“El amor por la obra bien hecha como un fin en si mismo, ya está dejando de existir. Si además de hacer bien tu trabajo, eres el mejor estupendo, pero si ser el mejor es el fin, sin importante a quien te lleves por delante…”

OPINIÓN. 
Piscos y pegoletes
. Por Enrique Torres Bernier
Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la UMA


06/11/20. 
Opinión. El Doctor en Ciencias Económicas y especialista en turismo y ordenación del territorio, Enrique Torres, escribe en su colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la formación y la educación: “Normalmente la formación se vincula a la adquisición de conocimientos útiles vinculados a las habilidades que una persona ha de tener en su desempeño profesional, mientras...

...que educación es un concepto de mayor amplitud y profundidad relacionándolo más con los valores, individuales y sociales, y actitudes del individuo en sociedad”.

Formación y educación: de la competitividad a la competencia

Normalmente la formación se vincula a la adquisición de conocimientos útiles vinculados a las habilidades que una persona ha de tener en su desempeño profesional, mientras que educación es un concepto de mayor amplitud y profundidad relacionándolo más con los valores, individuales y sociales, y actitudes del individuo en sociedad.


Evidentemente las titulaciones se identifican más al primero de los conceptos, aunque esto no debe de entenderse que se deba de olvidar del segundo.

La educación comienza en el ámbito familiar continuando en los grupos primarios y se plasma durante toda la vida. La formación está destinada a la adquisición de conocimientos y habilidades o destrezas, mientras que las actitudes son comunes a ambos conceptos. En una sociedad cada vez más consumista y mercantilizada, la formación está directamente ligada a la especialización y a la actualización de nuevas técnicas vinculadas directamente a la vida profesional de los individuos. Esto ha llevado a que las técnicas y conocimientos, se han antepuesto a cualquier otra prioridad y especialmente a aquellas que podían afectar a la productividad y al beneficio empresarial y a la renta de los individuos.

Todo esto ha llevado a una auténtica obsesión por la competitividad. Yo les digo siempre a mis alumnos que procuro formarlos para que sean competentes, si además quieren ser competitivos es cosa de ellos, porque esta palabra tiene una connotación de comparación frente a algo o a alguien, de enfrentamiento con otros, normalmente sus compañeros o colegas, en un mundo que no se rige precisamente por el respeto a normas éticas de conducta (educación) sino más bien lo contrario.

De otro lado esta competitividad se traduce en una absoluta insolidaridad con el resto de las personas, extensible a pueblos y naciones (no nos referimos a la caridad característica de la ética protestante) con fatales consecuencias para la convivencia. A tanto llega esta obsesión de ser “el más listo de la clase”, no el mejor, que en el país modelo que impulsa esta obsesión, el mayor insulto que se le puede decir a una persona es que es “un perdedor", aunque en mi opinión si hay cielo debe de estar lleno de perdedores honestos, y el infierno de ganadores inmorales y zafios. El problema es que es complicado salir de esta realidad cuando el deseo de las familias y de los individuos solo es consumir cada vez más y alardear de ello, para lo cual necesita ser muy "competitivos".

El amor por la obra bien hecha como un fin en si mismo, ya está dejando de existir. Si además de hacer bien tu trabajo, eres el mejor estupendo, pero si ser el mejor es el fin, sin importante a quien te lleves por delante y como lo hagas, entonces es que estamos creando personas sin los valores de la convivencia que solamente puede llevarnos a una sociedad podrida y corrupta como la que estamos ya viviendo.

Si nos paramos a pensar un momento es fácil de admitir que nuestros políticos en general han llegado a ser muy competitivos, pero no son competentes como lo demuestran a diario.

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