“Toda la crónica proveniente de España se caracterizaba por una gran credibilidad, certeza e imparcialidad, independientemente que los autores fuesen cercanos a uno u otro bando contendiente

OPINIÓN. Cuarta cultura
. Por Ramón Burgos
Periodista


25/01/21. Opinión. El periodista Ramón Burgos escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la información durante la Guerra Civil: “Las circunstancias adquirieron un nuevo rumbo al sustituirse la política de acogida, con fines propagandistas e ideológicas, que practicaban ambos bandos en relación a la presencia de escritores, periodistas e intelectuales extranjeros, por otra política de...

...frontal rechazo o limitaciones fundada en la inhabilitación para investigar los problemas, que ya “sólo concernían a España y que sólo los entendían los españoles””.

Desvelar la verdad

Años atrás escribía sobre la “posición” de los periodistas y escritores británicos durante la Guerra Civil, centrándome en los primeros momentos en que el conflicto superaba ya el ámbito español, convirtiéndose en un desafío para la comunidad internacional.


Mantenía que aquellos testigos de la contienda, en un principio y en términos conclusivos, buscaban reflexiones y materias capaces de aportar posibles visiones de entendimiento al drama español.

Indiscutiblemente ya se desprendía entonces que el análisis del enfrentamiento comportaba el peligro de la ambigüedad, o de la opacidad y contradicción, en las informaciones y crónicas, debido al panorama político y social predominante de política de masas contrapuestas en el ámbito europeo y en el propio orbe hispano. Aún así, toda la crónica proveniente de España se caracterizaba por una gran credibilidad, certeza e imparcialidad, independientemente que los autores fuesen cercanos a uno u otro bando contendiente, ya que se trataba de mensajeros que radiografiaban la situación con explicaciones plausibles, aunque sin olvidar la meta de intentar socorrer a un país dividido por pugnas fratricidas, y cuyos combatientes eran incapaces de comprender abiertamente el por qué y el para qué.

Es bien cierto que, más adelante, el panorama cambió radicalmente: el encubrimiento de las atrocidades y la violencia perpetradas durante la contienda, al atentar contra todo derecho, supuso la creación de una pantalla de censura para impedir cualquier intento de desvelar la verdad de lo que estaba ocurriendo; las circunstancias adquirieron un nuevo rumbo al sustituirse la política de acogida, con fines propagandistas e ideológicas, que practicaban ambos bandos en relación a la presencia de escritores, periodistas e intelectuales extranjeros, por otra política de frontal rechazo o limitaciones fundada en la inhabilitación para investigar los problemas, que ya “sólo concernían a España y que sólo los entendían los españoles”.

No penséis –como ya hacen algunos agoreros– que voy a comparar aquella situación con la que actualmente estamos viviendo. Tampoco voy a afirmar que, para encontrar soluciones, haya que recurrir a instancias ajenas –como ya hacen algunos iluminados–.

Y sobre todo recordad que deseo fervientemente que esta situación no se convierta en un problema de valores socioculturales sin razón alguna, ajenos a la ley y a la razón de una sociedad globalizada que debe conocer, sin falsas interpretaciones, su realidad antes de emprender cualquier aventura atentatoria contra los principios de libertad y convivencia ciudadana.

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