El deterioro de la educación pública en España ha ido acompañado de la sólida implantación de la concertada

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

29/12/20. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre los alumnos “arrumbados demasiado pronto por no subirse al carro de los conocimientos coercitivos y lejanos como una galaxia del entorno que les rodea, el estudiante sobre cuya piel de pato...

...resbala la mayor parte del agua académica, los damnificados por haberse sentido náufragos antes de tiempo”.

El hierro académico

Acaba de ser aprobada una Ley de Educación que trata, entre otras cosas, de poner coto a los desmanes de una cierta educación concertada y, por supuesto, también de una jerarquía episcopal que, yerra que yerra, sigue sin querer asumir que el laicismo es una de las vigas maestras de una sociedad democrática, que no ceja, desde el famoso y bien hormigonado Concordato con la Santa Sede, en conseguir que el sistema educativo le otorgue la misma importancia a la religión católica que, por ejemplo, a la Física. El deterioro de la educación pública en España ha ido acompañado de la sólida implantación de la concertada. Uno de los grandes destrozos sociales de este desequilibrio trae como consecuencia el abandono escolar y el arrumbamiento en las cunetas del sistema de miles de jóvenes convertidos en carne de cañón laboral.

Hace años, le comenté a un magistrado lo difícil y quizá angustioso que debía resultarle firmar una sentencia condenatoria equivalente a equis años de cárcel. Sabía, por supuesto, que ese juez era trabajador, honrado, concienzudo, conocedor de la calle social y de la condición humana. Su respuesta inmediata se me grabó en la neurona de la responsabilidad. Claro que era difícil, me contestó, pero quizá no muy distinta de la prudencia a la hora de calificar a un alumno, porque el profesor, añadió, puede estar decidiendo en esos momentos el presente y el futuro de una persona. Por aquellos mismos años, leí con mucha atención dos libros que me confirmaron la lucidez de aquel amigo. Mal de escuela, de Daniel Pennac (Mondadori, 2008) debería seguirse leyendo, sorbo a sorbo, en los telediarios de máxima audiencia y ser libro de texto obligatorio no para los alumnos, sino para el profesor. Una vez leído y meditado, tendría que demostrarse a sí mismo si lo ha digerido o se le ha atragantado. Pennac, primero cocinero-profesor y, más tarde, fraile-novelista, publicó un ensayo que se lee como una narración y, en paralelo, una especie de autobiografía de su etapa de escolar desahuciado por sus docentes, de entrada y casi de salida. Si en su otro ensayo anterior -Como una novela (Anagrama, 1994), Pennac se cargaba a escobazos heterodoxos el sacrosanto deber de la lectura impuesta y encorsetada, en Mal de escuela focaliza su atención sobre los alumnos que parecen irremediablemente perdidos para la causa docente, sobre los “zoquetes” de toda la vida –“sobre el dolor de no comprender y sus daños colaterales”-, los arrumbados demasiado pronto por no subirse al carro de los conocimientos coercitivos y lejanos como una galaxia del entorno que les rodea, el estudiante sobre cuya piel de pato resbala la mayor parte del agua académica, los damnificados por haberse sentido náufragos antes de tiempo. Los profesores tendemos a desmenuzar el comportamiento, la actitud y hasta la actividad cerebral de nuestros alumnos, pero muy rara vez nos preguntamos si lo que hacemos interesa a quienes tenemos delante, si no estaremos impartiendo una enseñanza más obsoleta que una máquina de escribir, si brillan los ojos del interés en nuestros espectadores o si, por el contrario, muestran la mirada perdida de quien está sin estar en él. Y si nos situamos en el plano político de nuestra función, tampoco nos planteamos, desde luego, el cambio operado en las sociedades occidentales, que Pennac nos espeta sin piedad: “Arrancado a la sociedad industrial durante el último cuarto del siglo XIX, fue entregado, cien años más tarde, a la sociedad mercantil, que le convirtió en un niño cliente” (p. 237).

El otro libro al que aludía y que, en su momento y ahora mismo, me parece un complemento del primero, también es obra de autores franceses. Su título: Enciclopedia de malos alumnos y rebeldes que llegaron a genios (Catapulta Editores, 2007). Es un trabajo que ensambla tres visiones: la de Jean-Bernard Pouy, un novelista; la de Anne Blanchard, editora de libros ilustrados para jóvenes y la de Serge Bloch, dibujante. La lista de “zoquetes” que han marcado la historia de las ciencias, de las artes o de la literatura, el inventario de quienes han contradicho el juicio prematuro y descalificante de su posible futuro, es como para echarse a temblar o, al menos, para tentarnos la ropa como docentes. Desde Louis Armstrong a Leonardo da Vinci, pasando por Darwin, Einstein, Flaubert o Picasso, toda una serie de figuras determinantes en la historia del mundo que, mediante el azar y a contracorriente de las sentencias que les condenaban a la prisión de la ineptitud, decretada por sus profesores, nos dejaron un legado sin el que nuestro mundo sería otro. Dos libros que, sin dogmatismos, con el frescor de la buena escritura y hasta con el humor y la ironía lenificantes, nos dejan un poso amargo ante tanto juez de la escuela que marca con el hierro académico a personas que, en su inmensa mayoría, no pasan a la historia, pero sí quedan determinadas para el resto de sus días.

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