En cualquier época, toda manifestación artística digna de ese adjetivo necesita recordarnos de forma original los mismos problemas con los que siempre tropieza el ser humano

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez
El escritor es un traductor

25/03/21. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna (Tenerife), Antonio Álvarez, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el orden social: “Desde luego, me conmocionó lo que había visto, pero quizá me estremeció aún más el hecho de que esa tragedia social, la de millones de personas en estos momentos, la desigualdad creciente que carcome...

...la carpintería social en tan demasiados lugares del mundo, no es nueva, solo ha cambiado su aspecto. Nada nuevo bajo el sol social e individual”.

El nuevo orden de siempre

A pesar de la comodidad de sus salas, salí del cine Albéniz algo agitado. Me había sentido zarandeado por muchas escenas de la película El nuevo orden. Dicen que es distópica, o sea, una historia, más o menos siniestra, que podría ocurrir en una sociedad que está en el inmediato porvenir. Sin embargo, inmerso en ella no pareció que se tratara de un asunto futurible. Más bien pensé que lo recién indigerido desde la pantalla podría pasar ahorita mismo en un país como Méjico. Y eso, a fin de cuentas, es lo que, al poco de regresar a la luz de mi primer mundo, empezó a inquietarme socialmente. Para quien no la haya sufrido/gozado, resumen muy resumido: había visto cómo terminaba en una matanza lo que empezó siendo una boda de altos y poderosos vuelos financieros, atiborrada de gente encopetada, refugiada tras el búnker de una mansión de papel cuché en la megalópolis de Ciudad de México. Una vez más, en esta ocasión en forma de película, la ficción te estampa en las narices la lucha de clases, ese concepto que, obstinadamente, ha querido ser borrado de la superficie política y arrumbado en los armarios de la historia. Extramuros de la fortaleza, la turbamulta, llena de miedo rabioso, harta de observar por la mirilla de la imaginación, de envidiar lo inalcanzable, traspasa los límites y el choque es inevitable. Un golpe de estado militar conseguirá que el nuevo orden impuesto sea el mismo de siempre. Y vuelta a empezar.

Desde luego, me conmocionó lo que había visto, pero quizá me estremeció aún más el hecho de que esa tragedia social, la de millones de personas en estos momentos, la desigualdad creciente que carcome la carpintería social en tan demasiados lugares del mundo, no es nueva, solo ha cambiado su aspecto. Nada nuevo bajo el sol social e individual. Creo que si los asuntos, colectivos o íntimos, tratados en una novela o en una película, nos parecen inéditos, se debe a nuestro desconocimiento de la historia, porque es imposible encontrar un tema que, desde la ficción, no haya sido abordado con anterioridad. Aunque busquemos entre los más rebuscados, siempre habrá un creador que ya ha ofrecido su visión. En cualquier época, toda manifestación artística digna de ese adjetivo necesita recordarnos de forma original los mismos problemas con los que siempre tropieza el ser humano.

Volviendo a la desigualdad, sobre todo las novelas y, más tarde, el cine, casi siempre basándose en aquellas, han registrado esa falla tectónica que separa a los pudientes de los menesterosos. Por ejemplo, los novelistas que fueron capaces de reflejar los numerosos terremotos sociales del siglo XIX. ¿Cómo pasar de la visión académica de la Historia, de la ineludible labor de los historiadores, a tratar de ponerse en la piel de quienes los vivieron o sufrieron? ¿Cómo hacerse una idea, por poner un solo ejemplo, de la mendicidad francesa a lo largo del siglo XIX? ¿Provistos solo del aparataje ensayístico? Es esta una reflexión, una comezón intelectual para ser más exacto, que me pica desde hace años, quizá desde que empecé a tener bastante claro que la literatura -en especial la novela- sobrepasa el entretenimiento, el goce estético, agranda la imaginación y nos hace vivir lo no vivido. Si uno no es de acero inoxidable y no lee embutido en la escafandra de la insensibilidad, es imposible salir indemne de, pongamos por caso, Los Miserables de Victor Hugo. Sobre todo, si leemos esa novela con la perspectiva del tiempo transcurrido, oteando aquel paisaje social desde la atalaya de nuestra época, en apariencia muy distinto, pero no tanto, esencialmente hablando. ¿Puede el lector embarrarse en las calles malolientes del París de 1830 solo con la descripción de los cronistas del primer tercio del siglo XIX, entre las batallas de Waterloo (1815) y las revueltas de 1832?

