Él, como yo, somos buenos paseantes de las ciudades y sabemos que, bajo la purpurina de las apariencias, sigue estando el asfalto de sus respectivas historias

OPINIÓN. Sin conclusiones. Por 
Antonio Álvarez
El escritor es un traductor

23/06/22. 
Opinión. El catedrático de Filología Francesa en la Universidad de La Laguna (Tenerife), Antonio Álvarez, en su colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com escribe sobre el libro Infierno y paraíso de las islas, de Miguel Moreta: “Miguel Moreta es una suerte de memorialista de la literatura, de buceador en los mares, incluso en los océanos de la bibliografía, es, en sí mismo, una...

...red de redes en las bibliotecas de su memoria. Generoso consejero de lecturas, rescatador de escritores y escritoras, sobre todo de estas últimas, oscurecidas por la devastación cultural y política del franquismo”.

Microteoría del lector como biblioteca (Texto de la presentación de Infierno y paraíso de las islas (Memorias de mar y mujer), de Miguel Moreta, celebrada en el Ateneo de Málaga el día 14 de junio de 2022)

El azar y la necesidad consiguieron, al poco tiempo de instalarnos en Málaga, que a Paz y a mí se nos apareciera el arcángel Miguel. Puesto que no se trataba de protegernos de ninguna batalla celestial, que es la tarea principal de San Miguel, este Miguel, metamorfoseado en Miguel Moreta, nos acogió con la delicadeza y sabiduría que le caracterizan. Fue él nuestro primer introductor de embajadores en el seno de su hábitat social y cultural. A pesar de los muros del confinamiento pasado, las dos parejas hemos ido hormigonando nuestra relación, mezcla de afecto, respeto, admiración y aficiones similares por la educación, por la cultura y, todo hay que decirlo, también por la gastrocultura. Y de ahí, hilo a hilo o de fil en aiguille, que dicen los franceses -Miguel y yo debemos ser, por cierto, de los últimos afrancesados confesos y mártires del anglosajonismo imperialista-, la complicidad literaria hizo que perdiéramos la vergüenza de enseñar las partes pudendas de nuestras respectivas escrituras y, al cabo de muy poco, uno corregía las pruebas de imprenta del otro y viceversa.


Miguel Moreta es un fin connaisseur, dicho sea en francés. La madre etimológica de este sustantivo es el verbo connaître, o sea, conocer. Un connaisseur debería ser, sencillamente, “un conocedor”. Pero el sentido que tiene en francés va mucho más allá de esa obviedad. El DRAE, por cierto, jibariza este término al nivel de “un experto o entendido en alguna materia”, definición que puede acabar significando lo que le dijo el general De Gaulle a André Malraux, a propósito de un ministro sabelotodo: “Sí, sabe mucho, pero no entiende nada”. No empleo connaisseur en el sentido de un simple conocedor y poseedor de miles de libros, porque Miguel Moreta es, por el contrario, un amante de los libros que siente, además, el placer del poliamor bibliográfico, es decir, que incluso es capaz de relacionarse amorosa, simultánea y desinteresadamente con dos o tres o más libros -supongo que tras el consentimiento de cada uno de ellos- y servirlos en la bandeja de los lectores.


Miguel Moreta es una suerte de memorialista de la literatura, de buceador en los mares, incluso en los océanos de la bibliografía, es, en sí mismo, una red de redes en las bibliotecas de su memoria. Generoso consejero de lecturas, rescatador de escritores y escritoras, sobre todo de estas últimas, oscurecidas por la devastación cultural y política del franquismo. Su conocimiento bio-bibliográfico no es apabullante, porque no pretende aplastarte con la riqueza de los datos aportados y porque nada tiene del “erudito de barrio”. En nuestro cruce de correos y a propósito de sus artículos periodísticos, con frecuencia le agradezco el descubrimiento de escritoras y de escritores. No recuerdo ninguna conversación con él sobre la que en algún momento no haya sobrevolado el águila imperial de la literatura. Me recuerda el lamento de Flaubert en una carta dirigida a George Sand (21 de mayo de 1870) cuando murió su amigo Théophile Gautier:“¡Hay tan poca gente a la que le guste y le preocupe lo que a mí! ¿Conoce en ese París tan grande una sola casa en la que se hable de literatura? Y si la abordan, siempre es por su lado subalterno y exterior, cuestiones como el éxito, la moralidad, la utilidad, ocurrencias, etc. Creo que me convierto en un fósil, un ser sin relación con la creación que nos rodea”.

Todo eso y, seguramente, más que no alcanzo aún a ver está en este libro, adobado en una prosa aderezada, a su vez, de finura e ironía, o sea, de inteligencia, de compromiso, de mejicanismos de cuate compinchado, de arabismos, galicismos y de algún que otro ismo, heterodoxo, por supuesto.

