Desde 1957, año de la publicación de Tanguy, la primera y quizá su más conocida novela, Michel del Castillo no ha dejado de levantar, paciente y obstinadamente, una pirámide autobiográfica

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

13/10/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com nos habla sobre el libro Andalousie de Michel del Castillo: Andalucía no es, insisto, una guía para turistas robóticos que se mueven por el tópico como pez en el agua. Es un libro para quien esté...

...dispuesto a convertir el viaje en una comprensión de sí mismo y, además, en el descubrimiento de la memoria de España. Sin el conocimiento histórico, paisajístico, patrimonial y social de una Andalucía, tan ancha y tan secularmente ajena, no es posible conocernos como país”.

Andalucía: viaje por la memoria de España

Treinta años hace que una editorial francesa tan prestigiosa como Seuil publicó Andalousie, una obra de Michel del Castillo que, a primera vista, solo parece un libro más de viaje por Andalucía. Veinte años ha costado que se editara en España (Editorial Renacimiento, 2020. Traducción del arriba firmante). Tres décadas de misterio literario y cultural, porque no lograba entender tanto desdén y consiguiente silencio desde editoriales que ni siquiera acusaban recibo de mi propuesta y, sobre todo, de una que ni siquiera se atrevió a publicarla gratis et amore.

El conocimiento de nuestra historia, que Del Castillo ha demostrado en muchas novelas y ensayos, su fama en Francia y el aval de novelistas españoles, como Vázquez Montalbán o Muñoz Molina, críticos como Joan de Sagarra o periodistas como Ignacio Ramonet, han servido de muy poco. Quizá, como dejó escrito el primero, porque “una constante relación de amor y rechazo ha guiado su mirada hacia la España en la que nació y en la que sufrió, relación que ha resuelto sintiéndose inevitablemente solidario con los españoles peatones de la historia y receloso de por vida con los que tratan de hacer la historia. Tal vez ese recelo se le note demasiado y haya sido la causa de que ni nuestras editoriales ni nuestras instituciones hayan hecho demasiado esfuerzo en repatriarle, aunque sólo sea literariamente, porque Castillo pertenece ya a la patria sin fronteras de la escritura aplicada a encontrarle un sentido moral a la historia”.


Digamos, para consolarnos, que bien está lo que bien acaba. Su Andalucía me deslumbró desde un primer momento y ahora, cuando llevo unos pocos años viviendo en ella, alumbra aún más mi conocimiento de esta tierra plural y singular. Entre otras razones, porque entre esas páginas descubrí que, durante el bachillerato del franquismo, a miles y miles de estudiantes nos amputaron una parte esencial de la historia de España. En su etapa de estudiante en Úbeda, oasis salvador en su juventud, Michel del Castillo capta enseguida el desfase entre lo que ve y lo que le contaban los libros de la Historia oficial del Régimen: “El espacio concedido en nuestros manuales a la colonización romana debería de habernos puesto con la mosca detrás de la oreja. Los elogios dedicados a los vencedores tiraban por tierra el postulado sobre el que descansaba todo el edificio. Si, desde la eternidad, el español se reconocía por su rechazo al servilismo, ¿por qué ese ingenuo orgullo de alabar la obra de Roma, calificada de civilizadora? Teníamos que admitir que existían buenos y malos colonizadores y estaba claro que los romanos formaban parte de los primeros. Lo difícil era cómo distinguirlos. Por supuesto, estaba el hecho de que los romanos hablaban latín, lengua en la que nuestro Santo Padre, el papa Pío XII, redactaba sus magníficas encíclicas y el hecho también de que Roma seguía siendo la capital del catolicismo. De esa forma, el maravilloso tapiz revelaba su trama secreta: más que celebrar la España eterna, magnificaba la España católica y romana. (…) Tras lo cual, Andalucía dejaba de existir. Ni una palabra. Un blanco. Un vacío”.

Andalucía no es, insisto, una guía para turistas robóticos que se mueven por el tópico como pez en el agua. Es un libro para quien esté dispuesto a convertir el viaje en una comprensión de sí mismo y, además, en el descubrimiento de la memoria de España. Sin el conocimiento histórico, paisajístico, patrimonial y social de una Andalucía, tan ancha y tan secularmente ajena, no es posible conocernos como país.

Hace ya bastantes años, cuando andaba traduciendo una novela de Michel del Castillo y mis afanes académicos estaban dedicados a la autobiografía literaria, el novelista me invitó a pasar un par de días en su casa del Gers, en el suroeste de Francia. No había publicado aún su Diccionario amoroso de España -obra que sigue en busca de editor español- y, por supuesto, la conversación hasta las tantas de la noche incluyó un diálogo sobre este país que conoce muy bien, que le duele y al que quiere, en una mezcla nada contradictoria. Delante de una chimenea decimonónica, al calor de un fuego y de una copa de armañac muy hospitalarios, le pregunté, más o menos a bocajarro, cuál era la España que él prefería. La verdad es que apenas retrasó la respuesta que resumo y que tan actual es, refrescada ahora por Mientras dure la guerra, la película de Amenábar: “En esencia la veo concentrada en aquel momento en que un hombre viejo, gastado por la enfermedad, envuelto en su toga académica, aúna todas sus últimas fuerzas para gritar, frente a un tropel de bárbaros desatados, su horror ante la violencia salvaje que se había desencadenado con la guerra civil, para proclamar su fe en la inteligencia, pero no en una inteligencia abstracta, ornamental, sino vivida, asumida. Me refiero a ese momento en que, en medio de los asesinatos, una conciencia solitaria se atreve a decir con la calma de quien mira por encima de los acontecimientos: ¡No! Esa es la España que más quiero, es decir, la que defendía Unamuno”.

