“Un mundo menos cambiante daría al hombre y a la sociedad más serenidad y sosiego, necesario para la felicidad, que al fin y a la postre es la meta final de nuestras vidas”

OPINIÓN. 
Piscos y pegoletes
. Por Enrique Torres Bernier
Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la UMA


15/09/22. 
Opinión. El Doctor en Ciencias Económicas y especialista en turismo y ordenación del territorio, Enrique Torres, escribe en su colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre los cambios: “Pero si ocurre, y de verdad que está ocurriendo en los últimos tiempos, que las variaciones y, sobre todo los cambios disruptivos en casi todos los entornos de nuestra vida...

...nos hacen o seres desplazados, u obsesionados por no dejar de entender donde vivimos, con las consecuencias laborales, emocionales y sociales que esto conlleva”.

La enorme capacidad y probabilidad de perderse en el mundo actual

“O ya no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo”
Carlos Mosivais

Es evidente que la mayoría de los mortales no se cuestionan nada trascendente y que operan en la vida atendiendo solo a su parte animal, es decir, a sus necesidades de alimentación, reproducción y goce, desarrollando estas tres experiencias todo lo que pueden y saben según les interesan, más que a ellos a las minorías que detentan el poder.

A pesar de todo, incluso a las personas menos reflexivas y más simples, a los que posiblemente tendrán el reino de los cielos, se ven influidas casi siempre para mal, por los continuos cambios que se perciben en las sociedades actuales.

Para los que tenemos el hábito del pensamiento crítico, hecho frecuente en los investigadores y componentes de la comunidad científica en general, es normal que intentemos situarnos en el mundo en que vivimos, conocerlo, entenderlo e interpretarlo, sobre todo con la finalidad de llegar a transformarlo para mejorarlo, según nuestros criterios y del grupo social con el que nos identificamos, ideológica y socialmente.

Pero si ocurre, y de verdad que está ocurriendo en los últimos tiempos, que las variaciones y, sobre todo los cambios disruptivos en casi todos los entornos de nuestra vida nos hacen o seres desplazados, u obsesionados por no dejar de entender donde vivimos, con las consecuencias laborales, emocionales y sociales que esto conlleva.


El padre de un amigo, que tiene la friolera de ciento cinco años y está bastante bien de salud, se niega a salir a la calle argumentando que ese mundo de fuera no es el suyo y que no lo entiende. No tiene amigos y para cualquier actividad social se tropieza con mil barreras, para él ya insuperables. Estamos alargando la vida de las personas para torturarlas en un mundo de incomprensión en esos años ganados a la muerte.

La otra solución es “adaptarnos” a los “nuevos tiempos”. Haciendo enormes y continuos esfuerzos para no quedar “fuera de la onda” eso, que sirve también para los más jóvenes, que incluso han de hacerlo para conservar sus puestos de trabajo, crea continuas tensiones y crea ansiedad y frustración para las personas de más edad y da pie a los deseos de muchos de volver a tiempos pasados sin, para ellos, tantas complicaciones y esfuerzos, hecho que se refleja también en las opciones políticas. Lo que Bauman llama la “retrotopía”.

No debemos intentar ser lo que no somos, por ejemplo nativos digitales, pero si podemos intentar adaptarnos de manera que podamos vivir en nuevos entornos y, sobre todo que podamos entendernos con las nuevas generaciones, o más concretamente con nuestros hijos y nuestros nietos.

Un mundo menos cambiante daría al hombre y a la sociedad más serenidad y sosiego, necesario para la felicidad, que al fin y a la postre es la meta final de nuestras vidas. Si no alcanzamos esos fines puede llegar el día en que no nos apetezca ni salir a la calle, de eso a “no vivir” hay un paso.

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