La correspondencia de Flaubert debiera ser, por otra parte, de obligada lectura para todo aquel que sienta la tentación de convertirse en escritor y para quien, ya siéndolo, se vea prisionero tras los barrotes del éxito y la gloria, cautivado por la idea de “haber llegado”

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez
El escritor es un traductor

17/06/21. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna (Tenerife), Antonio Álvarez, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre Gustave Flaubert y su correspondencia: “Es difícil encontrar una correspondencia tan monumental y tan hermosa como la de Gustave Flaubert. Extensa e intensa, las más de 4500 cartas que escribió a lo largo de toda...

...su vida (la primera conocida a los nueve años y dirigida a su abuela), constituyen la fuente más nutritiva para conocer sus aspectos biográficos, ideológicos y estéticos, todo un buceo en la génesis de su obra literaria”. Álvarez acaba de publicar el libro ‘El hilo del collar: Correspondencia’, sobre las cartas de Flaubert.

Al amor de las cartas

Mi amistad con Gustave Flaubert (1821-1880) se inicia en Ruán, la ciudad medieval y moderna de la Normandía. Allí, en el Lycée Corneille donde estaba iniciándome como profesor, empecé a familiarizarme con el hijo más ilustre de esa ciudad –además de ignorado por la mayoría, el más criticado en vida, como demasiadas veces ocurre-, con el novelista que no solo inauguró una nueva etapa en la forma de novelar, sino también en nuestra manera de ver el mundo. Recién terminada la licenciatura en Madrid, con mi beca francesa bajo el brazo, salí de una España cerrada por un militar para vivir en una nación, también gobernada por un general, el presidente de la República Charles de Gaulle, que, de entrada, me deslumbró por ser tan abierta. Mis radares sensoriales, el cultural y el ideológico, no paraban de funcionar y de ahí que las neuronas de la curiosidad estuvieran en permanente sinapsis.


Un día, al poco de empezar a vivir en el internado del Lycée (Instituto de Enseñanza Secundaria), donde, además, impartía como lector unas modestas clases de español a jóvenes franceses, poco interesados, en aquel entonces, por nuestra lengua, descubrí que allí había estudiado Flaubert –en su época el centro se llamaba Collège Royal-, y empezó a despertárseme la curiosidad por un escritor que, hasta entonces, era uno más de los que habían sido pasto de mis exámenes universitarios.

Además de toparme e incluso sentirme intimidado por la mole arquitectónica de la catedral de Ruán, de comprobar en las tardes invernales que Monet rasgaba la neblina con la punta de sus pinceles, una mañana de asueto descubrí, antes de saber que estaba iniciándome en mi doctorado de paseante urbano, la Avenue Flaubert que me llevó hasta el antiguo hospital de la ciudad donde nació nuestro novelista (Dicho sea entre paréntesis y como ejemplo de las vueltas que da la política urbana, ese edificio está hoy ocupado por el gobierno de la comunidad de la Seine-Maritime. Ironía suprema, supongo, para un escritor que en vida mantuvo la ferocidad crítica con el poder y sus ocupantes). No obstante, reconforta comprobar que no todas las ciudades padecen de amnesia y de partidismo ideológico al rotular sus vías. En este caso, el antiguo hospital está flanqueado, en su parte trasera, por una calle que homenajea al padre de Flaubert y, a su izquierda, según se entra, por otra que se llama "Rue du contrat social", supongo que como homenaje a Rousseau.

Para mi gran sorpresa cultural, al descubrir aquel hospital -hoy sede también del Museo Flaubert y de Historia de la medicina-, recuerdo ver pasar una ambulancia, de la marca Peugeot, perteneciente a la empresa “Ambulances Flaubert”. No me fío de la memoria incierta, pero creo no mentir mucho si afirmo que fue mi primer atisbo de la relación entre el escritor y la medicina, uno de los cordones umbilicales de su existencia, como pude saber más tarde al convertirme en un mirón intruso, en un apasionado devorador de sus cartas.

Es difícil encontrar una correspondencia tan monumental y tan hermosa como la de Gustave Flaubert. Extensa e intensa, las más de 4500 cartas que escribió a lo largo de toda su vida (la primera conocida a los nueve años y dirigida a su abuela), constituyen la fuente más nutritiva para conocer sus aspectos biográficos, ideológicos y estéticos, todo un buceo en la génesis de su obra literaria.