Desde 1957, año de la publicación de Tanguy, la primera y quizá su más conocida novela, Michel del Castillo no ha dejado de levantar, paciente y obstinadamente, una pirámide autobiográfica. Las piedras de esa obra están hechas con el material de la escritura, unidas con el cemento de su infancia y adolescencia cuarteadas. En todos sus libros está esa raíz española de quien nació y vivió sus primeros años en la isla asediada del Madrid de 1936, del niño que, entre el ruido de la guerra, ya empezó a sentir que el español era la lengua de la violencia y del odio, mientras que el francés representaba la paz, la libertad, la literatura, los cuentos de Perrault en los que su madre le inició, historias que amortiguaban el ruido de la carnicería civil. Necesidad absoluta de la lectura que comprobaremos en otros libros, mascarilla para no asfixiarse en la irrespirable atmósfera de su niñez y de su adolescencia. En Mi hermano el idiota (1995), una suerte de fraternidad literaria y existencial con Dostoievski, Michel del Castillo lo dice con claridad: “Nunca leíamos para huir: leíamos para respirar”.

Su mapa autobiográfico ha ido revelando la ubicación de sus fantasmas personales. Los lectores hemos podido recomponer la topografía de una existencia a partir de zonas de sombra, de trozos de vida y pedazos de muertes. La infancia madrileña y la adolescencia errante, primero por Francia y luego por la Alemania en guerra, la vuelta a la España negra de la dictadura, su estancia feliz en el colegio de jesuitas de Úbeda y la pesadilla de su encierro en el Asilo Durán de Barcelona, institución regida por hermanos religiosos obligados por un voto menor, llenan las alforjas de su memoria. Trenza la orfandad, el odio, el desvelamiento de lo que antaño supo sin haberlo llegado a saber, porque como escribió Faulkner en Luz de agosto, “la memoria cree antes de que el conocimiento recuerde”. No se trata de la recomposición, sino más bien de la creación de una vida, de darle sentido a lo que no lo tenía. “Solo intentaba componer, con fragmentos de una biografía caótica y fragmentada, un relato tolerable. Por no haber tenido una vida, se creaba una”, escribió el novelista de sí mismo en el prólogo a la reedición de Tanguy en 1995.

Inspirada en un conocimiento íntimo, sostenida por un vasto saber, esmaltada de recuerdos personales, esta biografía de una región es también su autobiografía. En Andalucía, cuyos lunares son Sevilla, Granada, Córdoba, Ronda y tantas otras ciudades, a menudo descritas con ternura y, a veces, con ferocidad, Michel del Castillo cuenta los atractivos y los defectos que son su esencia. De esa encrucijada de civilizaciones católica, judía y musulmana, traza el pasado de armoniosa coexistencia cultural y religiosa, los desgarros de la Inquisición y del franquismo. Sobre todo, nos muestra cómo Andalucía ha sabido siempre transformar sus dichas y desdichas, las fases de su arte multicultural, la intensidad de sus paisajes en un principio vital, el estilo, que se traduce constantemente en un gesto, una mirada, una forma de moverse, un ritmo, originales en cada ciudad y, sin embargo, propios de toda Andalucía. Esa facultad es la que engendró la corrida, el flamenco, el cante jondo, el duende, frutos de una Andalucía que se transforma, pero nunca se traiciona.

El lector de esta mezcla de un viaje por la propia vida del autor, por la diversidad de las tierras andaluzas y por el fondo de la historia de España, notará de inmediato la fascinación de Michel del Castillo, el sueño, la realidad y la nostalgia que desprenden párrafos como este: “Cuando reúno esos elementos, aparece una imagen: una patria perdida, una fortuna desvanecida, una ciudad tan fabulosa como el Bagdad de mis cuentos, insidiosa nostalgia, nutrida de las privaciones y angustias de una guerra enigmática, turbia sensualidad, asociada a la sangre y a la muerte. ¿No basta todo esto para explicar que, para mí, incluso antes de haberla visto, Andalucía fue una carencia?”.

Puede leer aquí anteriores entregas de Antonio Álvarez de la Rosa:
- 29/09/20 Lo cierto es que ignoraba
- 15/09/20 Los viejos al fresco
- 02/07/20 Microantología de nuestra estupidez
- 18/06/20 Escuchar
- 08/06/20 Cantos de sirena
- 21/05/20 Darse o no darse cuenta
- 07/05/20 La memoria de un maestro
- 23/04/20 Un virus trilateral
- 26/03/20 Retroevolución
- 12/03/20 Callejeando por los diccionarios
- 27/02/20 Vivir y morir en paz
- 24/02/20 Jean Daniel: la exigencia moral

- 13/02/20 La política de la mentira
- 30/01/20 Camus está donde siempre
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