Tratemos de imitar a novelistas, poetas y demás ensoñadores que no se privan de una forma de felicidad, pasajera, pero nutritiva: el placer de la lentitud, porque la lenta y reposada mirada sobre los seres humanos, sobre la naturaleza y los objetos, es la única forma de penetrar en nuestra quintaesencia

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

10/11/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife, Antonio Álvarez de la Rosa, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el ritmo de vida actual: “Casi todo se lleva a cabo en función de la eficacia y del rendimiento. La ociosidad, la virtud de no hacer nada es sospechosa. Salvo que se esté jubilado,...

...lo puede uno comprobar con la simple experiencia de caminar a paso lento por la ciudad, con la mirada dirigida también hacia lo alto. Se hallará fuera de lugar, porque las calles ya no están para recrearse en ellas, para cruzar miradas, para detectar gestos, para detenerse en la contemplación de un hermoso balcón o de una hermosa cara asomada a una ventana...”.

La nariz del presente

Se habla y con razón de la fauna y la flora en extinción. Desde los efectos del cambio climático a la estupidez que supone matar rinocerontes porque sus cuernos, debidamente rayados, son un afrodisíaco, toda una lista menguante en la fauna y la flora del planeta. De lo que apenas oigo nada es de otra rara avis in terra, que decía Horacio   : los seres humanos que aún pasean, callejean, deambulan y escuchan lo que su entorno urbano les transmite. Sin embargo, mientras no nos encierren en casa, esa actividad me parece un bálsamo en medio de la catástrofe social que nos está dejando noqueados, desbrujulados. Tratemos de imitar a novelistas, poetas y demás ensoñadores que no se privan de una forma de felicidad, pasajera, pero nutritiva: el placer de la lentitud, porque la lenta y reposada mirada sobre los seres humanos, sobre la naturaleza y los objetos, es la única forma de penetrar en nuestra quintaesencia. La era de la velocidad que sufrimos se ha impuesto quizá precisamente para huir del conocimiento profundo de los males que nos afligen y no darnos tiempo para comprender lo que de verdad nos ocurre. Milán Kundera, en su novela La lentitud, lo resumió así, en una ecuación de la matemática de la vida: “el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido”. Presos del puro presente, aquejados de la tortícolis ideológica que nos obliga a mirar sólo a la nariz del presente, contribuimos entre todos a desmemoriarnos, a no saber quiénes fuimos y, por consiguiente, a seguir ignorando lo que somos.

Ha desaparecido tanto esa manera de estar y de ver el mundo que hasta hemos olvidado que existió. Cuando la rememoramos, utilizamos los medios de comunicación más veloces, la radio o la televisión, por ejemplo. Con las herramientas de la eficacia instantánea pretendemos restaurar la duración estancada. Incluso parece un cierto contrasentido alabar la lentitud en las hojas de un periódico, volanderas per se. De ahí que, para poder remansarme en esta reflexión, me haya guarecido de nuevo entre las páginas de un libro –instrumento que, por su propia naturaleza, nos preserva del tiempo circundante– que desgrana con morosidad, con ternura e incluso con melancolía otra forma de deambular por la existencia terrenal. Me refiero a Del buen uso de la lentitud de Pierre Sansot (Tusquets, 1999, Colección ‘Los cinco sentidos’). Es como un electrocardiograma urbano que refleja la taquicardia continua que altera el callejeo y la intimidad doméstica. En nuestro Occidente desarrollado es muy difícil encontrar una sociedad y una ciudad que no parezca un hormiguero. Casi todo se lleva a cabo en función de la eficacia y del rendimiento. La ociosidad, la virtud de no hacer nada es sospechosa. Salvo que se esté jubilado, lo puede uno comprobar con la simple experiencia de caminar a paso lento por la ciudad, con la mirada dirigida también hacia lo alto. Se hallará fuera de lugar, porque las calles ya no están para recrearse en ellas, para cruzar miradas, para detectar gestos, para detenerse en la contemplación de un hermoso balcón o de una hermosa cara asomada a una ventana... Incluso los que pasean con fines sanitarios lo hacen con una finalidad, gestionan su tiempo. Como advierte el propio Sansot al citar a Pascal: “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación”.


Genéticas futuras aparte, los seres humanos no hemos cambiado esencialmente. Seguimos amando y sufriendo, gozando y padeciendo de la misma manera que nuestros antepasados, próximos y remotos. Necesitamos, en el fondo, que nuestros actos duren y que dure lo que nos rodea para no sentirnos perdidos en la vorágine de la enrabietada actualidad. Lo que ocurre es que nos han cambiado el tiempo del tiempo, nos han impuesto un tiempo sin tiempo. Como decía, creo, un proverbio africano, los blancos tenemos relojes, toda clase de relojes, pero no tenemos tiempo. Al deambular por este libro mencionado, vamos recuperando verbos que desaparecen de nuestro diccionario vital: vagar, escuchar, aburrirse, soñar, etcétera, palabras cuya ausencia de nuestra cotidianeidad reflejan lo atropellados que circulamos, el autismo comunitario, el materialismo como objetivo. El aburrimiento íntimo es, en este sentido, el bostezo contra la urgencia vana, el repliegue defensivo frente a la lluvia de balas que nos distraen de nuestro propio ser. No pretendo entonar un canto nostálgico y estéril de un pasado cercano, la imposible recuperación de aquel otro ritmo individual y social. Me parece, no obstante que, entre coles y coles productivas, hay un espacio para la propia lechuga, para verse en el espejo de uno mismo, para preservar la memoria y preguntarse por el quién soy y no sólo por el qué hago. Ni siquiera en las vacaciones, programadas en su mayoría, hay tiempo para hacer lo que a uno le venga en gana, nada, por ejemplo. El virus de la urgencia, la plaga de la productividad nos tiene postrados incluso cuando nada nos acucia. Aunque se supone que la tecnología está concebida para ayudarnos a descansar, para disponer de más tiempo libre, cada vez queremos hacer más cosas al mismo tiempo, trampa neurótica que nos atrapa hasta en los espacios de la libertad íntima.

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