Con los pies en nuestro tiempo social, cuando los futuros estudiosos quieran saber lo sucedido a comienzos del siglo XXI, no podrán ignorar qué leíamos, por ejemplo, cómo hablábamos, la manipulación de la lengua a la que nos veíamos sometidos, las palabras fetiches que identificaban nuestra época, qué chaparrones de imágenes nos empapaban, los hábitos culturales, las razones por las que nos ocultaban mucho de lo escondido bajo las lentejuelas de la actualidad, todas esas parcelas sociales, en fin, por las que se mueven los escritores que tienen el olfato del perro perdiguero.

En resumen, para acercarse al pasado no basta con la lupa del historiador.

En este mismo sentido, el tuétano de lo contado en El nuevo orden, la magnífica  película de Michel Franco, me ha recordado dos pequeños trozos de dos grandísimas novelas. En primer lugar, una corta escena de uno de los capítulos literariamente más cimeros de Madame Bovary que encierra la amarga, pero acertada reflexión de Flaubert, plasmada en una carta a George Sand (7 de octubre de 1871): “Creo que los Pobres odian a los ricos y que los ricos tienen miedo de los pobres. Así será eternamente”. Esta novela, su obra más conocida, es sobre todo la historia de una gran frustración femenina, pero está trufada asimismo de detalles sociales que revelan la obsesiva preocupación de Flaubert por la política de su tiempo:

"En el baile la atmósfera era pesada, las lámparas palidecían. La gente se dirigía a la sala de billar. Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales. Al oír los vidrios rotos, la señora Bovary volvió la cabeza y divisó en el jardín, pegadas a los cristales, las caras de unos campesinos que miraban. Le vino entonces el recuerdo de Les Berteaux. Vio de nuevo la granja, la charca enfangada, a su padre en blusón bajo los manzanos, volvió a verse, como antaño, quitando con el dedo la nata a la leche en los cacharros de la lechería. En el fulgor de la hora presente, su vida anterior, tan nítida hasta entonces, se desvanecía por completo y casi dudaba haberla vivido. Estaba allí y en torno al baile solo había una sombra que tapaba todo lo demás. Se tomaba un helado al marrasquino en una concha de plata sobredorada que sujetaba con la mano izquierda y entornaba los ojos con la cuchara entre los dientes". (Madame Bovary, 1º parte, cap. VIII).

En segundo lugar, un breve texto de Marcel Proust (1871-1922). En un ambiente aristocrático y burgués, en ese trampantojo en el que se reúnen dos clases sociales, pero sin unirse, en ese teatro-balneario, el narrador observa la totalidad de la escena, no deja escapar ni un detalle, porque en ellos, en los detalles, está la esencia. En el comedor-acuario irrumpe la mirada intrusa y escrutadora de la población obrera que produce en el lector la ruptura de la armonía sinfónica en la que viven recluidos los huéspedes del hotel:

"Por la noche no cenaban en el hotel. Sus generadores eléctricos hacían que la luz brotara a chorros en el comedor convertido en un inmenso y maravilloso acuario ante cuya pared de cristal la población obrera de Balbec, los pescadores y también las familias de pequeños burgueses, invisibles en la sombra, aplastaban sus caras en la vidriera para vislumbrar, en el lento balanceo de los remolinos de oro, la lujosa vida de esa gente, tan extraordinaria para los pobres como la de peces y moluscos raros (Una gran cuestión social es saber si la pared de vidrio protegerá siempre el festín de los animales maravillosos y si la oscura gente que mira con avidez en la noche no vendrá a atraparlos en su acuario y comérselos). Quizá entre la multitud detenida y confundida en la oscuridad permanecía algún escritor, algún aficionado a la ictiología humana que, mientras observaba cómo se cerraban las mandíbulas de los viejos monstruos femeninos sobre un trozo de comida engullida, se complacía clasificándolos por raza, caracteres innatos y también adquiridos que logran que una vieja dama serbia, cuyo apéndice bucal es el de un gran pez marino, porque desde su infancia vive en las suaves aguas del barrio de Saint-Germain, coma la ensalada como una La Rochefoucauld". (Marcel Proust, A la sombra de las muchachas en flor, 2ª parte).

O sea, el nuevo orden de siempre.

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