Como ciudadano y como diplomático de la educación Miguel Moreta ha viajado mucho, pero mucho más aún desde su habitación de lector. Infierno y paraíso de las islas es la confirmación de esta riqueza viajera. A través de los libros, Miguel es capaz de traspasar la epidermis de lo contemplado, transmitir a los lectores lo visible, pero oculto, relativizar lo que ve, situarlo en la justa medida y huir de lo hiperbólico. No sé si lo sabe, pero él es un discípulo de Flaubert que, en 1845, o sea, cuando tenía 24 añitos, se lo resumió muy bien a Alfred Le Poittevin, uno de sus amigos del alma, tío del futuro Guy de Maupassant: “Para que algo sea interesante basta con mirarlo intensamente”.

En una época en que los lectores se han convertido en clientes, en que los espacios literarios de los grandes periódicos, emisoras de radio y canales televisivos exponen, casi siempre, libros recién editados, esos que, con demasiada frecuencia, aguantan un mes en el aire de la lectura, bienvenidos sean estos recordatorios biobibliográficos de Miguel Moreta, un rescatador de escritores y de escritoras olvidados, casi todos en los cementerios editoriales porque manda el implacable mercado de lo actual. Su libro me parece un oasis o un remanso para zafarnos de la esclavitud, de la novedad por la novedad, sobre todo en España, país aquejado por el virus de la desmemoria, porque la búsqueda ansiosa de lo ultra moderno hace olvidar que el pasado es también una página del presente. La gavilla bibliográfica que encierra este libro solo la pueden recoger lectores como Miguel, que reúnen tres virtudes casi teologales, dada la rareza de su conjunción: la pasión por la literatura, la memoria agradecida y el insobornable mantenimiento de sus preferencias –en ocasiones, a contracorriente de la moda-, de sus amores adolescentes, jóvenes o maduros por los libros que le han marcado, ficciones que dejan huellas reales en nuestra forma de ser y de ver el mundo. Miguel Moreta es pan bendito para cualquier lector que, como el abajo firmante, sabe lo poco que ha leído o, mejor dicho, lo mucho y bueno que queda por leer.

He leído este libro tres veces. Una, en forma de artículos, aparecidos en estas mismas páginas de la Revista El Observador. La segunda, en fase de pruebas y la 3ª en cuanto su autor me honró con esta presentación. Solo en esta última he descubierto su ligazón, los nudos que lo anudan. Infierno y paraíso de las islas tiene un subtítulo -Memorias de mar y mujer- que no aparece en la portada, pero que me parece muy revelador del contenido de este libro. (La portada, dicho sea entre paréntesis eróticos, es de color morado y nos ofrece un grabado de Charles Eisen, un pintor y, sobre todo grabador francés del siglo XVIII. Ilustra, en este caso, una fábula de La Fontaine. Se trata, como figura en el copyright del libro, de Perrette y el diablo de Papefiguière. Este último término, compuesto de Pape (Papa) y figue (higo), es uno de los innumerables neologismos que se inventó Rabelais en el libro IV de Pantagruel. En este caso para señalar a los heréticos. Los llamaban así, porque uno de ellos había retratado al Papa como si su cara fuera un higo. Y les recuerdo que el higo es uno de los nombres del sexo femenino. Quien quiera ampliar conocimientos al respecto, vaya a la p. 255 y sgs., que cierran el capítulo titulado “Todos los coños el coño”. Si a esto le añadimos que el morado de la portada, como dicen los bien pensados, aumenta la libido y dispara las fantasías amorosas…).


Entresaco solo unos pocos imanes de los muchos que, como lector, me han atraído en este libro.

Me ha gustado el capítulo “Infierno y paraíso de las islas” y su recorrido casi erótico por el bellísimo Atlas de islas remotas. Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, de la escritora alemana Judith Schalansky. Entre otras cosas porque, en el imaginario del ser humano, la isla produce la ilusión de dejarse abrazar de golpe, lo que, en cierto modo, proporciona una imagen de la fidelidad. La vida que en ella se lleva parece más completa, porque el mar no cierra nada y conduce a todas partes. De ahí que, tras un viaje por los mares de medio mundo de libros, la robinsonada no sea una hazaña geográfica, sino un desafío al ser humano, como queda claro en el magnífico resumen que hace Moreta de la isla más literaria, la creada por Daniel Defoe para su Robinson Crusoe.

