Cada lector es un mundo de lecturas, vive lo que lee y, sobre todo, lo que ha leído. Al leer, siendo o no conscientes, escuchamos los ecos de los ecos de nuestras lecturas anteriores

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

29/09/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com nos habla sobre el libro de Martín Arán El orden alfabético de las almas: “De reptiles y, en concreto de víboras, apenas sé nada, al menos de las que forman parte de la fauna animal. Sin embargo, el azar y...

...la necesidad han conseguido que deguste el veneno ponzoñoso de una víbora literaria a partir de cuyos efectos he conocido mejor parte de la ciudad de Málaga, además de una ¿novela? de poderosa escritura”.

Lo cierto es que ignoraba

De reptiles y, en concreto de víboras, apenas sé nada, al menos de las que forman parte de la fauna animal. Sin embargo, el azar y la necesidad han conseguido que deguste el veneno ponzoñoso de una víbora literaria a partir de cuyos efectos he conocido mejor parte de la ciudad de Málaga, además de una ¿novela? de poderosa escritura. ¿Cómo resistir a la invitación de un texto que casi comienza así?: “Lo cierto es que ignoraba que hubiera víboras en los parques. Verdad es que, dentro de las murallas de la ciudad, a más de una conocía: en los mundos de los taxistas y de los arquitectos, de los policías y de los escritores, de los médicos y de los cocineros, de los inspectores de hacienda y de los concejales... En fin, de los vainas, de los ladrones y de entre todos esos individuos que componen el granel diferenciado de la fauna ciudadana”.

Me ahorro el perdón por un párrafo tan largo porque, en el fondo, lo que me gustaría es soltar muchas citas/carnadas similares, a modo de invitación a la lectura de El orden alfabético de las almas, de Martín Arán (EDA Libros, 2020). Como docente y como ciudadano, llevo muchos años creyendo con firmeza que la literatura no se enseña, a la literatura hay que invitarla. Para vender un móvil de 1400€ solo hace falta, en el mejor de los casos, que alguien te resuma el manual de instrucciones. En cambio, para recomendar un libro –valga dos o cueste treinta euros- es necesario inocular en otra persona el goce, la emoción, la inquietud, el desasosiego, la claridad y precisión que solo se pueden transmitir desde la palabra precisa y mediante una escritura atrevida. Por ejemplo, cuando la página 192 nos susurra en el oído lector la resonancia del final del capítulo 1º de A la búsqueda del tiempo perdido, o sea, en el instante en que la memoria involuntaria de Proust condensa “en su impalpable gotita el edificio inmenso del recuerdo”. En la novela de Martín Arán, anda el narrador tratando de atrapar en su memoria la añoranza de una mujer, “la ficción de un futuro huero como el resplandor cambiante de los sueños”. Justo cuando el lector cree que, por fin, va a hacerse real, a corporeizarse Émilie Dufour en una cafetería de la capital malagueña, el protagonista nos previene: “Supo que aquellas emociones ocuparían lugares de privilegio en sus recuerdos; aun después de haber llegado de manera intempestiva, tarde seguramente a su memoria, ocupada por perfumes viejos y evocaciones antiguas que la obstinación del tiempo había ido convirtiendo en sentimientos que se mantendrían adheridos a su alma hasta el último minuto como la huella imperecedera que hace que cada cual arrastre la celda que alguna vez le fabricó el destino, o que él mismo urdió cuando el panal de su memoria era todavía un territorio vacío”.

El narrador, que trata de poner orden en medio de nuestro desorden existencial, es el primero que duda, el primero en lanzar una llamada de socorro desde la balsa del náufrago en la que navega todo creador que se tenga por tal: “En esto, que es probablemente una novela…”, confiesa. Por su parte, cada lector es un mundo de lecturas, vive lo que lee y, sobre todo, lo que ha leído. Al leer, siendo o no conscientes, escuchamos los ecos de los ecos de nuestras lecturas anteriores. Como en otras muchas cosas, las raíces –en este caso, las lectoras- se siguen alimentando de aquello que leímos cuando, de verdad, nos zafamos de tutelas varias, como la familiar o la escolar. Por eso, hay lectores inconformistas, aventureros dispuestos a meterse en selvas literarias con senderos poco claros y sin más guía que la curiosidad del explorador. ¿También por masoquismo intelectual? No lo creo, salvo que uno lleve en la cartera el carnet de pedante intelectual. Los hay que se conforman con lo que han formado y tan ricamente, porque no hay lectores buenos y malos. Cada uno, en todo caso, es bueno para sí.