La correspondencia de Flaubert debiera ser, por otra parte, de obligada lectura para todo aquel que sienta la tentación de convertirse en escritor y para quien, ya siéndolo, se vea prisionero tras los barrotes del éxito y la gloria, cautivado por la idea de “haber llegado”. Para quitarse de encima esa sombra castradora nada como leer este párrafo: “Ningún gran genio concluyó y ningún gran libro concluye, porque la humanidad misma está siempre en marcha y no concluye”. De ahí que mi pertenencia a la cofradía flaubertiana se me note hasta en el hecho de que, desde hace unas dos décadas, el cintillo de mis artículos periodísticos se titule ‘Sin conclusiones’.

Todo lo que se ha escrito sobre la vida de Flaubert tiene que basarse por fuerza en el día a día de su correspondencia. Aunque no fue tan escaso su trajín social, ni tan poca su actividad fuera de los muros de su guarida normanda, no hay mejor ni más fidedigno testimonio que su Amazonas epistolar. Sus cartas no solo son un vastísimo documento para pasto de biógrafos e historiadores. Hay escritores de señalada agudeza crítica que han opinado que la belleza de su epistolario es superior a la de sus novelas. Por citar unos pocos, pero significativos ejemplos, baste saber que André Gide dijo de manera inequívoca que él cambiaría las novelas de Flaubert por sus cartas. En similar sentido y bajo el ropaje de la ficción, aparece esta misma opinión en un pasaje de A la búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust (Por cierto, pierde el tiempo quien lo vaya a buscar en la traducción castellana de Pedro Salinas), sencillamente porque hay un agujero. De dicho texto han desaparecido unas veintitantas líneas, sin duda porque Salinas parte de una edición francesa en la que también falta ese gran párrafo. En todo caso, debiera figurar en la página 557 del volumen III de la edición de Alianza Editorial, 1971). Allí pone Proust, en boca de la condesa de Arpajon, la siguiente reflexión: “¿Han notado que, con frecuencia, las cartas de un escritor son superiores al resto de su obra? ¿Cómo se llama ese escritor que escribió Salammbô? (…) En cualquier caso, continuó, qué curiosa es su correspondencia y qué superior a sus libros”.

Kafka leía la Educación Sentimental en voz alta y comprendió perfectamente el sacrificio de Flaubert, toda una vida empuñando el arado de la escritura a la búsqueda de la perfección del pensamiento (Estupefacto, por cierto, me quedé hace unos días con la boutade de Molina Foix: “A los escritores que hablan en las entrevistas del terrible esfuerzo y la angustia que les produce escribir, nunca me los he tomado en serio”. La simpar receta que se me ocurre recomendarle es la lectura reposada de El hilo del collar, recién publicada en Alianza Editorial, la primera antología en español de toda la correspondencia de Flaubert de cuya selección, traducción y edición soy responsable único). Kafka, conocedor también de esa correspondencia, le veía atado a su roca dolorosa y deliciosa, al mismo tiempo, “exactamente como una estatua que mira a lo lejos y permanece atada a su zócalo”, lúcida metáfora que sintetiza la imagen de un escritor que, desde la madriguera de su casa, oteaba el presente y el futuro de la humanidad, la mirada intensa y clarividente de quien supo transmitir la esencia de todo artista, en este caso de un escritor. Basta mirar con fijeza para que algo o alguien se vuelva interesante. Flaubert lo dijo mucho mejor en una carta a Maupassant, su hijo espiritual: “Para describir las llamas de un fuego o un árbol en la llanura, hay que quedarse frente a ese fuego y ese árbol hasta que, para nosotros, dejen de parecerse a ningún otro árbol, a ningún otro fuego”.

Orhan Pamuk (Premio Nobel y Doctor Honoris causa por la Universidad de Ruán, marzo 2009) dijo en su discurso de aceptación: “Más allá del éxito de sus propias obras, uno de los grandes logros de Flaubert es haber podido vivir conforme a esa moral –tener fe en la escritura y no sucumbir al desaliento- que él mismo se dio desde los veintinueve años. Las cartas de Flaubert nos demuestran que esa moral y la pasión del estilo son solo una. Cuando las leía en los años 70, pensaba, como Flaubert, que sería posible mantenerme alejado de la vida, del éxito fácil, de la sociedad y de los poderosos. Desde ese punto de vista, Flaubert era para mí un santo y un eremita, realmente el primero de esos santos eremitas de la literatura moderna que le dieron la espalda a la vida y al éxito superficial: Joyce, Proust, Kafka, Pessoa, Walter Benjamin y Borges forman parte de mi genealogía”.