Su mirada, siempre atenta, subraya “el racismo de la visión imperialista, en este caso aplicado a los españoles” que muestra Salvado del mar, la novela de William Henry Klingston, un novelista inglés del siglo XIX, que hasta la lectura de este libro yo desconocía. Y añade el comentarista: “no cabría esperar otra cosa de una parcela de la literatura victoriana dirigida a los cachorros de la Gran Bretaña”. Aprovecha, una vez más, para denunciar los casos -muchísimos y desconocidos- de las traducciones robadas. Por ejemplo, las de Jules Verne al inglés, firmadas por Kingston, pero realizadas por Agnes Kinloch, la escritora con la que estaba casado. Moreta sigue ajustando cuentas con el olvido de muchas traductoras que, desde el anonimato impuesto durante unos cuantos siglos, engrandecieron la obra de sus maridos. En el capítulo “Los silencios”, enseña la larga nómina de escritoras condenadas al burka literario o masculinizadas en el nomenclátor oficial. Por ejemplo, el caso, que debería haber sido escandaloso, de Isabel Oyarzábal.

Como todos los de todas las ciudades, los nombres de las calles de Málaga revelan o esconden su historia. Él, como yo, somos buenos paseantes de las ciudades y sabemos que, bajo la purpurina de las apariencias, sigue estando el asfalto de sus respectivas historias. Le tomo prestada la escritura porque lo cuenta como me hubiese gustado decirlo: “Nuestras urbes -la leal Málaga no es una excepción- son levíticas (devotas de la iglesia o de sus ministros, me permito aclarar yo) en sus monumentos y en su callejero, incluso ahora que ha habido un cierto aggiornamento, una incierta limpieza de huellas franquistas: quien tuvo, retuvo. Y, muy de vez en cuando, algunas gotitas de arte y literatura en el mar de heroicas y benditas figuras que atestiguan el descarado poderío del poder. Les invito a descubrir las majestuosas avenidas, los regios bulevares, las anchurosas vías que ostentan los nombres de Luchino Visconti, Concha Méndez, Pardo Bazán o Pérez Galdós en nuestra muy hospitalaria ciudad. Las calles más cultas, literarias y musicales, el paseante habrá de buscarlas en el universitario barrio de Teatinos, donde se homenajea incluso a los clásicos griegos, o aventurarse más allá, por los polígonos industriales…”.

El título de este libro es, creo, un pequeño homenaje a su admirada Carmen Laforet y a su magnífica novela La isla y los demonios. En el artículo “Mujerería y letras”, relato autobiográfico del comienzo de su educación literaria formal en el instituto Zorrilla de Valladolid, despliega Moreta una parte de su vademécum, además de la lista de sus “siete magníficas” de la literatura escrita por mujeres. Enumera también su panteón de figuras femeninas de la ficción literaria, porque, además de vivir con los pies en la tierra, frecuenta la ensoñación, o sea, la otra vida que nos alimenta. Entre ellas, para mi íntimo goce, las perturbadoras Lolita o la lady Chatterley de nuestros años mozos y de tórridas hormonas; la impúdica Clodia de las Vidas imaginarias de mi Marcel Schwob, quizá la primera mujer libre de Roma; la frustrada Emma Bovary de mi amigo Flaubert que a todos, mujeres y hombres, nos retrata de cuerpo entero; las Fortunata y Jacinta, grandes protagonistas de mi paisano Galdós…

Otro y último anzuelo de mi invitación. A propósito de Siete mujeres, el libro de Lydie Salvayre, premio Goncourt 2014, traducido por Marta Cerezales Laforet en 2019, cita “unas líneas que valen por una microteoría del lector como biblioteca: “Un autor amado nos lleva hacia los libros que ama que, a su vez, nos llevan a otros libros amados, y así interminablemente hasta el final de la vida, formando ese libro inmenso, inagotable, siempre inacabado, que está en nosotros como un corazón vivo, inmaterial, pero vivo”. Esa microteoría del lector como biblioteca, el aviso a navegantes de los lectores, se le puede aplicar perfectamente a Moreta (El índice onomástico de su libro es un hervidero de nombres, de resonancias literarias que te pueden llevar de uno a otro o de otra a una).

Miguel Moreta debe tener muchos amigos terrenales, pero tiene muchos más literarios. Nos pasa a todos los letraheridos, porque dialogamos más con los autores y personajes que frecuentamos a lo largo de la vida que con muchos conocidos de la vida terrenal.

De ahí que, en un tiempo como el nuestro, en la extrema modernidad virtual de las pantallas que nos ciegan y en la tarde que se va marchando mientras escribo estas líneas, brinde con una copa de vino por la complicidad anudada a lo largo de la lectura de este libro, mire el presente que me rodea y me siga arrullando en la cuna sonora del Mediterráneo.

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