada o, incluso cuando es adecuada, el usuario hace un uso de ella en función de otras variables circunstanciales, en las que en ocasiones, la salud no se coloca en un primer plano (horarios, accesibilidad, desconocimiento del sistema, etc). Otros estudios y opiniones, en cambio, abogan por una oferta de servicios insuficiente.


Hay abundantes análisis que sugieren que mucha de esta demanda se debe a personas con problemas médicos que podrían ser atendidos en otros niveles de atención de menor complejidad, como los servicios de urgencias de atención primaria o puntos de atención continuada. Cada vez se acude más al médico (por situaciones adecuadas o no). También hay que referir excesos informativos en medios de masas de noticias relacionadas con la salud, que producen a menudo alarma social infundada, al tiempo que conviven con niveles de educación sanitaria deficitaria en la resolución de situaciones leves y también en el uso de los recursos. Todos hemos conocido esos "remedios de la abuela" para situaciones banales o de escasa importancia, que con el tiempo se han ido perdiendo, como la gestión del resfriado común, la cefalea, la fiebre, el vómito o la diarrea.

Así lo demuestran las cifras de récord registradas por la Encuesta Nacional de Salud en España 2019 del Ministerio de Sanidad. Desde la década de los 90 han aumentado las consultas médicas y las urgencias más de 20 puntos porcentuales. De este modo, durante el último año casi 9 de cada 10 personas afirman haber consultado a un médico por algún problema, molestia o enfermedad. El servicio médico que más creció en volumen de asistencia fue el de urgencias, seguido del hospital de día y las consultas al médico de familia.

Por el lado de la demanda, se ha sugerido promover el copago del servicio en determinadas circunstancias, especialmente el mal uso o abuso injustificado, redirigir las consultas inadecuadas a otros niveles asistenciales u ofrecer servicios telefónicos o telemáticos al ciudadano sin necesidad de una consulta en el hospital o el centro de salud. Se estima entre un 15 y un 20% de atenciones inadecuadas en las áreas de urgencias hospitalarias, en función del estudio, pero al mismo tiempo se les resta asociación al colapso de éstas (en favor de la deficiente oferta), pues habitualmente se suele dar una relativa rápida resolución a estas demandas en dichos servicios.

Una vez aclarado ésto, vamos a hacer un breve repaso a situaciones de demandas inadecuadas, reiteradas o innecesarias, abusos y motivos de consulta grotescos que nos encontramos con frecuencia en la atención urgente hospitalaria. Por supuesto, todos son casos reales y se hará una referencia genérica de ellos con el objetivo ilustrativo o educativo, la intención no es jactarse de determinadas situaciones fuera de la normalidad, sino ilustrar diferentes demandas inadecuadas que suelen repetirse con frecuencia.


Primero mencionar la transformación de la demanda de consulta urgente en una especie de ratificación del Dr. Google; cada vez con mayor frecuencia acuden a las urgencias usuarios que parecen necesitar al médico exclusivamente para la confirmación de su propio y autónomo diagnóstico online. Antaño se acudía por síntomas («vengo porque me pasa ésto, o tengo tal molestia o achaque»), luego se añadió la interpretación de la patología y el tratamiento, gracias al pluriespecialista Dr. Google («vengo para que me pongan ésto, porque tengo tal patología y me produce tal síntoma»). Para algunos el círculo se cerrará cuando patenten el dispensador de medicación por USB.

Existe una demanda de atención nimia, intrascendente y especialmente insolente cuando se produce a horas intempestivas de la madrugada, como las consultas por rozaduras de zapatos después de varias horas de marcha y baile nocturno, espinillas que molestan, picaduras de mosquito, rojeces por haber estado tomando un rato el sol o por haberse depilado las axilas, sabañones por frío, llagas en la boca, erupciones, detecciones de lunares, padrastros por morderse las uñas, arañazos en piernas o brazos que acuden tras varios días, agujetas tras hacer ejercicio intenso, caída de pestañas, etc.

Curiosamente, a este tipo de consultas inadecuadas en las urgencias hospitalarias se le suele sumar una actitud de incomprensión hacia el sistema de triage para priorizar a los enfermos graves. Es demasiado frecuente la protesta, la amenaza de reclamación al profesional de turno o las expresiones de desprecio hacia el sistema sanitario cuando comprueban cómo patologías que sí son urgentes pasan antes a ser atendidos. A algunos es muy difícil sacarles de la cabeza el modelo «orden de llegada» del comercio tradicional.