En el caso de El orden alfabético de las almas –espléndido título, dicho sea de paso-, si el lector está dispuesto a descubrir parcelas desconocidas de sí mismo y de su entorno social, no puede mirar para otro lado cuando el narrador –no confundir, por cierto, con la persona múltiple del protagonista- le atrapa por el cogote de la realidad y de la ficción, que también es real, y le espeta que “la vida no es más que una cárcel de palabras inventadas”.

En el proceso de mi lectura de El orden alfabético de las almas he escuchado también la voz de un novelista que cambió nuestra forma de ver la realidad, legado de los grandes creadores, de los que siguen vivos muchísimos años después de desaparecer. Flaubert, el bicentenario de cuyo nacimiento celebraremos en 2021, me acompaña desde hace medio siglo y, pasito a pasito, carta a carta, he podido comprobar cómo se deslomó tratando de convencernos de que sin forma no hay fondo que valga, de que solo hay ideas si el lenguaje las precisa, de que un argumento interesante se convierte en un bodrio narrativo, si se cuenta mal. En cuanto me zambullí en esta novela de Martín Arán, me di cuenta de la precisión en las palabras, de la búsqueda de la expresión ajustada, de la riqueza e ironía de sus digresiones (En el Diccionario de la Academia de la Lengua, digresión es “acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir en él cosas que no tengan relación directa con el asunto principal”). Por cierto, las digresiones, tanto en la oralidad como en la escritura, aportan una gran riqueza a lo contado… si están controladas y no acaban perdiendo al interlocutor o al lector que acaba no sabiendo ni de dónde venía ni a dónde va. En esta novela, las digresiones no solo están bajo control, sino que aportan mucho alimento musical, literario, pictórico o cinematográfico. Recuerdo, por ejemplo, el latido de la escritura en cuanto empieza a hacer efecto el veneno de la víbora en el brazo del narrador, una especie de ola que acuna y transporta, un ritmo que me dejaba prendido/prendado: “Fugazmente, ante la presencia abstraída de Émilie, cruzaron mi pensamiento La raya verde, La maja (vestida todavía) y varios autorretratos de Berthe Morisot; las imágenes veladas de algunas mujeres sufrientes, que me consta que las hay, a las que, desde el otro lado de la calle, ve cada una de las almas de una manera distinta; como briznas desamparadas en este cosmos mínimo e inconmensurable, en este mundo grande o pequeño en el que progresa o decae lo físico y lo moral, en este valle, norte de desnortados, guía de perdidos, que se expande y se contrae bajo la dictadura del amor y el desamor”.

En buena medida, Martín Arán ha conseguido la gran ilusión novelística de Flaubert, tal y como se la espeta a Louise Colet en una carta unos cinco años antes de publicar Madame Bovary, es decir, cuando estaba a punto de empezar a escribirla: “Lo que me parece hermoso, lo que querría hacer es un libro sobre nada (un libro sin atadura exterior) que se mantendría a sí mismo por la fuerza interna de su estilo”. Así he sentido, a lo largo de casi toda la novela, ese viaje tan real como la irrealidad misma, sostenido, además, por las finas láminas de hierro de la ironía, sustento que le permite al narrador enseñar las diferentes caras de la moneda humana: “Sobre el magma de los recuerdos impensados, a lomos de la memoria inventada, levantamos las columnas de la vida y construimos el futuro pretendido. Piedra sobre piedra, amor sobre amor perdido, desgarro sobre desgarro, edificamos un tiempo que no existe, años colmados de dudas que aún están por venir, en el próximo minuto o en la década venidera; pero nada importa, tanto si viene como si no, vendrá la temporalidad para ir acabando con todo”.

Como epílogo, aplausos para una editorial valiente, arriesgada, porque casi solo las pequeñas, es decir, aquellas en las que se leen de verdad los originales, se atreven en España a publicar una obra como El orden alfabético de las almas.

Puede leer aquí anteriores entregas de Antonio Álvarez de la Rosa:
- 15/09/20 Los viejos al fresco
- 02/07/20 Microantología de nuestra estupidez
- 18/06/20 Escuchar
- 08/06/20 Cantos de sirena
- 21/05/20 Darse o no darse cuenta
- 07/05/20 La memoria de un maestro
- 23/04/20 Un virus trilateral
- 26/03/20 Retroevolución
- 12/03/20 Callejeando por los diccionarios
- 27/02/20 Vivir y morir en paz
- 24/02/20 Jean Daniel: la exigencia moral

- 13/02/20 La política de la mentira
- 30/01/20 Camus está donde siempre
- 16/01/20 Proust: la memoria de la novela