“Antes, por ejemplo, bastaba con estrecharse las manos para sellar, y mantener, cualquier pacto, sin necesidad de firmar papel alguno. Ahora, se ponen en duda hasta los documentos suscritos ante notario

OPINIÓN. Cuarta cultura
. Por Ramón Burgos
Periodista


30/05/22. Opinión. El periodista Ramón Burgos escribe en su colaboración para EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la formación humana: “Cada vez estoy más cierto sobre la necesidad de la lectura para el engrandecimiento del espíritu –y muchas otras cosas más–. Nuestra formación intelectual y humana no sólo se debe nutrir de lo aprendido en las aulas o en el seno familiar, sino que debe ser ‘cumplimentada’”...

Humanidades

Cada vez estoy más cierto sobre la necesidad de la lectura para el engrandecimiento del espíritu –y muchas otras cosas más–. Nuestra formación intelectual y humana no sólo se debe nutrir de lo aprendido en las aulas o en el seno familiar, sino que debe ser “cumplimentada” con la elección segura de autores cuyas obras, fagocitadas, anotadas y siempre escudriñadas, con la necesaria prevención intelectual, ciertamente nos ayudarán a recorrer el camino del desarrollo personal.


Si esta reflexión puede ser considerada como genérica, hoy tiene también, al menos para mí, un claro tinte profesional y una lección indiscutible: “Olvidar las humanidades, y la perspectiva de centralidad de la persona, significa reducir la comunicación a una mera oportunidad de uso y consumo”.

La frase de José Francisco Serrano, entresacada de su último ensayo –“La sociedad del desconocimiento. Comunicación posmoderna y transformación cultural”, editorial Encuentro– me ha levantado todas las alertas posibles sobre la comunicación actual “en un mundo que ha olvidado las humanidades”.


Y estas alarmas no se refieren únicamente a la desinformación o a la manipulación de contenidos, tan en boga en nuestro mundo tecnológico en el que “influencers” e “iluminados”, a veces, incluso, tras el anonimato más vil, mantienen falsedades o medias verdades que dañan seriamente la honorabilidad de las personas, sino que también ponen de manifiesto la galopante pérdida de valores que estamos sufriendo día a día.

Antes, por ejemplo, bastaba con estrecharse las manos para sellar, y mantener, cualquier pacto, sin necesidad de firmar papel alguno. Ahora, se ponen en duda hasta los documentos suscritos ante notario –¿qué ejemplo de honestidad estamos dando a nuestra generación y a las venideras?–.

Y no creáis que digo todo esto refiriéndome exclusivamente al ámbito político que nos ha tocado vivir. Los sectores económicos, los religiosos o los deportivos, entre otros muchos, tampoco están exentos.

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