Observo en mí que ser poeta me colocó en una situación en la que la mujer me turba por los aspectos esperados y por los otros, los inesperados

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez
El escritor es un traductor

11/03/21. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna (Tenerife), Antonio Álvarez, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com reproduce un texto de Abdellatif Laâbi  sobre las mujeres: “Dado que he escrito pocas novelas y que la invención de personajes no es lo fuerte de la poesía, poco a poco, a través de un singular rodeo, la mujer ha ocupado su lugar en mis textos...

...Se metió en mi voz de escritor hasta el punto de desdoblarla. Sencillamente, se feminizó el género gramatical en mí”.

El continente femenino

La luz agradecida de Hammamet no procede solo de la fiereza del sol. Los ojos se amansan con el blanco de sus casas y el azul de puertas y ventanas. Deambulando por sus callejuelas en aquel mayo finisecular, entré ¡cómo no! en una librería y me asaltó un librito de Abdellatif Laâbi, de pequeño formato y de gran contenido, recién editado en Túnez. A ellos -a Jocelyne y a él, escritores ambos - los conocía ya y, quizá por eso, me pareció una señal luminosa “encontrar” a unos amigos donde no me lo esperaba. Al poco tiempo, lo leí, me sedujo, lo traduje y en 2010 logré que Un continente humano se publicara en Canarias. Apenas ha tenido difusión. Aprovecho, pues, el Día Internacional de la Mujer y esta semiclandestinidad editorial para reproducir unas páginas de ese libro, un pequeño botón que muestra la presencia doble de la mujer en la obra de Abdellatif Laâbi: vista por el hombre y como expresión de la propia feminidad del poeta. Escritor de su tiempo, es decir, del nuestro, nunca está parado a la espera de lo que suceda, porque, como él mismo dice, “no espero nada del tiempo, voy a su encuentro”. Encontrarlo, a él y a su obra, nos puede servir para entender(nos) mejor. Que así sea.


“Me gusta escaparme del deber de entonar a mi vez uno de esos discursos feministas que me parecen bastante indecente en la boca de los hombres. ¡Sí, hasta ese punto soy extremista! No digo que todos los hombres sean unos marrulleros cuando hablan de la liberación de las mujeres. Sencillamente, digo que no están bien situados para mantener esos discursos, porque hay una diferencia considerable entre el hecho de denunciar la opresión sin haberla sufrido y el hecho de dar testimonio cuando se la ha sufrido. De ahí que la palabra femenina sea irremplazable. Sale de dentro, de lo vivido. Se vincula a una memoria y su testimonio se inscribe en una larga historia de humillaciones y de resistencias. No sé si “la mujer es el futuro del hombre”, pero en todo caso viene de lejos. Los hombres, por lo tanto, debemos permanecer a la escucha en lugar de “robarle” constantemente la palabra.

Esta reacción de desollado vivo respecto a la condición femenina se debe a que, sobre todo en Marruecos, observé una auténtica esquizofrenia en el comportamiento masculino. Los mandarines de la vida intelectual y política se han “convertido” recientemente a la causa de las mujeres. Sus alegatos en pro de la igualdad de los derechos son tan brillantes como los que desarrollan a favor de la democracia. En ambos casos, el léxico adecuado está muy gastado. Sin embargo, en cuanto dejamos estas palabras exteriores para ver lo que ocurre en la esfera de lo privado, de las relaciones concretas, la sorpresa es mayúscula. Los honorables defensores del derecho en público se transforman en pequeños sátrapas de otros tiempos. A una escala más vasta y sin llegar a este caso extremo, el hiato entre el discurso de los hombres y su práctica habitual sigue siendo real. Podemos observar sus múltiples manifestaciones en las sociedades más desarrolladas en las que las mujeres tienen derecho de ciudadanía y no permiten ser pisoteadas. Aunque la guerra de los sexos tienda a la pacificación, la reconciliación no llegará pronto. Todavía es largo el camino que ambos deben recorrer. Paradójicamente, lo que aproxima de manera fulgurante a la mujer y al hombre, o sea, el amor, puede continuar enmascarando la distancia que subsiste entre ellos. El amor es ciego, dicen. En parte, es verdad cuando no permite descubrir al otro en su singularidad y en lo que le ata a una u otra especie del género humano cuya historia no se ha desarrollado de la misma manera. En la búsqueda del otro el amor no basta. O habría que considerarlo como un combate infatigable entre ambos para liberarse de nuestras tendencias “naturales” a oprimir al otro y a preservar nuestros lamentables privilegios.