En el fondo, todos los que se ocupan de la obra de Flaubert, pasan también por la aduana de su correspondencia. Es el caso, por ejemplo, de Vargas Llosa como puede comprobar quien lea La orgía perpetua, una lectura magistral sobre Madame Bovary, en buena medida en torno a la reflexión de Flaubert -empeño y justificación de toda una vida-, incluida en una carta a Leroyer de Chantepie, corresponsal a la que nunca llegó a conocer, pero con la que mantuvo una rica relación epistolar: “El único medio de soportar la existencia es aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua” (4-IX-1858). O también en el caso de Unamuno, ferviente lector de Flaubert: “¡Qué novela su Correspondencia!”, escribe en Cómo se hace una novela.

Más acá de estar considerado como uno de los grandes novelistas del siglo XIX, el autor de Madame Bovary pasa por ser una especie de apolítico, de burgués no comprometido, de mandarín en el cielo de su torre de marfil, además de un sempiterno gruñón, incluso de un antisistema, diríamos hoy. ¡Ay las ideas recibidas, les idées reçues, como decía él mismo! Si Hugo fue un humanista, un idealista, cuasi un utópico, convencido de ser un faro para el pueblo, Flaubert, fue su antítesis: un pesimista lúcido que, en todo caso, creyó en el ser humano individual, pero no, desde luego, en la masa, un convencido de que podemos conocer la condición humana, pero no cambiarla, que el ayer es el hoy menos sus circunstancias.

Se puede editar una antología de la correspondencia de Flaubert por temas, por cada uno de los temas constantes, quiero decir, Darían para más de una docena de apartados. Por ejemplo, sobre el amor, no como estrella rutilante de la existencia, pero sí el erotismo como mostró con maestría en Madame Bovary;  la educación como reflejo del poder constituido; la literatura, el arte y la lectura como tablas de salvación; la muerte como corolario de la vida; la estupidez humana y los tópicos, nuestras piedras de Sísifo; la religión o, mejor dicho, su desprecio por las Iglesias; la masa y su aversión hacia la Inteligencia y la Belleza o el burgués, prototipo de la necedad; la mujer como “la Ojiva (sic) del infinito”; la ciencia y la importancia de “no concluir” son, entre otros, asuntos que aparecen con regularidad, dependiendo, claro, de los avatares biográficos de su autor.

Flaubert nació en 1821 y, por lo tanto, cumple ahora su bicentenario, fecha más que oportuna para celebrar la frescura de su savia literaria y la permanente hondura de su pensamiento. El hilo del collar pretende ser la primera antología en español capaz de rezumar la esencia de sus casi 4500 cartas conocidas. En España, salvo un banco o poderosa institución filantrópica, no hay editorial que se atreva a publicar seis mil páginas que contienen no solo todas las cartas encontradas y muchas de las de sus corresponsales más relevantes que ayudan a entender las del novelista (las de Louise Colet, George Sand o Maupassant, entre otros), sino también millares de notas, aclaraciones onomásticas y demás detalles de una edición crítica, minuciosa y, quizá, insuperable.

El hilo del collar trata de ser una invitación a reconocer entre sus páginas el conjunto de reflexiones que, incluso sin saberlo, llevamos en la mochila de nuestro tiempo, un repertorio de pensamientos y de observaciones que pueden servir para conocer(nos) mejor. La antología que he realizado de todas las cartas de Flaubert es el resultado, ante todo, de mis preocupaciones sociales, ideológicas y estéticas. He procurado extraer aquellas que pueden ayudar a comprender y a comprendernos, a entender lo que pasa en nuestro derredor, aferrados a la balsa de la vida. Espero que el lector de este libro, aunque desconozca el inmenso resto de su correspondencia, acabe viendo en Flaubert no un moralista edificante, sino más bien un moralista demoledor, un provocador que dice verdades de mármol de Carrara y que, por eso mismo, choca sobre todo a mentes acomodadas, a los que se alimentan de las verdades recibidas, sin ponerlas nunca en tela de juicio.


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