La armonía de la música es un paréntesis almohadillado contra el ruido de tanta politiquería –no confundir con la política- que siempre acaba atronando sin misericordia la calle electoral

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez
El escritor es un traductor

09/06/22. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna (Tenerife), Antonio Álvarez, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre utilizar la música para no escuchar el ruido: “La música no solo es un escape hacia uno mismo, sino una protección más segura y directa. Sin ir más lejos, en el periodo preelectoral es un ejercicio que puede...

...ahorrarnos la contaminación y hasta la herrumbre mental que segrega en el cerebro tanto cerebrito cuando el diapasón de la tontería o de la falsedad adquieren una dimensión estruendosa”.

Paréntesis musical

Como todo el mundo, sea o no consciente, participo en la política desde que me incorporo al mundo con el café de la mañana, en cuanto oigo y leo las noticias, nada más elegir entre una radio y un periódico, al decidir, en resumen, sobre qué valores asentar mi ciudadanía. No me interesan, por lo tanto, los floridos escaparates electorales que anuncian las rebajas de impuestos o la consecución inmediata de lo inalcanzado durante años. En general, la promesa de más viviendas sociales, la solución milagrera del transporte o de las desatenciones sanitarias, judiciales, educativas y culturales me parecen una tomadura de pelo, una subasta virtual y muy poco virtuosa. Sin embargo y por más que uno pretenda aislarse de tanto barullo mediático, protegerse de tanto atentado a la inteligencia, acaba llegando el eco de la necedad o de la mala fe allá donde se encuentre.



He estado mirando de refilón la precampaña electoral en Andalucía. Pienso seguirla observando con el rabillo del ojo hasta su penúltima semana y espero tener la suerte de que me admitan en un convento de trapenses en el que me resulte imposible, mientras dure la farsa, sucumbir a la tentación de leer, escuchar o ver nada de esta rabiosa actualidad política, de la que da rabia, quiero decir. Me gustaría repetir en la celda, claustro o huerto del ansiado e imaginario convento sensaciones similares a las que experimenté, hace ya unos cuantos años, con motivo de otro sainete electoral representado en España. La generosidad de los dioses del turismo consiguió que, recostado en una hamaca hotelera, una romanza de Beethoven lograra dejarme suspendido en el aire entre la cima del Etna y los riscos de Taormina, porque el poder aéreo de la música, igual que el de una novela o un poema, nos despegan de la realidad, nos hacen perder toda la gravidez. Y abajo, el mar, verde, contribuía a que la tarde se fuera deslizando en paz, dejando que se resbalara por las laderas la sensación de que el mundo estaba macerándose en aceite de oliva, que el Jónico –más que mar, un inmenso lago-, escenario de tantas maravillas y de tantas tragedias, era como una bahía en la que solo pueden anclar los barcos pacíficos, en la que no son admitidos los piratas de toda suerte que empuercan el mundo con la imprescindible ayuda, eso sí, de los congéneres silenciosos, de demasiada gente que, bajo el ala del avestruz ciudadano, permite, sobre todo en las democracias, tales atropellos a la dignidad humana. Escuchar a Beethoven o a Mozart o a ‘tutti quanti’ nos han legado la parte maravillosa de la condición humana, además de un placer estético, sigue siendo una contribución, modestísima, sin duda, a serenar(nos) el entorno, a no incrementar la dosis de maldad o de estupidez que segregamos a diario. Para sentir estos momentos de levitación no es, por cierto, imprescindible estar en lugar tan especial como la costa siciliana. Sencillamente, hay que aprender a captarlos en nuestro entorno. Basta con la mirada de la imaginación, con la capacidad de estar solo en una habitación –prueba del algodón de la soledad-, volando con las alas de Mozart. Comprobé avergonzado –yo que proclamaba mi condición de animal pretecnológico- que, además, los auriculares no solo nos traen la música al ámbito más privado de los oídos, sino que son extraordinarios guardianes contra el petardeo de motos o el claxon demasiado fácil. La música no solo es un escape hacia uno mismo, sino una protección más segura y directa. Sin ir más lejos, en el periodo preelectoral es un ejercicio que puede ahorrarnos la contaminación y hasta la herrumbre mental que segrega en el cerebro tanto cerebrito cuando el diapasón de la tontería o de la falsedad adquieren una dimensión estruendosa. La armonía de la música es un paréntesis almohadillado contra el ruido de tanta politiquería –no confundir con la política- que siempre acaba atronando sin misericordia la calle electoral.

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