En ese punto de la revisión del estatus masculino puedo insertar mi propio camino hacia la mujer. Esa aproximación tiene una historia porque, al principio y en mi medio tradicional, me “programaron” para ser un macho. Lo fui y seguí siendo alegremente hasta el momento en que una experiencia de los límites me iba a revelar mis propias indignidades en este terreno. No he dudado en afirmar que en la prisión descubrí el continente del amor y de las mujeres (Condenado a muerte por un delito de opinión bajo el reinado de Hassan II, encarcelado en la prisión de Kenitra de 1972 a 1980, exiliado en Francia desde 1985). En primer lugar, me dejó mutilado el verme separado de mi mujer, lo que quiere decir que ya no podía utilizar una parte de mí mismo. A partir de entonces, el amor se me reveló como esa búsqueda muy conocida (y a menudo olvidada) de la parte perdida de uno. Se trastocó la percepción de lo que había vivido antes con mi compañera. Tras varios años de vida en común, nací por fin al amor. Posteriormente, el amor así revelado me condujo poco a poco a la mujer. Por primera vez en mi vida, me vi llevado por la fuerza de las cosas a convertirme en un “hombre de hogar”, si podemos comparar las condiciones de reclusión carcelaria con las de la reclusión en el hogar. Al tener que dedicarme, una buena parte del día, a las tareas domésticas (comida, limpieza, lavado de ropa, a coser, etc.), muy pronto supe lo que era el “trabajo invisible”, no reconocido socialmente. Aunque no tenía que ocuparme de los niños, eso no me impedía imaginar la aplastante tarea que ello representaba. Esta nueva revelación, en principio muy prosaica respecto a la precedente, fue determinante en la tarea que emprendí hacia el ser femenino. Hasta entonces, solo conocía de la condición de las mujeres lo que me había enseñado la vasta literatura feminista, sobre todo marxista. Rechazar su opresión no solo era intelectual. Las vivencias concretas me permitieron interiorizar ese rechazo y vivir mi condición particular en una especie de complicidad constante con las mujeres. En adelante, mi relación con ellas adquirió una dimensión inhabitual, la de la fraternidad.


Una vez recuperada la libertad y durante la fase de readaptación a la vida normal, fui consciente de que ya no era el mismo hombre. Ya mi mirada no se dirigía, como antes, a la sociedad en tanto que entidad global. Ahora separaba mejor los dos componentes y, sobre todo, el que “descubrí” durante una experiencia, al reproducir, a diario y en mi celda, los gestos de la mujer. Revivía así algo de su gesta dolorosa e iluminadora.

Un paréntesis para recordar una verdad a la que me siento muy apegado. Creo que fui liberado gracias a las mujeres y eso vale para centenares de mis camaradas. En El camino de las ordalías (2003) ya evoqué la ejemplaridad de esas madres, esposas, hermanas que tuvieron que aprender sobre la marcha y, en resumen, inventar la luchar por los derechos del hombre en Marruecos. La gesta de esas mujeres debía ser recordada incansablemente, porque los escasos libros que han contado esta fase de la historia marroquí (años setenta y ochenta) la han ignorado por completo. El libro de Gilles Perrault (Abogado, periodista y escritor francés. Alude Laâbi a Nuestro amigo el rey (1990), libro internacionalmente conocido, prohibido en Marruecos, balance demoledor del reinado de Hassan II y de ciertas connivencias de las elites francesas). tan eficaz y útil por lo demás, tampoco escapa ¡lástima! a esa regla. Hay, pues, una forma de “historia oficial” que tiende a consolidarse, incluso cuando la intención es buena en el fondo y motivada por la defensa de las víctimas.

