A Samuel Paty le mataron porque los islamistas quieren nuestro futuro y saben que nunca lo tendrán mientras haya héroes tranquilos como él. Ellos apartan a los fieles de los no creyentes

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

27/10/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el discurso de Emmanuel Macron, presidente de la república de Francia, en el funeral de Samuel Paty: “Profesor de Historia y de Geografía en un Instituto de Francia, fue asesinado...

...el pasado 16 de octubre por haber defendido la libertad de expresión. Cinco días después, su país le rindió un homenaje en el patio de honor de la vieja universidad de la Sorbona, en el corazón de la historia de París y de Europa, entre las estatuas de Victor Hugo y de Louis Pasteur”.

Sin profesores no hay ciudadanía

Notas para enmarcar el discurso de Emmanuel Macron:

1ª) Pacifista y antinacionalista, Jean Jaurès (1859-1914) fue un político francés, asesinado tres días después del estampido de la Primea Guerra Mundial. Así comienza la carta que dirigió el 15 de enero de 1888 a los maestros franceses, en defensa de la enseñanza pública: “Tenéis en vuestras manos la inteligencia y el alma de los niños; sois responsables de la patria”.

2ª) El filósofo Ferdinand Buisson (1841-1932) fue presidente de la Liga de los Derechos Humanos, Premio Nobel de la Paz en 1927, creador del término “laicidad” y defensor de una enseñanza laica y gratuita.

3ª) El 19 de noviembre de 1957, tras recibir el premio Nobel de Literatura, Albert Camus escribió una carta a Louis Germain, su maestro: (…) “Sin usted, sin esa mano afectuosa que le tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, nada de todo esto hubiera sucedido”.

4ª) Samuel Paty, profesor de Historia y de Geografía en un Instituto de Francia, fue asesinado el pasado 16 de octubre por haber defendido la libertad de expresión. Cinco días después, su país le rindió un homenaje en el patio de honor de la vieja universidad de la Sorbona, en el corazón de la historia de París y de Europa, entre las estatuas de Victor Hugo y de Louis Pasteur. Emmanuel Macron, emocionado y claramente impactado por la barbarie cometida sobre un profesor, se dirigió, como antiguo alumno de Instituto y como presidente de la República Francesa, a la familia de Samuel Paty.

Este es su discurso:

Señoras y Señores:

Esta noche no emplearé palabras para evocar la lucha contra el islamismo político, radical, que desemboca en el terrorismo. Ya he empleado esas palabras y señalado el mal. Hemos decidido las acciones, las hemos endurecido, las llevaremos hasta el final.

No hablaré esta noche del cortejo de terroristas, de sus cómplices y de todos los cobardes que han cometido y hecho posible este atentado. No hablaré, porque no se lo merecen, de quienes entregaron su nombre a los bárbaros. Esos ni siquiera tienen ya un nombre. Tampoco hablaré esta noche de la indispensable unidad que sienten todas las francesas y todos los franceses. Es inestimable y obliga a todos los responsables a expresarse con precisión y a actuar con exigencia. Basta ya.

Esta noche, quiero hablar de vuestro hijo, quiero hablar de vuestro hermano, de vuestro tío, de alguien que habéis querido, de vuestro padre. Esta noche, quiero hablar de vuestro colega, de vuestro profesor caído porque había elegido instruir, asesinado porque había decidido enseñar a sus alumnos cómo convertirse en ciudadanos. Enseñar los deberes para ejercerlos. Esta noche quiero hablarles de Samuel Paty.


Ante todo, Samuel Paty amaba los libros, el saber. Su piso era una biblioteca. Sus mejores regalos eran libros para aprender. Amaba los libros para transmitir, tanto a sus alumnos como a sus allegados, la pasión del conocimiento, el gusto por la libertad. Tras haber estudiado Historia en Lyon y querer dedicarse a la investigación, emprendió el camino que trazaron ustedes, sus padres, maestra y director de escuela en Moulins, y se convirtió, al hacerse profesor, en “investigador en pedagogía”, como le gustaba definirse. De ahí que no haya mejor lugar que la Sorbona, nuestro lugar del saber universal desde hace más de ocho siglos, el lugar del humanismo, para que la nación pueda rendirle este homenaje.

Samuel Paty amaba con pasión enseñar y lo hizo muy bien en varios colegios y liceos hasta llegar al de Conflans-Saint-Honorine. Todos hemos anclado, en nuestros corazones y en nuestras memorias, el recuerdo de un profesor que cambió el curso de nuestra existencia, el maestro que nos enseñó a leer, a contar, a adquirir confianza. Ese enseñante que no solo nos transmitió un saber, sino que nos abrió camino con un libro, con una mirada y con su consideración.

Samuel Paty era uno de esos profesores que no se olvidan, uno de esos apasionados capaces de dedicar las noches a aprender la historia de las religiones para comprender mejor a sus alumnos y sus creencias. Uno de esos humildes que, miles de veces, se cuestionaban a sí mismos. Por ejemplo, en el caso de ese curso sobre la libertad de expresión que, desde el mes de julio, o sea, el verano pasado, en Moulins y junto a vosotros, preparaba con exigencia y delicadeza.