Es muy común en la consulta de madrugada el motivo de insomnio, pero no es infrecuente la causa disparatada, como acudir a la urgencia debido a insomnio por desamor, por calor en verano en noches de terral, picor de escroto, rojez en genitales tras varias horas de fornicación, acudir también por insomnio tras haber estado cuatro horas de siesta ese mismo día, o referir dormir mucho en los últimos meses.


Otro uso indebido frecuente de una urgencia hospitalaria es la demanda injustificadamente interesada, desde elegir el hospital por la ventaja de encontrar aparcamiento fácilmente («en Carlos Haya no hay sitio para aparcar»), la realización de técnicas propias de atención primaria, como retirada de puntos de sutura o curas de heridas, por ser incómodo el horario del centro de salud (o directamente por no haber ido). La reposición de glucómetros o extractores de lentillas porque se han estropeado o perdido.

Otro motivo conocido en nuestro entorno es el conocido «cuponazo cervical» que consiste en la solicitud de asistencia por accidentes sin lesiones, pero que posteriormente se reclaman al seguro del automóvil para obtener contrapartidas económicas, es muy común el latigazo cervical, presente en las urgencias casi a diario, una ocasión llegó una familia de 16 componentes, que iban todos en una furgoneta de sólo 9 plazas, absolutamente a todos les dolía el cuello y tenían mareos. Afortunadamente (o no) el propio exceso de picaresca ha hecho que se reforme la ley de valoración de daños por accidentes de tráfico en 2016 y ha endurecido estas indemnizaciones. Es innegable que ha reducido las alegaciones de este tipo.

En el sentido contrario, es necesario mencionar una capacidad sanadora mayor al Nolotil® o al Paracetamol® que tienen algunos eventos de entretenimiento de masas, como un buen partido de Champions League, una cabagalta de Reyes, procesiones de Semana Santa, la inauguración del alumbrado navideño o un simple chaparrón, que son capaces de dejar desiertas -al menos por algunas horas- las urgencias hospitalarias de pacientes con achaques banales.


Es también frecuente la consulta de tipo sexual por desconocimiento o miedo. Solicitudes de test de embarazo inmediatamente después del coito, detecciones de enfermedades venereas o petición de antivirales tras «irse de putas» y no usar métodos barrera. Inflamaciones de los genitales después de un uso exacerbado, objetos variados de juego sexual que erosionan las mucosas genitales y otros que una vez introducidos no salen, como botellas, velas, pepinos, calabacines, desodorantes (esto sí que constituye a veces motivo de urgencia y no es raro acabar en un quirófano) y un largo etcétera de demandas de tipo sexual propias de una consulta de primaria y no una urgencia hospitalaria.

Hay que recordar la demanda por intoxicaciones, sobre todo los fines de semana, se ha convertido en habitual el acudir a un servicio de urgencias por una mera borrachera, con la pretensión de que se solucione rápidamente; «para que le pongan las vitaminas y no se entere su padre...». Es también tristemente común la demanda de asistencia por «palpitaciones» tras una intoxicación aguda de cocaína (a veces más de dos días seguidos).

Finalmente recordar algún que otro caso a destacar por su rareza; acudir refiriendo que se te ha parado medio corazón, acudir a las 4 AM tras un golpe en el brazo que tuvo cuatro años atrás, o una chica que acude una nochevieja con serpetina de cotillón «que se le había pegado en la frente y no era capaz de despegar», un abuelo con la dentadura postiza despegada, porque «tenía una comunión y no podía comer», acudir con dolor de espalda tras recibir un abrazo, por un bulto al final del esternón (apófisis xifoides), corte en el dedo con un folio, otro que refería que le olían muy mal los pedos, otra que refería que le rozaban mucho las piernas al andar y quería operarse, otro que acudía «para hablar con alguien», y muchas más situaciones disparatadas que sólo con ser anotadas y recordadas darían no para un artículo, sino para una auténtica enciclopedia del absurdo de la demanda sanitaria.

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