“El crecimiento abrupto del turismo provoca fuertes especulaciones con grandes plusvalías, capaces de hacer saltar la normativa territorial, incluso el orden institucional”

OPINIÓN. 
Piscos y pegoletes
. Por Enrique Torres Bernier
Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la UMA


28/09/20. 
Opinión. El Doctor en Ciencias Económicas y especialista en turismo y ordenación del territorio, Enrique Torres, escribe en su colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la relación entre el turismo de masas y la ordenación del territorio: “Hay un primer escalón en la ocupación de espacios por el turismo que es espontáneo y se superpone a los usos tradicionales. A partir de...

...ese momento el espacio se crea y se transforma para el turismo y para el turista en una compleja relación de intereses internos y externos al destino que, además se entrelazan con otros sistemas, como el cultural y el jurídico e institucional”.

Los pecados del turismo: la desordenación del territorio

Turismo y territorio son las dos caras de una misma moneda. Sin embargo, es corriente que los investigadores los traten como realidades independientes. Eso ha perjudicado no solo la relación entre ambos, sino que hay injerencias constantes del desarrollo del turismo sobre la correcta ordenación del territorio para el bienestar del ser humano, incluso de los propios turistas.


El turismo es, y cada vez más, un voraz consumidor de espacio. Esto tiene su origen en su propia naturaleza. Para que haya turismo se exige un desplazamiento en el territorio, lo que supone infraestructuras; se necesita también pernoctar fuera de la residencia habitual, lo que precisa de alojamientos, y por último, demanda, en la mayoría de los casos, espacios para realizar las motivaciones que persigue, por ejemplo, campos de golf o espacios naturales. Se puede decir que estas ocupaciones de espacio se manifiestan en tres vertientes diferentes, el espacio infraestructura, el espacio residencia y el espacio motivación.

En los inicios del turismo estos impactos fueron moderados. Para el transporte se usaron las mismas infraestructuras que utilizaba la población residente, los alojamientos eran pequeñas construcciones que apenas impactaban el litoral y las ciudades y los espacios motivación soportaban su uso turístico sin más consecuencias. Pero cuando se pasó, mediante un crecimiento abrupto, al turismo de masas esos impactos empezaron a ser seriamente perjudiciales, tanto para el medio ambiente, como para el patrimonio y la convivencia con los residentes.

Hay un primer escalón en la ocupación de espacios por el turismo que es espontáneo y se superpone a los usos tradicionales. A partir de ese momento el espacio se crea y se transforma para el turismo y para el turista en una compleja relación de intereses internos y externos al destino que, además se entrelazan con otros sistemas, como el cultural y el jurídico e institucional.

La gestión de la creación de estos "no lugares" dentro del lugar tradicional provoca enfrentamientos de intereses en los que se suelen imponer las fuerzas económicas dominantes. No debemos olvidar que el crecimiento abrupto del turismo provoca fuertes especulaciones con grandes plusvalías, capaces de hacer saltar la normativa territorial, incluso el orden institucional (baste pensar en las fechorías de Marbella en la época de Gil y posteriores). Todo ello perjudica profundamente, no solo al espacio concreto donde viven los residentes, sino al que usan los propios turistas.

El uso alojativo del territorio para crear plazas turísticas, tiene una relación ambigua con esta actividad dependiendo de su localización. Así, el litoral español ha sido "machacado" por edificios de alojamiento hasta extremos de vergüenza, aprovechando la inexistencia de normativas reguladoras adecuadas en los municipios, o, simplemente saltándoselas. Sin embargo, en muchas ciudades la creación de alojamientos se ha apoyado en la rehabilitación del patrimonio histórico, defendiéndolo así de la ruina por la incuria de las administraciones, de las instituciones y de la iniciativa privada.

Hay que reconocer, no obstante, que las infraestructuras creadas para el turismo o para su previsible crecimiento, han servido también a los residentes que se han visto favorecidos por las mismas, cuando no se ha aplicado políticas de exclusión.

Los espacios del ocio han sido muy variados desde parques temáticos a museos y centros de interpretación. Lo normal es que los usen también los residentes en su consumo de ocio. Su localización, sin embargo, está vinculada a las de la actividad turística y, sobre todo, a la alojativa.

En definitiva, se puede afirmar que el turismo en las últimas décadas ha incidido perversamente en la ordenación del territorio, pero no tanto por el turismo mismo, sino por su gestión territorial, al servicio de capitales especulativos, muchos de ellos externos a los destinos. Ciertamente esto se ha producido por la carencia de una legislación adecuada, o por su doloso incumplimiento. No se puede afirmar que la actividad turística sea nociva para el territorio, sino el modo en que se ha gestionado a la hora de su localización y desarrollo.

Puede leer a continuación otros artículos de Enrique Torres Bernier:
-24/09/20 Ventajas e inconvenientes del turismo
-17/09/20 España, ¿un país de camareros?
-10/09/20 El fin de las utopías
-09/07/20 Cuando ruge la barahúnda
-08/07/20 Zapatero a tus zapatos: técnicos, políticos y ciudadanos
-07/07/20 El ágora ultrajada o la hora de los imbéciles
-03/07/20 Miedos, mentiras y maldades
-30/06/20 Certificados de garantía sanitaria: ¿recuperación del turismo o vendiendo humo envenenado?
-23/06/20 La forma y el modo de la enseñanza para alejarnos de la educación
-22/06/20 Alabanza y defensa de la barra