La posibilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

02/07/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com nos habla sobre la estupidez humana: “Flaubert había previsto incluir ambos catálogos de necedades en Bouvard y Pécuchet, su última, inacabada e inacabable obra, una especie de Enciclopedia de...

...la estupidez, quizá una visión anticipada del manto de mediocridad en que está envuelta la cultura de masas, la fuerza histórica de nuestra memez, la demostración de que, por más que se difunda el saber, no nos garantizamos un mundo mejor, colectivamente hablando”.

Microantología de nuestra estupidez

Mucho antes que Einstein, en 1880 escribía Flaubert que “la Tierra tiene límites, pero que la estupidez humana es infinita”. Como lector insaciable y, como zahorí de la sandez, dedicó toda una vida a detectar en libros, periódicos y hasta en anuncios de publicidad, las muestras de las tonterías, lugares comunes o supercherías que escribían sus contemporáneos y, asimismo, los de épocas anteriores. Por cierto, leídas y meditadas hoy, la gran mayoría sigue estando de actualidad. Todo ese inventario lo fue recogiendo tanto en Le Sottisier (El Estupidiario) como en Le Dictionnaire des idées reçues (Diccionario de tópicos). Flaubert había previsto incluir ambos catálogos de necedades en Bouvard y Pécuchet, su última, inacabada e inacabable obra, una especie de Enciclopedia de la estupidez, quizá una visión anticipada del manto de mediocridad en que está envuelta la cultura de masas, la fuerza histórica de nuestra memez, la demostración de que, por más que se difunda el saber, no nos garantizamos un mundo mejor, colectivamente hablando. Entre el tonelaje de sus observaciones sobre nuestra imbecilidad de siempre, subrayo ahora su indignación cuando descubrió un antecedente de los grafitos modernos, esas inscripciones hechas a mano en muros históricos, en monumentos artísticos o en árboles centenarios. Justo en mitad del siglo XIX, hizo un gran viaje por el Oriente Próximo. Cuando paseaba a orillas del Nilo, en las cercanías de Karnak, su mirada se quedó petrificada al comprobar que unos cretinos, paisanos suyos de Ruán, habían dejado estampados sus nombres en las paredes de un templo. Además de estos residuos de viajeros contemporáneos, Flaubert consignó nombres y apellidos de soldados franceses y la fecha de 1799, también estampados en los milenarios muros. En una carta cuenta que esos nombres, trazados en la piedra, se encuentran por todas partes con “una constancia de estupidez sublime”. Y añade: “Algunos, a juzgar por la profundidad de las muescas, han debido necesitar unos tres días de trabajo para ser grabados”. Faltaba más de un siglo para que el turismo masivo se enseñoreara de todo el orbe o, al menos, de aquellos lugares a los que puede llegar en autobús. Desde que el homo tourist empezó a hollar los lugares más sagrados de la cultura universal, la pulsión de su imbecilidad le arrastra inexorablemente a dejar huella de su paso, indeleble en muchas ocasiones. Turistas somos todos en cuanto metemos en las maletas el neceser de los tópicos, la lista de conceptos estereotipados que nos cierran los ojos de la mente y se limitan a mirar y no ver. El que tenga mirada de viajero ha visto alguna vez, por ejemplo, un corazón atravesado por la flecha del amor y los nombres de los enamorados o hasta los apellidos de quienes se han apostado en un mirador para contemplar la belleza de una montaña española, alpina o china, porque ningún lugar está a salvo de tamaña bobería. O de esta otra que recuerdo ahora: la indignación de una turista española, enjoyada y supongo que rica, cuando el maître de un hotel de lujo de Bangkok le dijo, hace cincuenta años, que no le podían hacer una tortilla de patatas…

También recordé la indignación del novelista francés cuando, hace años, leí que el Odeón, el gran teatro de Atenas, construido allá por el año 161 junto a la Acrópolis y una de las grandes atracciones turísticas de la ciudad, tuvo que cerrar las puertas. No por las reformas y mantenimientos debidos a su antiquísima vida, sino porque tuvieron que retirar de sus piedras la nada inflada cantidad de 27 kilos de chicle que, tras ser debidamente masticados, el irrespetable público iba pegando en los mármoles que encontraba a su paso. La goma de mascar, ahora que lo pienso, puede revelar uno de los rostros de la mentecatez, nuestra condición de rumiantes bovinos. Hace unos pocos años, por cierto, se subastó a través de Internet una colección de chicles –más de dos docenas- debidamente masticados por Britney Spears, la cantante norteamericana que, según decían, era la chica más sexy del pop, además de “escritora”. Pedían por ellos la bagatela de 14.000 dólares. Eso sí, la venta iba acompañada de una colección de fotografías e incluso sugerían que se les hiciera la prueba del ADN para demostrar la autenticidad del producto. Quien ponía el dedo en la llaga de toda esta gansada era el responsable de la página de Internet. Para protegerse contra la posible falsedad de la mercancía, declaraba: “Mientras no viole nuestros reglamentos, es un asunto entre vendedor y comprador”.

A su vez y en esta especie de antología de la cretinez colectiva que llevamos adherida a nuestro comportamiento de bípedos, tras la lectura de la carta de Flaubert me vino a la memoria lo que cuenta Curzio Malaparte en La Piel, magnífica novela publicada en 1949, versión literaria de sus experiencias como oficial de enlace del ejército italiano con los aliados que liberaron Nápoles durante la II Guerra mundial. Una novela, dicho sea de paso, en la que la corrupción se instala tanto en vencidos como en vencedores. En esa atmósfera de degradación bélica, cuando los soldados norteamericanos, al mando del general Cork, hacían su entrada en Roma, hubo que detener la caravana para que los marines de la época cubrieran de firmas la estatua del luchador donde se alza la tumba del Atleta, cerca de Capo di Bove.

No me canso de recomendar, por último, Allegro ma non troppo, un libro de Carlo M. Cipolla, mezcla de sabiduría y de humor, que deberíamos tener en la mesilla de noche de nuestro andar diario. A Flaubert le hubiera encantado, desde luego, porque en él está la síntesis de las leyes fundamentales sobre la estupidez humana. En esta ocasión me fijo, sobre todo, en la 2ª: “la posibilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”, al margen de cuál sea su nivel cultural, ya se trate de analfabetos o de premios Nobel. Condición que lleva aparejada, como señala el propio Cipolla, una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana. Quizá porque como Flaubert le escribió a Louise Colet el 13 de agosto de 1846: “Ser estúpido, egoísta y gozar de buena salud son las tres condiciones requeridas para ser feliz. Pero si no se da la primera, todo está perdido.”

Puede leer aquí anteriores entregas de Antonio Álvarez de la Rosa:
- 18/06/20 Escuchar
- 08/06/20 Cantos de sirena
- 21/05/20 Darse o no darse cuenta
- 07/05/20 La memoria de un maestro
- 23/04/20 Un virus trilateral
- 26/03/20 Retroevolución
- 12/03/20 Callejeando por los diccionarios
- 27/02/20 Vivir y morir en paz
- 24/02/20 Jean Daniel: la exigencia moral

- 13/02/20 La política de la mentira
- 30/01/20 Camus está donde siempre
- 16/01/20 Proust: la memoria de la novela