Casi siempre, trato de comprobar si lo que he ido viendo a mi alrededor a lo largo de mi vida se reflejaba, por ejemplo, en la literatura del pasado. Y no falla la clarividencia”

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez de la Rosa
El escritor es un traductor

14/01/21. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna en Santa Cruz de Tenerife Antonio Álvarez de la Rosa en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el asalto al Capitolio: “Ese inflamable cóctel está compuesto asimismo por la dosis vandálica de los que, también como siempre, parecen no romper un plato, pero destruyen...

...vajillas enteras. El problema no son los malos, sino los “buenos” que miran para otro lado, los autodenominados apolíticos, los que desprecian la política y a los políticos elegidos democráticamente”.

Dudar o no dudar

Atónito sí, pero no desprevenido. Lo ocurrido el 6 de enero pasado en las tripas de la democracia estadounidense se veía venir, si no se padece de estrabismo político y, en consecuencia, nuestra mirada se divide en dos, incapaz de converger en un solo punto. No me tengo por un augur de los hechos históricos, es decir, me considero incapaz de predecir o de adivinar el porvenir. Sin embargo, hace unos meses dejé constancia en este mismo medio informativo de lo que, desde hace un par de décadas, venía observando en la profundidad del Imperio norteamericano: “Las noticias procedentes de los EEUU permiten escuchar los crujidos de una sociedad cuyo escaparate mundial, no obstante, sigue siendo sinónimo de libertad, democracia, justicia, vanguardia científica y tecnológica, etc. (…). Uno no deja de temblar porque demasiadas olas sociológicas, nacidas en esas costas, acaban llegando a las nuestras”. No soy lector de novelas de anticipación ni de distopías varias. No desprecio, ni mucho menos, ese tipo de literatura, pero soy, como cada cual, hijo de mi formación cultural. Casi siempre, trato de comprobar si lo que he ido viendo a mi alrededor a lo largo de mi vida se reflejaba, por ejemplo, en la literatura del pasado. Y no falla la clarividencia desde Homero hasta Proust, pasando, por ejemplo, por Swift, Voltaire, Balzac, Flaubert et tutti quanti han sabido utilizar el mirafondo para observar que, por debajo de las marejadillas de la actualidad, las corrientes profundas de nuestra condición humana son similares.

Cuando se es capaz de sacar la nariz por encima de la cotidiana contaminación informativa, de remansar la corriente que, incesante, nos entra por los ojos y los oídos, sencillamente cuando no hemos perdido la costumbre de reflexionar sin hacer otra cosa que nos distraiga de lo esencial -guasapear, por ejemplo-, entonces no parece difícil observar que la vida, toda la vida y todas las vidas, es una soga con dos extremos. Uno está anudado con las fibras de nuestras certezas; el otro, deshilachado, adopta las diferentes formas de la incertidumbre, las dudas, que pueden ser paralizantes, pero también movilizadoras, creativas, indispensables para renovar la energía del pensamiento y de la acción. Nos hemos movido siempre entre ambos polos de la existencia. Ahora mismo y, por supuesto, también desde que nos bajamos del árbol. Días pasados, oyendo y viendo Viejo amigo Cicerón, una obra de teatro de Ernesto Caballero muy recomendable, embarcado en las voces de tres actores capitaneados por José María Pou -el arte en su plena madurez-, comprobaba, muy bien instalado en el Teatro SOHO, que nuestras vacilaciones son las mismas que las que sentía Cicerón hace más de veinte siglos. No hemos cambiado en lo esencial. En lo social, antes como ahora, siempre ha habido el o los oportunistas que han sabido salir ganadores de los anhelos de un pueblo atemorizado, cargado de miedos propios y, sobre todo, de los inoculados, presentes a cada momento en nuestras pantallas omnipresentes. Y en este sentido, el todavía actual presidente de los Estados Unidos de América -un analfabeto que, sin embargo, lee muy bien la mente de sus conciudadanos- es un prototipo tan viejo como la propia historia de los seres humanos. La horda que asaltó en Washington el edificio del Capitolio estaba formada -sigue estando militarmente formada- por energúmenos norteamericanos que hemos visto hasta decir basta en forma de películas elaboradas en los laboratorios ideológicos de Hollywood. Ese inflamable cóctel está compuesto asimismo por la dosis vandálica de los que, también como siempre, parecen no romper un plato, pero destruyen vajillas enteras. El problema no son los malos, sino los “buenos” que miran para otro lado, los autodenominados apolíticos, los que desprecian la política y a los políticos elegidos democráticamente.

Dudar o no dudar, esa es la cuestión.  Este balanceo del pensamiento puede atornillarnos y por eso trato de engrasar las neuronas leyendo a quien me puede alumbrar. Procuro, por ejemplo, no perder de vista al sabio Michel de Montaigne. Son ya unos cuantos años releyéndolo a sorbos y estoy convencido de que pocas lecturas son tan de ahora mismo como la de sus Ensayos. En ese mismo sentido desengrasante, hace ya muchos años -algo más de treinta-, me suscribí a Le Nouvel Observateur, un semanario francés cuyo equivalente, por desgracia, no existe en España: mezcla de independencia, seriedad y amenidad, de rigor y desparpajo, de modernidad y de divulgación seria en cuestiones sociales y científicas, fuente de reflexión en un panorama periodístico caracterizado por el vértigo de la actualidad y la caquexia del pensamiento, cuando no de la manipulación descarada. Hace poco (en su nº 2923, editado el 5 de noviembre pasado), publicó una entrevista con Dorian Astor, filósofo y especialista en la obra de Nietzsche, autor de La Passion de l’incertitude (La pasión de la incertidumbre), recién publicado. El título de ese diálogo me llamó la atención: “Cómo las certidumbres conducen al fanatismo”. A la pregunta esencial y tan actual de cómo vivimos en una sociedad aplastada por convicciones tan ciegas -el creacionismo o el terraplanismo, sin ir más lejos-, y cómo la certeza se vuelve patológica, el filósofo empieza por aclarar que, en su opinión, hay dos tipos de certezas: “Las primeras se construyen poco a poco, a través de ‘procesos de certificación’ cuyo modelo es el de la adquisición de los conocimientos científicos. Un científico empieza con intuiciones, a veces locas, a partir de las cuales construye hipótesis. Se producen entonces la experimentación, las controversias seguidas del consenso, una institucionalización y, por último, posibles y lentas revisiones, cambios de paradigmas”. El segundo tipo de certeza, el que nos conduce al fanatismo individual y colectivo, no tiene nada que ver con el método. Según él, son convicciones que “se afirman de golpe, como una descarga de energía, un empoderamiento radical, obsesivo y violento”. Son, dicho sea en español, los tan acostumbrados “te lo digo yo”, “estoy seguro”, “esto es lo que hay”, “como no puede ser de otra manera”. De ahí al dogma, un pasito o un clic, mejor dicho, un “me gusta” o “no me gusta”, porque pensar nunca ha sido tarea cómoda, pero hoy es casi titanesca la labor de un profesor para que demasiados alumnos -los cachorros de la jauría- lean un texto más extenso que un tuit o que el ciudadano vitamine su conocimiento con la lectura pausada y reflexiva. Y así, mientras vemos crecer las certezas de los ignorantes, rocosas e intolerantes, es casi imposible que una sociedad camine unida en su diversidad.

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