En el fondo, Samuel Paty encarnaba al profesor con el que soñaba Jaurès en esa carta a los maestros que acaba de ser leída: “la firmeza unida a la ternura”. Aquel que muestra la grandeza del pensamiento, enseña el respeto, revela lo que es la civilización.

Se dedicó a “hacer republicanos”.

Regresan como un eco las palabras de Ferdinand Buisson: “Para hacer un republicano, hay que coger al ser humano, por pequeño y humilde que sea (…), y transmitirle la idea de que ha de pensar por sí mismo, que no debe ni creencia ni obediencia a nadie, que es a él a quien le toca buscar la verdad y no recibirla ya hecha de un maestro, de un director, de un jefe, sea el que sea”. “Hacer republicanos” era el combate de Samuel Paty.

Hoy, esta tarea puede parecer titánica, sobre todo allí donde predominan la violencia, la intimidación y, a veces, la resignación. Por ello, es más esencial y más actual que nunca. Aquí, en Francia, amamos nuestra Nación, su geografía, paisajes e historia, su cultura y sus metamorfosis, su espíritu y su corazón. Y queremos enseñarla a todos nuestros niños.

Aquí, en Francia, amamos el proyecto, a la vez rural y universal, que lleva implícita la República, su orden y sus promesas. Hacer que renazca cada día. Sí, en cada escuela, en cada colegio, en cada liceo, volveremos a dar a los profesores el poder de “hacer republicanos”, el lugar y la autoridad que les es propia. Les formaremos, les guardaremos la consideración que deben tener, les sostendremos, les protegeremos todo lo que sea necesario. Dentro y fuera de la escuela, no tienen cabida entre nosotros las presiones, el abuso de la ignorancia y de la obediencia que algunos quieren instaurar. “Me gustaría que mi vida y mi muerte sirvan para algo”, dijo un día. Una suerte de presentimiento.

¿Por qué mataron, entonces, a Samuel? ¿Por qué? De entrada, el viernes por la noche creí en la locura aleatoria, en el absurdo arbitrario: una víctima más del terrorismo gratuito. A fin de cuentas, no era el objetivo principal de los islamistas, lo único que hacía era enseñar. No era enemigo de la religión que ellos utilizan, había leído el Corán, respetaba a sus alumnos, cualesquiera que fueran sus creencias, se interesaba por la civilización musulmana.

Todo lo contrario. A Samuel Paty le mataron precisamente por eso. Porque encarnaba la República que renace cada día en las aulas, la libertad que se transmite y se perpetua en la escuela.

A Samuel Paty le mataron porque los islamistas quieren nuestro futuro y saben que nunca lo tendrán mientras haya héroes tranquilos como él. Ellos apartan a los fieles de los no creyentes.

Para Samuel Paty solo existían los ciudadanos. Ellos se alimentan de la ignorancia. Él creía en el saber. Ellos cultivan el odio al otro. Él siempre quería ver su rostro, descubrir las riquezas de la alteridad.

Samuel Paty fue víctima de la conspiración funesta de la estupidez, la mentira, la amalgama, el odio al otro, el odio de lo que somos, profunda y existencialmente.

Este viernes, Samuel se convirtió en el rostro de la República, en nuestra voluntad de romper a los terroristas, de acabar con los islamistas, de vivir en nuestro país como una comunidad de ciudadanos libres, en el rostro de nuestra determinación para comprender, enseñar, seguir enseñando, para ser libres, porque continuaremos, profesor.

Defenderemos la libertad como usted la enseñó tan bien y enarbolaremos la laicidad. No renunciaremos a las caricaturas, a los dibujos, incluso si otros retroceden. Ofreceremos todas las posibilidades que la República le debe, sin discriminación alguna, a toda su juventud.

Continuaremos, profesor. Junto a todos los maestros y profesores de Francia, enseñaremos la Historia, sus inicios y vicisitudes. Haremos que descubran la literatura, la música, todas las obras del alma y de la inteligencia. Amaremos con toda nuestra fuerza el debate, los argumentos razonables, las persuasiones amables. Amaremos la ciencia y sus controversias. Como usted, cultivaremos la tolerancia. Como usted, intentaremos comprender sin descanso y seguir comprendiendo lo que quieren alejar de nosotros. Enseñaremos el humor, la distancia. Recordaremos que nuestras libertades solo se basan en acabar con el odio y la violencia, y en el respeto al otro.

Continuaremos, profesor. A lo largo de toda su vida, los centenares de jóvenes a los que usted formó ejercerán ese espíritu crítico que les enseñó. Quizá algunos de ellos se convertirán en profesores. Formarán, entonces, a jóvenes ciudadanos y, a su vez, transmitirán el amor a la República. Harán que comprendan a nuestra nación, nuestros valores, nuestra Europa en una cadena temporal que no se detendrá.

Sí, continuaremos este combate por la libertad y por la razón cuyo rostro encarna usted de ahora en adelante, porque se lo debemos, porque en Francia, profesor, las luces no se apagan nunca. Viva la República. Viva Francia.


Puede leer aquí anteriores artículos de Antonio Álvarez de la Rosa