"Saber escuchar es tan importante como aprender a hablar. Hacemos mucho hincapié en lo segundo, pero desdeñamos lo primero"

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

18/06/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com nos habla sobre saber escuchar: “Si aprendiéramos a escuchar, las trincheras ideológicas no lo serían tanto, tenderíamos pasarelas para tratar de acercarnos o, al menos, para tolerarnos. El smog de la algarabía...

...política, el encarnizamiento partidista al que estamos asistiendo tras la moción de censura contra el gobierno de Rajoy y la pérdida de las elecciones por el PP, se va propagando y puede acabar por contaminarnos a todos”.

Escuchar

Miro el Mediterráneo con el entrecejo interrogador de todos los días. Es el mismo, pero siempre diferente. Millones de personas ven el mismo mar que, por ejemplo, cantó y contó el Virgilio de La Eneida o el Homero de La Odisea, pero no estoy tan seguro de que lo miren de la misma manera. Hay mañanas en que la vista se estira sin que nada la detenga y puede uno navegar y pescar en los caladeros de la memoria, sacar la nariz por encima de la bulla noticiera y hacer oídos sordos a los bulos, camelos, manipulaciones virales y cócteles sociales de estupidez y cinismo. Bien mirado, el mar aconseja callarse y, desde luego, escuchar, porque no es lo mismo oír que escuchar ni mirar que ver.

Saber escuchar es tan importante como aprender a hablar. Hacemos mucho hincapié en lo segundo, pero desdeñamos lo primero. Llevo algunos años observando que uno de los grandes déficits de la convivencia entre los españoles radica en la antiescucha diaria, alimentada, entre otras cosas, por el guirigay televisivo o radiofónico y, en su estela, por el de la calle (El daño, nada casual, emitido desde demasiadas pantallas, micrófonos y páginas no está tanto en su contenido como en el continente, o sea, en la algarabía montada por unos bronquistas profesionales y bienpagados. Cuando he tratado de curiosear, por ejemplo, en esos programas del corazón de melón o del bajo vientre, no me asusta lo que dicen, sino cómo lo dicen). Por candente que sea un asunto político, cuando trato de verlo, oírlo o escucharlo en la televisión, desconecto, neuronal y, por supuesto, literalmente.

Si aprendiéramos a escuchar, las trincheras ideológicas no lo serían tanto, tenderíamos pasarelas para tratar de acercarnos o, al menos, para tolerarnos. El smog de la algarabía política, el encarnizamiento partidista al que estamos asistiendo tras la moción de censura contra el gobierno de Rajoy y la pérdida de las elecciones por el PP, se va propagando y puede acabar por contaminarnos a todos. Como contrapartida a demasiadas esferas políticas, empresariales o mediáticas, una buena parte de la sociedad civil española sigue dando ejemplo de tolerancia, como demuestran las más variadas consultas sociológicas.

Poco a poco, el diálogo y el debate, herencias de la cultura griega, se han convertido en portazo dialéctico, palo y tente tieso, en “y tú más”. Se trate del actual gobierno de coalición de izquierdas, del irresuelto federalismo de España, de la desmemoria histórica y de la Historia, da igual, se enciende la mecha guerracivilista. Hace ya mucho tiempo que los amigos y conocidos solo se reúnen en una mesa, si comparten las mismas o similares ideas. De lo contrario, solo se puede hablar de “cosas bonitas…”.

Recuerdo una cena amistosa, hace ahora unas tres décadas, al fresco de una noche de verano. Asistí como espectador –a la postre y a los postres, estupefacto y muy decepcionado- a una de esas escenas que, en cierto modo, radiografían la incomunicación rampante entre dos maneras de ver la sociedad española, génesis de su bipolaridad actual: el enfrentamiento cívico entre dos concepciones de la vida en común.

Quince años después, no me asombra, pero sí me inquieta que lo que publiqué por aquellos días no solo podría reproducirlo y ser de la más rabiosa actualidad (la que me da rabia), sino que incluso aquellas líneas periodísticas podrían estar afinadas, si las comparo con tanta manipulada pachanga por esas calles de la riqueza.

