“Que no nos engañen en esa etapa el consumismo y la competitividad porque podemos terminar siendo auténticos monstruos como seres humanos”

OPINIÓN. 
Piscos y pegoletes
. Por Enrique Torres Bernier
Profesor del Departamento de Economía Aplicada de la UMA


03/11/22. 
Opinión. El Doctor en Ciencias Económicas y especialista en turismo y ordenación del territorio, Enrique Torres, escribe en su colaboración en EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com sobre la formación: “Es corriente entre los anglosajones dedicar un tiempo después de la graduación a viajar, ver, reflexionar, conocer otras experiencias, que no siempre son master de su campo...

...de conocimiento, hasta decidir que hacer con su vida, sobre todo para tratar de realizarse como personas y vivir satisfechos. Eso justifica que conozcamos a personas que sean excelentes profesionales en ocupaciones lejanas a sus áreas de titulación”.

Camino de la formación

Si nos hemos de entender hablando de educación, hay que aceptar algo obvio pero con frecuencia ocultado: que el objetivo es la transmisión del saber, y que el estudiante que acaba su educación ha de ser una persona más culta e ilustrada de lo que lo era cuando la comenzó. Y esto se oculta bajo una hojarasca de palabras vacías como habilidades, destrezas y aprender a aprender. Y son vacías porque plantean alternativas falsas: la destreza de hacer problemas de matemáticas o de traducir textos latinos se apoya en el conocimiento, no puede escribir bien quien no ha estudiado los contenidos de una ciencia llamada gramática y solo aprendiendo se aprende a aprender.
Ricardo Moreno castillo

Hay que comenzar por recordar algunas cosas básicas que se suelen olvidar con demasiada frecuencia al hablar de la enseñanza. La primera la diferencia entre educación y formación. Aunque en la realidad no son conceptos excluyentes, podríamos decir que la educación está orientada más a la trasmisión de valores y actitudes, tiene mucho que ver con el entorno familiar y de grupos primarios, parientes y amigos, y se produce sobre todo durante la infancia y adolescencia. Esto no quiere decir que en esas etapas no se dé también formación, incluso adquisición de habilidades, ni que la educación no continúe después de la adolescencia. Su orientación final es enseñar al hombre a desenvolverse en la vida y a manejar sus impulsos y actuaciones.


La formación, en el sentido de trasmisión de conocimientos, es cosa de la escuela, del colegio y de la academia en general. Es donde uno debe encontrar sus preferencias profesionales y desarrollar su futuro profesional. Olvidamos con frecuencia que durante esa época es también cuando el hombre forma sus criterios de vida, y las experiencias por las que pasa son en el futuro de gran importancia. Muchas de las relaciones que desarrolla van a marcarle para toda la vida, por lo que no nos equivocamos si afirmamos que es un periodo de cambios. Esto a su vez hace que decisiones como su elección de estudios profesionales pueden ser equivocadas y dictadas por unos sentimientos temporales o deslumbrados por determinadas personas con las que se relaciona. He visto muchos estudiantes que terminan la carrera y se dan cuenta de que no era eso lo que deseaban estudiar, por lo que se convierten en seres insatisfechos si no son capaces de rectificar.

Esto es un hecho universal que debe condicionar los mismos sistemas de enseñanza. Es corriente entre los anglosajones dedicar un tiempo después de la graduación a viajar, ver, reflexionar, conocer otras experiencias, que no siempre son master de su campo de conocimiento, hasta decidir que hacer con su vida, sobre todo para tratar de realizarse como personas y vivir satisfechos. Eso justifica que conozcamos a personas que sean excelentes profesionales en ocupaciones lejanas a sus áreas de titulación.

Este camino requiere algo más que el manejo de técnicas y la obtención de habilidades, y sobre todo, requiere no forzar el ritmo de la vida para conseguir objetivos materiales y de reconocimiento social. Que no nos engañen en esa etapa el consumismo y la competitividad porque podemos terminar siendo auténticos monstruos como seres humanos y, lo peor, terminar destrozando a los que tenemos alrededor.

Hay que parar a pensar que es lo mejor para nosotros, para los que queremos y la sociedad en que vivimos, y no llenarnos de ansiedad por unos falsos reclamos con los que nos tienen engañados los “grandes hermanos” de nuestra sociedad, cada día más miserable.

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