Veinte años han transcurrido desde que publiqué los dos artículos que reproduzco… Al releerlos hoy, he sentido la tristeza de comprobar que, en España, la memoria insumisa y guadianesca del pasado sigue corriendo por y bajo los barrancos de nuestra convivencia

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

19/11/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com comparte dos artículos que publicó hace 20 años, que demuestran que no hemos avanzado mucho en este tiempo: “Las dos décadas democráticas transcurridas debieran haber bastado para,...

...al menos, iniciar la reconstrucción de la memoria de la dictadura franquista, sin revanchismos esterilizantes, pero sí con la sana intención de levantar(nos) el acta histórica de lo que supuso una catástrofe para España y un fardo civil en nuestro presente”.

El frío de una efeméride

(Veinte años han transcurrido desde que publiqué los dos artículos que reproduzco. Al posible lector le corresponde otorgarles el sello de su actualidad o arrumbarlos en la estantería de lo concluido. Al releerlos hoy, he sentido la tristeza de comprobar que, en España, la memoria insumisa y guadianesca del pasado sigue corriendo por y bajo los barrancos de nuestra convivencia. Entre otras muchas razones para la depresión cívica, podría argüir un par de noticias de ahora mismo. Palabras para un fin del mundo, un documental del malagueño Manuel Menchón, que desmonta el relato oficial del franquismo, en gran medida vigente, sobre los últimos días de Unamuno. Como ha declarado su director, se le ocurrió realizar ese documental cuando leyó un libro de texto de su hija en el que se sigue empleando rojos y nacionales, terminología maniquea del régimen franquista. En segundo lugar, la propuesta de VOX, el ultraderechista partido político que ha pedido la retirada de la placa conmemorativa de Largo Caballero. En el debate consiguiente, celebrado en el Ayuntamiento de Madrid, se lanzaron contra los antiguos dirigentes socialistas y ugetistas insultos como “sanguinarios”, “totalitarios”, “criminales”).

Recuerdos del olvido
(16 enero de 2000)


Las dos décadas democráticas transcurridas debieran haber bastado para, al menos, iniciar la reconstrucción de la memoria de la dictadura franquista, sin revanchismos esterilizantes, pero sí con la sana intención de levantar(nos) el acta histórica de lo que supuso una catástrofe para España y un fardo civil en nuestro presente. La larga y ancha tiranía del general Franco constituyó un freno de treinta años en los caminos de la libertad, la dignidad, la cultura y la economía de este país, parcelas de un mismo territorio. La lectura de un libro oportuno me ha servido no sólo para comprobar de manera detallada esa dolorosa factura, sino asimismo el intento de blanqueo de un sepulcro político en el que crecimos y nos desarrollamos tres generaciones, la confusión deliberada entre la amnistía de la transición y la desmemoria del período democrático, el deliberado y cínico propósito de igualar a los vencedores y a los vencidos. La obra de Nicolás Sartorius y Javier Alfaya, Memoria insumisa. Sobre la dictadura de Franco (Espasa, 1999), una amplia reflexión apoyada en múltiples datos incontrovertibles, sirve para refrescar la memoria a quienes la tienen dolorida y para contribuir a no olvidar.


Desde el propósito reiterado a lo largo de sus páginas, los autores subrayan la intención de “superar el período amnésico que ha vivido la sociedad española (...), porque ni la transición ni la realidad actual de España es comprensible si no se analiza lo que fue la dictadura”. En este sentido, países como Francia o Alemania, aunque trataron de lavar la ropa sucia de su reciente historia en la lavadora de la desmemoria, han acabado conociendo y reconociendo los hechos y personas y, por supuesto, la complicidad generalizada de sus respectivas poblaciones. En nuestro país, sin embargo, la transición –bálsamo, en principio, para profundas escoceduras civiles y religiosas– ha utilizado también la goma de borrar para, al menos, difuminar el abominable pasado de tantas crueldades y desmanes. Desde el poder militar y policíaco hasta el vergonzoso y cobarde comportamiento de la Iglesia católica, pasando por una educación y una cultura amasadas y abonadas por la ideología fascista, cutre y revanchista, este país lleva casi un cuarto de siglo en la inopia respecto a su inmediato pasado. Falacias como que España no entró en la II Guerra mundial gracias a la cintura diplomática de Franco o como que la pertinaz –palabra que mi generación muerde como un cebo de la memoria– conjura judeomasónica era la causante de que, desde el exterior, no comprendieran nuestros sacrosantos valores y nuestra particular forma de gobierno, ya no se pueden seguir manteniendo. Todas esas falsedades demuestran, una vez más, cuánta razón sigue teniendo lo que encierra la tan conocida frase de Goebbels, nazi publicitario que ya quisieran para sí las multinacionales del ramo: “Si una mentira se repite lo suficiente, termina siendo aceptada como verdad”. De ahí la conveniencia de este libro que desnuda al Caudillo y a sus circunstancias, alimento para seguir hacia delante sin dejar de mirar por el retrovisor.