Por consiguiente, este “paréntesis” seguirá estando abierto hasta que se haga justicia. Para mí, en todo caso, la irrupción de la mujer está unida a la forma en que viví personalmente esta historia. Dado que he escrito pocas novelas y que la invención de personajes no es lo fuerte de la poesía, poco a poco, a través de un singular rodeo, la mujer ha ocupado su lugar en mis textos. Se metió en mi voz de escritor hasta el punto de desdoblarla. Sencillamente, se feminizó el género gramatical en mí. Pensándolo bien, creo que el desdoblamiento de mi voz no es solo el fruto de una toma de conciencia que me ha llevado a que el elemento femenino ocupe un lugar en mí. Quizá hay un elemento objetivo, unido al fenómeno poético, que permite que actúe esa fusión progresiva. No pretendo teorizar. Observo en mí que ser poeta me colocó en una situación en la que la mujer me turba por los aspectos esperados y por los otros, los inesperados. Uno de ellos –no puedo ser el único en haberlo percibido- es esa extraña similitud entre el acto de crear y el de procrear. A su manera, el poeta da vida, lo que no es, ni mucho menos, una metáfora, si contemplamos en vivo la experiencia de la escritura. En muchos sentidos, lo que ocurre en el cuerpo del poeta se emparenta con los fenómenos naturales admitidos cuando se trata del cuerpo de la mujer, si bien es verdad que ese aspecto orgánico no lo es todo. Hay una sensibilidad común a la que deberíamos prestarle atención. Si la mujer está más cerca de la vida, ¿qué decir del poeta? En ambos casos, pienso que la atención que se le presta a ella conecta con la misma actitud y la misma necesidad: no se puede crear vida si nos resulta indiferente la menor de sus manifestaciones. Cuando se da vida, el menor daño en su contra es insoportable.

Al cabo de estas reflexiones, no sé si he conseguido delimitar lo que sería la “parte femenina” en mí. Sin embargo, lo que sé es que mi vida me ha llevado hacia ese lugar del ser en el que el hombre y la mujer están llamados a volverse a encontrar con el sueño de una humanidad recreada que llevan dentro de sí. Con serenidad, afirmo que la mujer precedió al hombre en esa cita, pues de la realización de este depende su verdadera liberación. Si el hombre se retrasa es porque, para presentarse, necesita renovarse en su totalidad, renunciar a prerrogativas que constituyen el núcleo duro de su pretendida identidad. También él viene de lejos, de lo más profundo de una historia cuyo recorrido ha ensangrentado y arrasado. Las mujeres, por su parte, han matado tan poco, nada, digamos. ¿Será por eso que van por delante del hombre en la intuición de una nueva vida, de otra afirmación de lo humano? La intuición del poeta va en el mismo sentido. Por ello, navega entre el hombre y la mujer para hacer que coincida el sueño y celebrar sus esponsales.

Me pone nervioso ser un hombre y me siento exiliado entre los hombres. Sin embargo, no tengo ese inquietante deseo de transformarme en lo que no soy. ¿La fuerza de la educación y de los tabús? ¿La edad que me devuelve la ridiculez del fantasma presumido? No, en absoluto. Cuando se me pasa la irritación, creo que ser hombre no es tan absurdo. La naturaleza así lo quiere y la mujer también. Sin él, sería inconcebible el deseo, la dialéctica de la vida y la muerte se apagaría entre las tinieblas de un desierto estéril. Acabo aceptándome con pleno conocimiento de los tormentos que me cuesta esta aceptación. ¿Para cuándo la paz?”.

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