“La vida puede ser hermosa si nosotros ponemos voluntad en ello, y para esto lo mejor es desarrollar la entropía de la relación con los demás”

OPINIÓN. 
Piscos y pegoletes
. Por Enrique Torres Bernier
Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la UMA


12/05/22. 
Opinión. El Doctor en Ciencias Económicas y especialista en turismo y ordenación del territorio, Enrique Torres, escribe en su colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la actitud ante la vida: “Lo cierto es que si pudiéramos tener algo más de comprensión, y al decir eso me refiero a eso que llamamos ponernos en el lugar del otro, y de indulgencia, y...

...con ello quiero decir la virtud de perdonar a los demás en sus fallos, cosa que no es posible si no somos capaces de comprenderlos, la vida sería más fácil de soportar y estaríamos en mejor condición de disfrutarla”.

Los dioses de las pequeñas cosas

“Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire,
el que agradece que en la tierra haya música.
el que descubre con placer una etimología,
dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez,
el ceramista que premedita un color y una forma,
un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada,
una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto,
el que acaricia a un animal dormido,
el que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho,
el que agradece que en la tierra haya Stevenson,
el que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.
Los justos, Jorge Luis Borges

No vamos a entrar aquí, ya lo hemos hecho otras veces, en si el hombre se comporta solidariamente con los demás hombres o de una manera interesada o competitiva (Hobbes versus Rousseau), sino en algo mucho más sencillo, como son las pequeñas cosas que, a diario, nos muestran que la vida puede ser hermosa cuando la compartimos con sencillez y con amor.

Hace nos días intentaba entrar en mi casa con un carrito de la compra que he llegado a la conclusión que me conduce a mi y no yo a él, cuando un joven al observar mis dificultades por mantenerlo enhiesto al mismo tiempo que intentaba abrir la puerta, me ayudó a introducirlo en el portal, incluso me lo subió por los escalones que separaban la puerta del ascensor. Y no lo hizo por algún interés, sino simplemente porque vio que a mi me costaba trabajo.


Cosas de ese tipo ocurren todos los días, más que las contrarias, que también las hay. El ayudar a alguien a pasar la calle, el recuperarle un juguete a un niño, o, simplemente, el dar las gracias por dejarte paso, servirte en un comercio o llevarte el camarero la cerveza a la mesa. Y no es solo por educación, es porque de verdad estamos agradecidos por el servicio que nos dan, se cobre o no.

La vida puede ser hermosa si nosotros ponemos voluntad en ello, y para esto lo mejor es desarrollar la entropía de la relación con los demás. Hay personas que la usan para descargar sus traumas o sus problemas en general, y que conste que yo también tengo esa tentación. Hay días aciagos que me molesta la gente, hasta la que va andando por la calle, me parece que estorban, que van demasiado lentos o muy deprisa y gruño agresivamente, aunque siempre hacia dentro, porque sé que la culpa de todo es mía.

Lo cierto es que si pudiéramos tener algo más de comprensión, y al decir eso me refiero a eso que llamamos ponernos en el lugar del otro, y de indulgencia, y con ello quiero decir la virtud de perdonar a los demás en sus fallos, cosa que no es posible si no somos capaces de comprenderlos, la vida sería más fácil de soportar y estaríamos en mejor condición de disfrutarla. Sin embargo, hay determinados hechos que son muy difíciles de comprender, y por lo tanto de perdonar, como por ejemplo la violación o muerte de un niño, o el asesinato por placer o por pecados atribuidos (ETA dicit). En ese caso no cabe la comprensión ni la clemencia.

Puede leer aquí anteriores artículos de Enrique Torres Bernier