El frío de una efeméride
(19 noviembre de 2000)


Para mucha gente mañana puede ser un gran día. Para la mayoría, una efeméride fría o, en el peor de los casos, un dígito más en la ignorancia del pasado y en la desmemoria impuesta de nuestra reciente historia. La muerte barroca de Franco, la agonía interminable de un anciano incluso llegó a despertar una cierta conmiseración (hasta los odios viscerales suelen atemperarse cuando la guadaña es así de lenta y de cruel). Veinticinco años después, sin embargo, el bisturí del juicio opera en frío y pone sobre la mesa de la Historia las tripas de lo que España pudo ser y no fue y también, por supuesto, de lo que fue por no haber podido ser. (Observe el curioso lector que en el siglo que ha revolucionado las comunicaciones hacen falta unos treinta años para que los ciudadanos nos enteremos de lo que, en verdad, pasó. Algo hemos adelantado respecto a la Edad Media. Por ejemplo, el acceso a los archivos que aclaran la oscuridad de los largos años de la dictadura franquista o los recién desvelados documentos de la CIA que han acabado por convertir al Kissinger de 1973 en el Premio Nobel del terrorismo de Estado).

Tras este cuarto de siglo sin la sombra lapidaria del Caudillo, uno trata de mirar por el retrovisor sin acordarse de lo leído ni de lo meditado en torno a esa figura siniestra. (Siniestra no sólo estéticamente, sino también en el sentido de haber perjudicado gravemente al conjunto de España. Recuérdese, sin ir más lejos, que sólo veinte años después pudimos recuperar el nivel macroeconómico que este país había tenido antes de la guerra incivil). Cuando se ha vivido durante mucho tiempo en el interior de una cápsula dictatorial, cuando el oxígeno de las ideologías escasea, sólo disfrutas del aire al respirar en libertad y los pulmones políticos y culturales se encanijan atrapados en una anatomía esquelética. Y así fue en la España de Franco (la preposición es expresiva de la posesión que ejerció el generalísimo), país que primero tuvo un cuerpo malherido por la saña guerrera, de lento crecimiento si lo comparamos con sus hermanos europeos, propenso después a contraer numerosas enfermedades, deficitario, más allá de lo económico, en valores cívicos, en responsabilidades colectivas.

En un ejercicio de psicoanálisis casero, el anzuelo de la palabra “franquismo” pesca todo un banco de voces, su campo semántico está minado de conceptos que, aun periclitados, siguen estallando en el subconsciente colectivo de una parte de la población española. Desde que uno oyó o leyó aquello de la “pertinaz sequía”, los cambios climáticos ya no son lo que eran; la contumacia, más que una obstinación, parecía el mayor de los pecados cívicos; los contubernios nunca fueron sinónimo de alianza, eran una grave amenaza para el solar patrio y para nuestros valores amachamartillados. No digamos si, además, preguntábamos extrañados por el significado de la oscura conspiración judeo-masónica. En realidad, ni se te ocurría porque un rótulo así sólo podía esconder algo nefando. O el aguacero católico, nacional-católico para ser más exactos, que empapaba las calles y las casas de “los pueblos y las tierras de España”, expresión atiplada del dictador en sus comparecencias navideñas, imagen vaticana y preautonómica de un país que, según el parecer totalitario, nunca había dudado de su unidad. En resumen, todo un diccionario ideológico que rigió, al menos durante tres décadas, el pensamiento, la cultura y los hábitos sociales y morales de los súbditos españoles.

A la distancia de un cuarto de siglo, este tipo de recordatorios debiera servir no para solazarse en la venganza pospuesta ni para hacer de abuelos Cebolletas evocando lo mal que se pasó en la España de Franco y quedarnos en eso, en una justificada, pero estéril victimización. Como ha dicho Paul Ricoeur, nuestra época recuerda el pasado, incluso obsesivamente, pero en el fondo no sabe qué hacer con él. Aunque para los nacidos desde hace veinticinco años Franco sea casi un personaje del paleolítico –inferior, desde luego–, aunque esta España finisecular tiene muy poco que ver con la suya, siguen existiendo vetas ideológicas y, sobre todo, comportamientos políticos y cívicos que hacen necesario recordar lo que todos sabemos, que donde hubo siempre queda. O sea, mirar hacia delante, por supuesto, pero sin olvidar que el retrovisor sirve para algo más que para peinarse.

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