Regreso a aquella chirriante cena. Por aquel entonces, gobernaba España el presidente Zapatero, el coordinador de Izquierda Unida era Gabriel Llamazares y el ministro de Trabajo se apellidaba Caldera. Se vapuleara al gobierno socialista, sobre todo a su presidente y a algunos ministros, al apellido Llamazares o al matrimonio entre homosexuales, o sea, nos ahogáramos en los ríos de tinta de calamar en aquel momento, lo cierto es que las pullas -algunas, aplaudidas por buena parte de los comensales, espectadores y expectantes- rebotaban contra los argumentos y espesaban el aire del desencuentro. De haber grabado en su totalidad aquel esperpento dialéctico, estoy seguro de que, sobre todo, uno de los gallos de pelea se sentiría entristecido ante la visión de su propia indelicadeza para consigo mismo y para con los demás. El otro también, pero por haberse dejado atrapar en el barullo. En el principio no fue la palabra, sino el caos. Un banal comentario sobre la grata conversación con un miembro del Gobierno desencadenó una ristra de descalificaciones hacia esa y otras personas elegidas democráticamente. Como una nube negra, se instaló sobre la mesa un permanente encontronazo, un diálogo sordo como una tapia. Algo así como si los interlocutores emitieran en distinta longitud de onda. El diapasón de los contendientes impedía el sosiego. Los que permanecimos casi mudos y tratábamos de aceitar la noche con la ironía balsámica, caíamos una y otra vez por el tobogán de la indiferencia, derrotados por la cacofonía de la reunión.

Mientras se sembraba la cizaña sobre aquel espacio, me iba refugiando en la concha de la inteligencia, del sentido común. Pensaba en lo harto que estoy cuando compruebo el despilfarro del tiempo de la amistad, las ocasiones perdidas para alimentarnos con lo que, de verdad, nos nutre. Comentamos el último telediario o las últimas andanzas de un político hasta apurar las heces del vino. Nos distraen con casi todo, como si en ello nos fuera la vida, damos pábulo a rumores, incluso a calumnias emitidas desde micrófonos y papeles que se han tirado al monte de la cacería ideológica. Hemos llegado a creer que toda esta maraña politiquera forma parte esencial de nuestra convivencia, que en ella y con ella podemos crecer juntos. Desdeñamos hablar tanto de lo íntimo, que nos satisface o nos acongoja, como de lo extimo –neologismo forjado por el novelista Michel Tournier en su Journal extime (2002)-, diario de lo que vemos y sentimos al abrir las ventanas y asomarnos al espejo de nuestra vida. Nos parece aburrido, incluso poco serio y hasta anacrónico, dialogar sobre los asuntos relevantes de nuestra existencia, sobre lo que hormigona o corroe nuestra personalidad, sobre los placeres que nos enriquecen o sobre las desgracias que nos debilitan. Cuando conversamos –no cuando hablamos por hablar-, por ejemplo, del vino o de la comida o de una obra de arte o del amor o de la muerte o de la amistad o de la soledad, es decir, de todo aquello que nos es consustancial, nunca sacamos las pistolas de la discordia. Discrepamos, claro, pero sobre un mantel de seda. En cambio, si nos rocían con la espuma política, acabamos empapados por la lluvia ácida de la inquina. En todo caso, no hay mal que por bien no viniera posteriormente. A partir de entonces, solo acepto sentarme a la mesa de la concordia con quienes, por sensibilidad, inteligencia y sensatez, son capaces de allanar los caminos del entendimiento.

Puede leer aquí anteriores entregas de Antonio Álvarez de la Rosa:
- 08/06/20 Cantos de sirena
- 21/05/20 Darse o no darse cuenta
- 07/05/20 La memoria de un maestro
- 23/04/20 Un virus trilateral
- 26/03/20 Retroevolución
- 12/03/20 Callejeando por los diccionarios
- 27/02/20 Vivir y morir en paz
- 24/02/20 Jean Daniel: la exigencia moral

- 13/02/20 La política de la mentira
- 30/01/20 Camus está donde siempre
- 16/01/20 Proust: la memoria de la novela